Sin duda, su muerte no significó la desaparición de su esencia y de su palabra, al contrario, se enraizó en los que día a día se convierten en centinelas de su eterna existencia y su constante renacer a la vida, aquella vida que no siempre se portó halagüeña y delicada, interponiéndose como un capricho entre la crueldad y la dicha.