
DESDE EL FARO
¿De qué sirvió el esfuerzo y el sacrificio, si el Tribunal Supremo Electoral (TSE) no cumplió con la misión de defender nuestro voto? Preguntaba impotente una joven marchista en defensa del 21F. La frustración devenía en radicalismo temerario. “¡Al menos tomemos una institución!”, pedían liberar la bronca. Bastaba una chispa para encender la pradera. Ocurrió en La Paz y Santa Cruz.
Carlos Mesa instaló en el centro de los desafíos del país la construcción y el ejercicio de una ciudadanía plena. A las pocas horas, Evo Morales descalificó esta apuesta en torno a un “gobierno de ciudadanos” por ignorar a los sectores sociales y al pueblo organizado, y alinearse a una concepción “individualista”, propia del “pensamiento del imperio norteamericano”, contraria a su “gobierno de los movimientos sociales”.
En mi anterior columna indiqué que el vértigo que impone la polarización, visibiliza y magnifica, en sectores opositores, expresiones de un “radicalismo marginal, eterna y tóxicamente descontento”. La renuncia de la presidenta del Tribunal Supremo Electoral (TSE) ha dado rienda suelta a comentarios diversos que, lejos de esclarecer, confunden a la opinión pública, particularmente, a aquella alineada al bloque político ciudadano opositor.
El balazo letal de primarias forzadas le quitó el alma a la Ley de Organizaciones Políticas (LOP). Concebida a la medida del cálculo y los miedos del partido hegemónico, el escenario plantea certezas e interrogantes a disiparse una vez lanzada la convocatoria a primarias y su reglamento en menos de dos semanas. El polémico artículo 29 de la LOP es la camisa de fuerza que limita condiciones de competencia igualitaria. Expresa el desesperado intento de silenciar las voces del ¡Bolivia dijo NO! difíciles de aplacar en las actuales circunstancias.

