Norka Paz, la autora del primer macromural de Bolivia
“Yo no paro de pintar -dice Norka Paz Rodo, mientras conversa con OH!, ahora estoy pintando el proyecto vecinal ‘Paredes con vida’, entre Bolonia y Alto Obrajes”. Resume así el ritmo que le impone al arte que ya ha proyectado su vida lejos de nuestras fronteras. Mientras tanto, en La Paz, cada día, miles de personas celebran y admiran uno de sus más importantes trabajos. Norka es autora de la nueva imagen de Chualluma, una de las obras más destacadas de los últimos años en la ciudad del Illimani.
En realidad, no ha parado de pintar desde hace más de tres décadas. “Pinto desde mis dos años -recuerda-. Mi mamá siempre me ha hecho pintar. Así, entre la precocidad y la práctica, la carrera de Paz tuvo un particular y sostenido llamado de las musas. Apenas egresó de colegio, en la Universidad Mayor de San Andrés la Carrera de Artes se impuso a su voluntad de cursar paralelamente biología.
“Siempre me atrajo la idea de la conservación de la vida de los animales. Pero me di cuenta que sobre todo quería hacerlo desde el activismo y el cuidado, más que pasando una carrera específica en biología. Me quedé con las artes”.
Completó la carrera, se especializó en grabado, técnica para la que además salió a hacer cursos en Argentina. También decidió aprender cerámica con un especialista tan notable como Mario Sarabia. Y celebra que el destino le haya favorecido con la guía de alguien a quien define como “mi maestro”: Ricardo Pérez Alcalá.
EL LLAMADO DE LAS CALLES
Norka Paz no sólo tiene convicciones ecologistas, también aboga por las luchas de las mujeres y apuesta por la cultura y la reivindicación de los valores ancestrales. Pero cuando cursaba su carrera preveía un problema para cuando le tocase transmitir sus mensajes e ideas a través del arte. “Mi disyuntiva cuando estaba estudiando fue advertir que el público al que iba a llegar a través de mi arte académico era muy reducido -reflexiona-. O era el círculo de amigos o las personas que iban a la galería, al museo o la exposición. Sentía que el mundo del arte académico estaba muy distante de la realidad, del día a día de los bolivianos y de todos”.
Por ello, primero, se especializó en grabado, técnica que recuerda a la imprenta, y, como es sabido, permite realizar varias reproducciones. Por ello, siempre le llamaba la atención el arte callejero, los murales y especialmente los grafitis. Pero generalmente sentía, a la vez, que le gustaría aprender y también ver piezas mucho más elaboradas.
Y entonces nuevamente el destino conspiró a su favor. “Un sábado de mayo de 2012 me invitaron a formar parte de la noche de museos, querían intervenir Sopocachi con algunos murales con temática medioambiental. Eran los tiempos de la marcha del Tipnis, y la Alcaldía y la Fundación Solón organizaban esa actividad y querían que yo haga un mural. Me sorprendieron, además era mi primer mural y me asustaba el desafío, no sabía si estaba capacitada para hacerlo. Pero todas las condiciones de tiempo, materiales y oportunidad estaban dadas, así que acepté”.
Si bien ya había tenido significativos éxitos con sus grabados e ilustraciones tanto en Bolivia como en el exterior, esa experiencia marcó un antes y un después en la vida de Paz Rodo. Recuerda que, cuando daba los últimos trazos al mural, escuchó crecientes voces de gente que conversaba y luego un nutrido aplauso a sus espaldas. Norka volteó para saber la razón de aquellos aplausos. Y entonces descubrió que eran para su obra centrada en la imagen de un quirquincho y a la que había titulado “Resistencia”.
En ese momento descubrió que aquel tipo de arte era lo que tanto había buscado. Constituía las herramientas y el espacio donde se puede tener contacto con la calle y la gente. “Fue el momento mágico, un momento hermoso, hallé el camino. Después postulé al concurso del Centro Cultural de España sobre arte urbano, lo gané y pinté mi segundo mural. Luego me invitaron a la Bienal de Arte Urbano (BAU) en Cochabamba, allí pinté. Y pronto estaba ya representando al país en Dinamarca, fui a pintar en un encuentro que unía a artistas de todo el mundo”.
