Sequía
Frente a la emergencia, se encendieron los rezos en las iglesias, se propagaron los ritos rogando clemencia a la “Pachamama” y no faltó la autoridad que encargó aparatosas celebraciones para “pedir (a Dios) que llueva”. No reflexionaron que cualquier solución posible pasaba por ellos mismos, por un cambio radical de su accionar colectivo.
Había una vez un pueblito. Al igual que en el resto de América Latina, los habitantes del pueblito heredaron un pasado de infortunios, una historia marcada por el sometimiento, la desigualdad, la iniquidad, la violencia y el autoritarismo. Además, el pueblito era especialmente sobresaliente en cuanto a una larga sucesión de Gobiernos en los que primaban la corrupción, el abuso de poder, el manejo poco transparente de la gestión pública.
En consecuencia, así como el moho se extiende en los espacios desolados y entristecidos, la convivencia en el pueblito se lacró por una suspicacia patológica hacia los semejantes, el egoísmo exacerbado, la ambición inescrupulosa y una honda amargura.
En ese sentido, todos desconfiaban de todos, cundía el recelo y la envidia entre parientes, vecinos, amigos, colegas, comunarios. Abundaban los conflictos, los pobladores se peleaban constantemente por el predominio de mezquinos y sectarios intereses. Cuando ocurrían esas disputas, se destrozaban caminos, se quemaban los predios estatales, se violentaba a los inocentes, se propinaba palizas al “enemigo” ocasional. En lo cotidiano, era frecuente el robo o estropicio de la infraestructura de los parques, plazas, y otros bienes públicos, y se adquirió la insana costumbre el botar los desechos a la calle, de usar las esquinas cual mingitorio, de escupir viscosos y amarillentos fluidos al piso, generando espantosa evidencia de lo que significaba para ellos el bien común.
Ese contexto social fue modificando el entorno natural. El pueblito estaba localizado en un otrora valle muy fértil donde rebosaban maravillosas lagunas de diversas tonalidades de verde e innumerables e imponentes especies arbóreas y vegetales, eso antes de esa sutil pero contundente hecatombe social que enfermó al pueblito. Los abuelos, aún recordaban las mañanas en que descollaban los variados cantos de aves, los atardeceres con olor a tierra mojada y las noches en las que pululaban insectos tan llamativos que remitían a las fábulas de hadas: “waka-wakas”, “loritos”, “taparancos”.
En algunas décadas, el privilegiado lugar fue transformado en un desierto de concreto, se talaron los árboles para dar marcha a la especulación inmobiliaria, las lagunas se convirtieron en estadios, los ríos se utilizaron como basurero y cloaca. El trino de los pájaros se reemplazó por el sonido rasposo de los motores y bocinazos, los niños, encerrados en casa debido a la paranoia y violencia generalizada, no tenían pálida idea de lo que era una luciérnaga o un saltamontes, los arcoíris se trocaron en fenómenos extraños y hasta el imponente cerro que custodiaba al pueblito, perdió la corona de nieve que lo embellecía.
Por ende, lo que parecía una sequía apocalíptica, cada año asolaba con mayor intensidad y duración. Los suelos crepitaron suplicantes ante la inclemencia del sol, los alimentos empezaron a escatimar, los animales de pastoreo morían y el agua se constituyó en un objeto de lujo y de lucro.
Frente a la emergencia, se encendieron los rezos en las iglesias, se propagaron los ritos rogando clemencia a la “Pachamama” y no faltó la autoridad que encargó aparatosas celebraciones para “pedir (a Dios) que llueva”. No reflexionaron que cualquier solución posible pasaba por ellos mismos, por un cambio radical de su accionar colectivo. No ubicaron que si no era dable una profunda mutación de comportamientos, lo que requería el pueblito era un trasplante de gente o por lo menos de gobernantes.
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA




















