El capitalismo de Estado

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Publicado el 17/10/2022 a las 8h04
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“Mañana voy contigo al desfile”, murmuró José mientras terminaba la pedicure a su esposa Francisca. Ella lo miró incrédula. Tantos años, casi una década, en Cochabamba, con tantos actos cívicos y veladas estudiantiles y nunca su esposo se dio tiempo para acompañarla. Primero estaba la producción; la producción no podía detenerse; las fábricas no descansan. Ella ya estaba acostumbrada al trabajo incansable de su marido desde que vivían en la lejana Zlín.

“¿Qué sucede? Ni siquiera por el feriado del 14 de septiembre quieres ir al cine y ahora me anuncias que asistirás al desfile escolar. ¿Es porque se gradúa nuestro Stanislaus? La Salle va a ingresar con todo esplendor porque conmemora sus bodas de plata y los bachilleres irán a la cabeza”.

“Quiero ver a mi hijo y a todo su curso. Pero sobre todo quiero ir por algo que sucedió ayer en la tienda de Quillacollo. Fui a ver si todo estaba bien porque ya sabes que cada fecha patria es temporada alta para la Manaco. Entonces, entró un señor con su hijito para buscar calzados. Sólo hablaba quechua y el joven empleado Alfonsito me traducía. El papá le contaba que era el primero de la familia que asistía a la escuela y a un desfile con autoridades. Los dos estaban nerviosos, quizá era el primer par de zapatos en cuero que luciría el niño. Pronto me di cuenta de que era algo más que eso”.

“Tiene vergüenza —me comentó Alfonsito— porque tiene una pierna más corta que la otra y renguea levemente. Con la abarca no se nota mucho, pero cree que con el zapato fino se tropezará”.

“‘¡Ajá!’, dije yo. Y me descalcé. ‘Yo también tengo una pierna más corta que la otra y uso plantillas, esto pasa con mucha frecuencia, pero es fácil de solucionar’, les conté. Alfonsito, los otros empleados, el papá y el niño me miraban asombrados y risueños. Le dimos la plantilla de regalo y recién noté que también estaba la mamá, en la puerta, mirando la escena tímidamente. En la República de Checoslovaquia tampoco toda la gente podía ir a la escuela antes de 1918, sobre todo en el lado de Eslovaquia, expliqué. Algún día también todos los bolivianos podrán salir bachilleres”.

Francisca lo miró contenta. Por eso estaba siempre enamorada de él y había aceptado ser su esposa en aquel lejano 1928 y seguirlo hasta un lugar del que jamás había escuchado en su juventud. En sus verdes ojos, la bondad era siempre más fuerte que la disciplina y el cumplimiento del deber

“Alfonsito asegura que ahora la gente ya no dice: necesito zapatos, sino necesito mis manacos. Me apostó que la mayoría de los estudiantes y profesores lucirán sus manacos lustrados en este desfile. No quiero perderme ningún detalle. También me voy a dar mi gusto; después del desfile, invito a todos a comer mis salteñas preferidas”.

José recordaba que su jefe en su tierra natal, el famoso industrial Tomás Bata, fomentó la educación, tanto cuando era alcalde de Zlín, como a través de su empresa. Él sabía que un capital humano educado y capacitado era la mejor inversión para la empresa y para la economía. Fue un empresario pionero en apoyar la educación de sus empleados y muchos siguieron sus carreras fuera de Checoslovaquia.

Para José Polasek, la historia de la emblemática fábrica era parte de su destino. Tomás Bata no había sido un industrial más. Desde que fundó su fábrica de calzados imaginó un entorno utópico, una ciudad jardín y un diseño de la factoría y de las casas de empleados y de obreros con el concepto de modernidad urbana de Le Corbusier. Había logrado que el pequeño pueblo de tres mil habitantes se transformase en una urbe amable. Esa quimera de crear barrios obreros amables fue repetida en Bolivia por grandes industrias.

Junto a su hermano y sucesor, Jan Bata, mantuvo una empresa activa en plena crisis después de la Primera Guerra Mundial. Intentó expandir sus logros a otros países del mundo, algunos tan lejanos como India o Malasia. Muchos empleados fueron enviados a Estados Unidos y desde ahí a Sudamérica, a la austral y pujante Argentina. Una nación desconocida llamó su atención porque sonaba fuertemente en las finanzas internacionales por sus minas de estaño y el magnate Simón I. Patiño y ofrecía un mercado diferente.

