La madre de Toco
//Santiago Jordán, Mauricio Machado y Melanie Vargas//
35 años de placer, del cálido olor a pan recién salido del horno, de las manos creadoras de una cultura boliviana. 35 años de goce, de satisfacción y del estómago lleno. De la liturgia entrañable de un pueblo predominantemente panadero. 35 años del pan de Toco y de Irene, su comprometida artesana en la panadería San Luis.
Hacia el flanco sureste del valle alto de Cochabamba está ubicada la localidad de Toco, un pueblo que ha sido parte de la cultura y tradición durante ya muchísimos años, cuando en 1576 Antonio de Castro, primer cura y vicario de Villa de Oropeza, dio origen a este gran poblado que hoy en día ha hecho del pan su máxima expresión. El plano urbano de Toco es imponente en su aspecto físico. Sereno y apacible con huellas del pasado, sus casonas añejas con techos de teja de barro y de dos pisos y balconajes de madera y tallado colonial. Son reminiscencias de antaño que se agregan a la historia y constituyen el pasado de un pueblo engalanado de hermosas tradiciones.
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Este pueblo es tan distante en el tiempo que aún conserva tumbas hechas de barro en su cementerio, cuya entrada impacta con una réplica de La piedad de Miguel Ángel. Su templo, Señor de Toco, presenta un estilo bizantino que refleja la esencia del lugar y por el cual pasaron, además, personajes históricos como Mariano Melgarejo. Actualmente, la Alcaldía de Toco está luchando para que se lo considere como Monumento Nacional y Patrimonio Cultural.
Irene Colque de Vargas, de 56 años, cuenta que es la única persona en Toco que sigue haciendo pan de forma artesanal. Su historia se remonta a la década de los 70, cuando, en su ciudad natal de Cliza, empieza a trabajar en la panadería de su suegro, Luis Vargas, y que hasta el día de hoy lleva el nombre de San Luis. Desde sus 17 años ejerce este oficio tan característico de la región. Después de un tiempo, la panadería San Luis traslada su negocio a la comunidad de Toco y a partir de ese momento, durante 35 años, Irene se convierte en la principal productora de pan artesanal de Toco.
Madre de 10 hijos, seis varones y cuatro mujeres, los fue criando en base a este pan como forma principal de alimento. Actualmente, ocho de sus hijos viven en Argentina mientras que sólo dos de ellos, María y Pablo, permanecen junto a su madre para ayudarla en el negocio familiar. No obstante, una de las grandes ambiciones de esta humilde artesana culinaria es emprender un viaje el año que viene hacia ese país vecino para reencontrarse con sus hijos y abrir una panadería —bajo el mismo nombre, expandiendo su legado— y lograr que su producto sea reconocido en el extranjero. Para Irene, el pan representa una forma de criar a sus hijos. “Con eso he mantenido a mis hijos, pues, más cuando eran chiquititos. Y siempre hay para comer. Si no haría, compraríamos. 10 bolivianos cada día. Con eso los he criado a mis hijos, con pan”, relata con nostalgia.
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Hace 40 años que el horno de Irene está en uso. El sabor del pan, a comida casera y a amor de madre se mantienen con el pasar del tiempo gracias a las manos mágicas de su creadora. Cada pan de trigo, hecho a pulso y cuidadosamente preparado, retoma un pedazo de la memoria de Irene y de sus hijos. Dos veces a la semana, viernes y domingos, la artesana hace entre 300 y 500 panes. Y es precisamente esa su maestría en el arte de amasar lo que la ha convertido en la ganadora irrevocable de la Feria del pan de Toco durante tiempos inmemorables.
El próximo 3 de abril acontecerá un nuevo concurso ferial en el pueblo de Toco. Más de 15 diferentes panaderos, entre los cuales sólo Irene mantiene las tradiciones del pan hecho a mano, concursarán para obtener el prestigio de sus comensales y los críticos. Una competencia dura, por supuesto, y exquisita también. ¿Ganará Irene? Sin lugar a dudas que hará algo delicioso.

























