Vivimos en una era en la que la seguridad y el bienestar de nuestros hijos se han convertido en prioridades indiscutibles. Sin embargo, este legítimo afán de protegerlos puede fácilmente transformarse en una sobreprotección que, lejos de beneficiarlos, puede afectar negativamente su desarrollo emocional. La sobreprotección no solo limita la capacidad de nuestros hijos para enfrentar desafíos y adversidades, sino que también puede tener efectos devastadores en su inteligencia emocional.