José Polasek, nacido en Kudlov en 1904, decidió muy joven ir de aprendiz como soldador a la famosa industria de calzados de la vecina Zlín. Aunque sus padres eran campesinos, le dieron la oportunidad de estudiar y desde entonces su lema fue: “aprender hasta el último día de la vida”. Al inicio trabajó en la sección mecánica donde manejaba el torno, las fresas y otras herramientas, hasta llegar finalmente al taller de calzados. Pronto se convirtió en “maestro”. Esas experiencias habrían de ser clave para instalar la fábrica de zapatos en Bolivia en 1940.

Bata había crecido por fabricar botas para mineros y militares durante la Primera Guerra Mundial. La empresa quería expandirse y capacitaba a sus obreros y empleados con cursos nocturnos para aprender todo lo concerniente al calzado, incluyendo la importancia de la pedicure y del cuidado del pie, donde descansa todo el cuerpo. Aprendían diseño, modas, modelaje, producción, ortopedia y también inglés, alemán y otros idiomas. Entre clase y clase conoció a Francisca, que trabajaba en la empresa como “aparadora” (costurera) de las muestras que se enviaban al exterior o a los compradores mayoristas de calzados. Se casaron en 1928 y tuvieron a María y a Stanislaus (1932). La ceremonia religiosa se celebró en la misa vespertina y a las 10 de la noche estaban de vuelta en la fábrica.

En el trabajo, José aprendió los distintos procesos de fabricación de calzados: Good Year, Welted o emplantillado, MacKay o suela costurada, sandalias, suela pegada, pantuflas, botas militares, mineras. Los talleres aplicaban el sistema de producción en línea.

La expansión de la empresa a Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica, Italia, India era muy acelerada desde los años 1930 pues ya se sospechaba que Alemania se preparaba para una guerra. Los Bata tenían la visión de expandir la empresa lo más pronto posible. En 1938, José y otros cien técnicos fueron seleccionados para organizar la fábrica en Belcamp, cerca de Baltimore, en Estados Unidos. La familia Polasek aprovechó la estadía y cuando debía regresar a casa, el estallido de la Segunda Guerra Mundial no lo permitió.

Bata prosiguió con su visión de expansión hacia América Latina y José fue seleccionado para organizar la producción en Bolivia, pues el país ofrecía en los años cuarenta una oportunidad competitiva. ¿Por qué eligieron Cochabamba? Las respuestas no están del todo claras, pero probablemente están relacionadas con la existencia previa de curtiembres en el valle.

Era 1940 y los efectos políticos de la confrontación mundial se hacían palpables. El gobierno boliviano no permitió que se registre la fábrica con el nombre de Bata y se conformó una sociedad industrial del calzado como Manaco (Manufactura Nacional Cochabamba).

El primer taller comenzó a trabajar en la misma ciudad, en la calle General Achá esquina Ayacucho, a metros de la plaza principal. Ahí funcionó por un año, mientras se construía en Quillacollo la planta que aún hoy sigue operando. Desde un principio se proyectó una factoría rodeada de árboles, con casitas decentes para los obreros y empleados —incluyendo los ejecutivos checos—, una escuela e instalaciones deportivas.

La inversión de Bata en Bolivia había sido una apuesta difícil porque en 1940 eran pocas las industrias grandes en Bolivia y en Cochabamba recién se diversificaban. La falta de vías de comunicación, de transporte moderno, parecieron en algún momento una barrera insuperable. Más que en Oruro o en La Paz, la región todavía enfrentaba problemas con la luz eléctrica y el agua potable. Desde las ocho de la noche había que iluminar los cuartos con lamparones a kerosene importados desde Argentina.

Los primeros años fueron también complicados porque no existía personal calificado. Como le había sucedido a Bata a fines del siglo XIX, los obreros de la planta cochabambina eran de extracción campesina, algunos analfabetos y sin suficiente conocimiento del español. Había que prepararlos para que entiendan las operaciones de acuerdo con el sistema instalado.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial había traído otra dificultad: era imposible conseguir repuestos para las máquinas. Como era imprescindible fabricarlas en la misma Manaco, José verificó la habilidad de los operarios para secundarlo en sus esfuerzos. Un trabajador, Moya, fue el pionero en aprender a usar el torno y la fresa.

La falta de divisas dificultaba operaciones sencillas como el pegado de las suelas porque no había pegamento. Polacek conseguía viejas películas en los cines de la ciudad, las lavaba, las disolvía en acetona y sacaba el pegamento celuloso, o conseguía bolachas desde el norte beniano que secaba al sol y luego disolvía en gasolina.

