Una historia de amor en Magdalena
Carmen Beatriz Ruiz (*)
La pequeña ciudad parece dormir una larga siesta en el sopor de la tarde mientras bulliciosas bandadas de loros y tordos cruzan su cielo o se esconden entre los árboles frondosos de la plaza. Pero, es una calma engañosa. Bajo esa aparente modorra palpitan vidas de una gran pasión. Como la del padre José, quien llegó a esas tierras, según él recuerda “El primero de noviembre de 1968, donde estuve 12 años de párroco, y me vine a Bella Vista, como el cangrejo, para atrás”. Cierto, para atrás o para adentro de la Amazonia, si se habla en términos geográficos, pero para adelante, siempre buscando a la gente más necesitada, si se habla en términos pastorales. Y es que la vida del franciscano José Manuel Barrio Fernández es una apasionada historia de amor con la gente de este escondido rincón de Bolivia.
Magdalena tierra de ensueños a las orillas del Itonamas… dice una canción y en verdad, la pródiga naturaleza se manifiesta con toda belleza en esa zona del Beni, al noroeste del país. Distante a 300 kilómetros de Trinidad, la ciudad fue fundada sobre la orilla oeste del río Itonamas, nombrado así por el pueblo indígena que habitaba en sus riberas. Es uno de los muchos poblados concebidos durante la época colonial por la Compañía de Jesús como espacios de convivencia y producción según sus cánones de evangelización indigenal. De los 50 años de gobierno jesuítico, Magdalena aún guarda la organización de sus calles en riguroso cuadrado, la estructura de su iglesia y la devoción religiosa, íntimamente tejida con sus fiestas y tradiciones.
Ésta es la historia del padre José y de su dedicación a la salud de cuerpos y almas en Nuestra Señora de la Magdalena.
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De pastor de cabras a pastor de almas
José Manuel Barrio Fernández nació el 20 de noviembre de 1925, en San Clemente de Baldueza, “un pueblo más pequeño que un puño”, de la provincia de León, en España. El padre era comerciante de telas que viajaba en su caballo recorriendo los pueblos con su mercancía. Como muchos niños del lugar, José pastoreaba las cabras de la familia y acompañaba ocasionalmente al padre en sus viajes. Cuando tenía ocho años conoció a un franciscano, quien le mostró fotografías del colegio seráfico y de su trabajo con niños. De inmediato, José sintió y quiso irse con él, pero el franciscano le dijo que debía esperar a cumplir 10 años: “cuando tengas 10 vengo, te busco y te llevo”.
Una promesa que no pudo ser cumplida, porque llegó la Guerra Civil con su carga de violencia y muertes. Así que José tuvo que esperar hasta los 12 años, cuando apareció de nuevo el padrecito y él “recién dejó el monte”. “Yo estaba por el monte, cuidando las cabras y en el camino ya me dijeron que me venían a buscar. Mi padre me dijo --el padre Benito te quiere llevar ¿tú quieres ir? Que sea lo que tú quieras. Yo estaba encantado, claro que sí, cómo no iba a querer”.
En el mismo tren hacia el seminario, en Badajoz, iban 13 niños de entre 10 y 12 años, siguiendo su vocación o buscando un destino distinto al de cuidar cabras. El día 18 de agosto de 1938 llegaron al seminario menor o colegio seráfico. Ahí estuvo tres años. Después hizo un año de noviciado en el colegio Nuestra señora de Loreto. Una enfermedad del oído izquierdo lo obligó a quedarse 13 meses, al fin lo operaron y pasó al santuario de Guadalupe, en Cáceres, cerca de Portugal. Ahí estudió tres años de filosofía. Quién sabe si la larga enfermedad no predispuso su carisma hacia la salud.
Su vocación misionera era muy fuerte desde los primeros años. En Guadalupe tenían un centro misional del cual fue director. Pidió ir a Japón, pero le dijeron que debía venir a Bolivia. “Si quieres ser misionero tienes que irte a Bolivia, a nuestras misiones en el Beni, donde tenemos una misión. Yo ni sabía ni dónde era ni Bolivia ni Beni, pero, en fin, obedecí. Me mandaron a Bolivia a terminar la teología, para que me fuera ambientando qué era Bolivia, cómo era su vivir”.