Resultó una especie de posgrado en arte urbano donde multiplicó su aprendizaje en esta especialidad. Fue la vertiginosa y casi errante continuidad del momento mágico de Sopocachi. Norka Paz no ha parado de pintar murales sin que tampoco se aminoren sus aciertos en otras técnicas, sea en Bolivia, Canadá o Japón, entre diversas latitudes. Y, en ese tren, otra etapa consagratoria constituyó su trabajo en uno de los barrios cuyas casas se esparcen en las empinadas laderas paceñas: Chualluma (vertiente cristalina, en aimara).
EL TRABAJO CONSAGRATORIO
En Chualluma, hasta hace seis meses parte indiferenciable del manto de ladrillos que marca el límite entre el valle y altiplano, cristalizó el Q’athu, un proyecto gubernamental de mejoramiento urbano. Con diversos servicios e infraestructuras se remozaron 10 manzanos donde hay 144 viviendas sobre las que pasa la línea roja del teleférico. Se pintó 17.985 metros cuadrados de fachadas, puertas y graderías en más de 160 días. No fue cualquier tipo de pintado porque ahí participó Paz Rodo realizando 2.514 murales que a su vez conforman el primer macromural de Bolivia.
Empezó en un extremo, donde la última casita de adobe en la parte más alta del cerro, que se mimetizaba con la tierra de los taludes naturales. Era la casita de doña Ascensia, quien le pidió que le pinte la fachada con un color naranja que le dé alegría. Cada día aquella mujer de pollera y canitas le invitaba alimentos y alguna de las llauchas que preparaba para vender en las calles de la zona sur. “Cuando vio su casa pintada, a la que añadí un picaflor (símbolo de protección y de los antepasados) y la palabra ‘sueña’, me habló en aimara -recuerda Norka-. Y me agradeció llorando”.
Semanas más tarde debía pintar el mural “Libertad”. Entonces, la demanda no fue personalizada sino comunitaria. Los vecinos le pidieron que pinte las vestimentas festivas de la provincia Muñecas desde donde habían inmigrado. Por ello, una de las señoras se puso el traje de las grandes celebraciones y fue la modelo oficial. Animados, todos querían que se refleje esa su añoranza. Así Norka, apoyada por un equipo y algunos artistas invitados, fue pintando, una a una, las historias de Chualluma.
“Acepté participar en este proyecto por su contenido social -explica la artista-. En Chualluma yo pasé 5 meses con las personas del barrio. Me siento parte del barrio, viví con ellos, comí la comida que comen ellos, he sido parte de sus fiestas... La idea de la obra era representar en las fachadas cómo viven, cómo se relacionan, cómo son ellos. Todo el mundo debía reconocer eso ya sea viéndolo a la distancia desde el teleférico o cuando visita el barrio”.
De que logró aquel objetivo y más hablan las repercusiones del macromural. Paulatinamente, se fue consolidando como una de las atracciones turísticas paceñas. No pocos de los visitantes que surcan los cielos paceños en los teleféricos optan luego por visitar Chualluma. Ello ha derivado adicionalmente en reportajes de cadenas locales e internacionales que destacan el impacto del macromural, de una especie de museo abierto, en medio de una singular topografía. Y, claro, entre el color, los cambios y su boyante fama, el barrio vive, entusiasta, un antes y un después.
El proyecto en Chaulluma fue inaugurado hace algo más de un mes. Inmediatamente, Norka, cuyo nombre artístico es Knorke Leaf (“súper-hoja”, en una mezcla de alemán e inglés), encaró varios proyectos que la esperaban. Así sucede con “Paredes con vida” cuyo mensaje vuelve a ser la conservación de la vida silvestre, otra vez en La Paz. Debe concluir su recargada agenda disciplinadamente porque la espera un nuevo desafío a más o menos 9.800 kilómetros de distancia.
Los vientos del arte llevarán a la “súper hoja” hacia Johanesburgo. Ahora pintará en la universidad principal de aquella metrópoli sudafricana.






