Así llegó a estudiar en el convento de la Recoleta, en Sucre. “Cuando llegué a Bolivia el año 1948 ¿antes de ayer, ¿no?”. Pero antes de arribar a su destino misional aún debía pasar otra etapa de estudios en Buenos Aires, donde cursó los dos últimos años de teología. Se ordenó en Argentina, el 21 de septiembre de 1951, y al final de ese año estaba de nuevo en Sucre, donde quedó como coadjutor de la parroquia San Francisco hasta el 23 de noviembre de 1952 (todavía recuerda el Jueves Santo de 1952, pasando por las calles hacia la catedral, entre el tableteo de las ametralladoras).
Pastor y médico
Beni, al fin. El 26 de noviembre de 1952, después de una escala de tres días en Cochabamba, en un avión de LAB pasó a Trinidad, y el 3 de diciembre oficiaba en San Joaquín como coadjutor de parroquia “para ayudar al párroco a que visite los ranchos de los ríos Machupo, Iténez y del Mamoré y donde también hacía de profesor de música”.
Una de sus principales tareas era visitar las barracas, los ranchos y los pueblos. “De aquí me iba hasta las comunidades del río el Iténez, del río San Martin a Piso firme, cruzaba el Mamoré, visitaba el Itonamas, hasta Brasil me entraba a Santa Cruz, a los siringales, hasta al Matto Grosso llegaba yo, a caballo y por el río, bautizando, visitando gente, como misionero”.
El viaje continuaba, estuvo como coadjutor de la parroquia de Fátima, en Trinidad, época en la que comenzó a visitar enfermos en el hospital “llevando dulces y algunas cositas”. Después vendrían los 12 años de párroco en Magdalena. Pero, desde donde estuviese, los enfermos se le cruzaban en el camino. “Un 8 de diciembre de 1952, estaba en Puerto Siles, cruzando la banda del rio a hacer misa y estábamos en ello cuando escuché un bombazo y resultó que dos niños, jugando, habían activado la espoleta de un mortero de la Guerra del Chaco que el padre tenía en la maleta, y los niños se pusieron a hurgar eso, y les reventó, la mano de uno colgaba con hilachas de carne. Yo me encontré con ese cuadro. Yo había estudiado anatomía en el seminario, pero sólo en libros. Estaba claro que el niño perdería la mano si no actuaba --dije, aquí hay que hacer algo--. Con toronja y alcohol hicimos un buen trago, bien pesado, como anestesia, que le dimos, entonces pedí tijeras, aguja e hilo y cocí… y resultó, prendió bien la mano. Así empecé a curar enfermos, y nunca más lo dejé”.
En otra oportunidad, encontró en un pasillo del hospital a un hombre con los intestinos afuera, al que nadie atendía porque no había quien le garantizase que iba a pagar. Situaciones como ésas le hicieron pensar en la necesidad urgente de un centro de salud, que luego se convirtió en hospital. “Otro día llegó un hombre de Huacaraje con su mujer enferma, con una mastitis tremenda. Yo había empezado ya a curar. Me dijo me han pedido tanto que tengo que vender mi carretón, los bueyes y toda la cosecha. Tráigala la vamos a curar… y la curamos”.
Viendo eso convocó a vecinos y notables de Magdalena y les propuso abrir un dispensario pequeño pero útil para la gente sin recursos. “Quería el apoyo moral y económico de ellos”. Y cada uno puso algo, adobes, sillas, mesas y el terreno. Así empezó a meterse de lleno en las curaciones, enfermo que rechazaban del hospital iba al dispensario. Muchos eran desahuciados en otro lado, pero él los examinaba y, sentado “al ladito de la cama”, los atendía.
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En Bella Vista
“El 1 de noviembre de 1968, a las seis de la tarde, en carretón salí de Magdalena hasta Bella Vista, para ser párroco”. Bella Vista era un caserío a orillas de la confluencia de los ríos San Marín y Blanco, un lugar de paso para los ranchos y comunidades pequeñas, el límite entre Santa Cruz y el Beni.
Aquí también hay dispensario al que llegan enfermos que viajan hasta ocho días en canoa. “Nosotros atendíamos en el corredor de la capilla, los cuidábamos, formábamos paredes de horcón a horcón. Cuando estaban curados les decíamos si quieren irse, ya se pueden ir, nosotros no los botamos, si quieren se van- no padre, no queremos irnos-. No querían, entonces teníamos que providenciar, porque decían: allá no hay escuela ni hospital ni nada”. La mayoría son indígenas de las dispersas comunidades itonamas y gente de Ñuflo de Chávez y de Chiquitos (Santa Cruz), que venían como cuidantes de animales, como peones de la ganadería. Traían a sus familias y se afincaban.
Entonces empezó a abrir calles, “en cuadrados las formábamos y a cada familia le dábamos 25 metros de frente por 50 de fondo”. Conseguía víveres, medicinas, piezas de tela que llegaban hasta Magdalena en aviones cargueros y hasta el reciente poblado en carretón. Se incentivó el trabajo agrícola con la siembra de hectáreas de arroz, maíz, yuca, plátano y café, y formaron una pequeña cooperativa integral. “Teníamos un gran patio con habitaciones para los alimentos y vituallas, y allí les dábamos de comer, ahí comían todos en comunidad”.
Cuando la gente tenía posibilidades de desarrollarse sola se iba independizando y haciendo su propio chaco. En menos de dos años se liberaron casi 50 familias del pongueaje de ganaderos y terratenientes “que los tenían a vida y muerte, sin casa propia, sin nada, con las cuentas que iban creciendo”, una familia podía tener hasta seis o más hijos que, si sobrevivían, también trabajaban sin sueldo para el patrón, si un pantalón valía 50, se lo vendían a 80 o 100. La parroquia pagaba las cuentas, con ayuda conseguida de fundaciones y parroquias de España.
Esa tarea duró mucho tiempo. Ahora, aunque no lo parece, sus 91 años retienen al padre José en Bella Vista, que creció “a la sombra de la parroquia”, antes tenía 150 habitantes y ahora llegan a 3.500. Hay hospital, dos templos y colegios con más de mil alumnos desde kínder hasta bachilleres. Él dice que su secreto son la dedicación y la intuición, pero la gente asegura que tiene ojo clínico. Algunos se aventuran a hablar de milagros. Lo cierto es que usa sus conocimientos de anatomía y herbolaria y las lecciones de una larga experiencia, combina medicamentos naturales con fármacos industriales, sábila, hierbas, bicarbonato, masajes, baños “simulando aguas termales” al calentar y enfriar el agua, cambios en la alimentación y mucha sicología “para ayudar a la gente para que si está enferma no entre en depresiones, mostrándole que nos preocupamos por ella. Algunos superan, otros no, pero procuramos que todos se vayan bien”.
Si naciera cien veces…
“Yo trabajo para la gente, sobre todo para los pobres, a los que pocos cuidan. Los ricos también son hijos de Dios, son ricos, bendito sea Dios, pero deben compartir”. Asegura que nunca ha sido enemigo de los ricos, pero que se desvela por los pobres porque ellos no tienen ayuda.
El padre José está orgulloso de lo que se ha logrado en Bella Vista y los magdalenenses están orgullosos de él. Viejos y niños reconocen el ruido de su viejo jeep traqueteando por los caminos. Él, con un claro sentimiento paternal, considera que todos a los que ayudó y aún ayuda son sus hijos. Hay quienes lo encuentran muy apegado a posiciones tradicionales que ya no van con el tiempo actual, otros lo llaman santo, él retruca que dicen eso porque no saben qué es la santidad. En cambio, está muy seguro de que, “si naciera cien veces, cien veces pediría a Dios el mismo destino.
(*) La autora es comunicadora social y escritora.