En los años posteriores a la Guerra, la fábrica se expandió rápidamente. Las botas mineras fueron un ingreso seguro por los contratos con las empresas de Patiño, Hoschild y Aramayo. Tenían el sistema de estaquillado, que también se vendía al ejército.

Varios modelos, planos, con guatos, abiertos, y también para deportes, estaban destinados a los estudiantes; zapatos colegiales con punta redonda para cuidar el pie que crecía durante al año. Era una escena frecuente en las tiendas atender a la mamá que compraba el regalo de cumpleaños para el hijo y al inicio del año a veces los vendedores no daban abasto. El otro gran calzado demandado no era el más elegante sino el más cómodo: el zapatón inspirado en las babuchas turcas, que encantaba a las abuelas y a las vendedoras ancianas en los almacenes de barrio.

La materia prima era nacional. Manaco tenía su propia curtiembre, aunque los cueros podían provenir también de Beni o Santa Cruz. Otros insumos eran importados, como las hebillas desde Brasil. Poco a poco se superó la época dura de los cuarenta, cuando hasta el acero para los arcos de pie de los zapatos tenían que inventarse en turriles semiimprovisados.

Fue también cuando terminó la Guerra que la familia Polasek fue a visitar a sus parientes en Eslovaquia. Fueron las últimas vacaciones pues el gobierno comunista entorpeció el libre movimiento de los ciudadanos. Luego, la propia fábrica Bata —con sus amplias instalaciones industriales, su hospital y edificios— fue confiscada. Así, en 1947, José Polasek optó por la nacionalidad boliviana.

En 1950, mientras miraba el desfile de los estudiantes luciendo sus zapatos lustrados, José vinculaba la cruenta guerra civil de 1949 en Bolivia con los conflictos en la Europa de su juventud.

Muchos compatriotas habían llegado en esos años. Ahí estaban los dos hermanos que se atrevieron a llegar a la ciudad de las alturas de la cual apenas sabían algo. Tenían habilidades con las manos y mucho ingenio para inventar. Querían trabajar, querían ganar al tiempo de las batallas y las penurias. Vlastimil y Znedek Reznicek balbuceaban el español, pero sabían que el futuro estaba en las montañas paceñas. Otros paisanos lo habían logrado.

Comenzaron con un anafe, curioso instrumento para cocinar que se alimentaba de kerosene y se limpiaba con largas agujas mientras el fuego azulado y chispeante semejaba un recuerdo de la alquimia. Consiguieron alquilar un garaje en la zona industrial paceña. En una olla preparaban pinturas con base en una mezcla secreta de linaza y óxido de zinc. Antes de la Revolución de 1952, sus preparados ya eran muy requeridos. Paso a paso hasta el momento consagrado.

En 1975 inauguraron una moderna planta de producción de pinturas y comercializaron una diversidad de productos como pegamentos y barnices. Eligieron Villa Fátima, al otro extremo de los primeros ensayos, en el oeste de La Paz, salida a los Yungas, donde varias otras industrias se trasladaron. Su empresa Monopol Ltda. se transformó rápidamente en una sólida marca.

Polasek también recordaba que migrantes recién llegados a Bolivia comenzaron trabajando en la Manaco, en alguna de las ochenta tiendas repartidas en todo el país. Rodolfo Adler trabajó en ventas en la primera tienda Manaco de la calle Comercio en La Paz. En su diario caminar pasaba por la Casa Kavlin, que pertenecía a uno de los fundadores de la Cámara Nacional de Industrias.

Algún día encontró la mirada de la hija, Lubba, y el amor no solamente lo llevó al matrimonio sino a dirigir otra gran empresa, la Compañía Industrial de Tabacos, CITSA. La marca de cigarrillos más famosa era el Derby, con el jinete en la etiqueta naranja. El zapato de varón más cotizado de la Manaco era el “Derby” con su elegante puntera y cuidadoso acabado.

Mateo Kuljis trabajó en ventas en la tienda Manaco de Santa Cruz, donde comenzó a acumular capital. Se retiró de la empresa para atender sus propios negocios y pronto fundó una curtiembre, uno de los emprendimientos más emblemáticos cuando comenzaba la expansión económica de la región.

Polasek seguía la filosofía de Tomás Bata y la empresa ayudaba a los fabriles con alguna dificultad económica, aún de su propio bolsillo. Muy pronto comenzó a ser conocido como “don José”, a ser padrino de bodas y bautizos y también a ser requerido en las negociaciones obrero-patronales. No es casual que una de las calles del Barrio Manaco lleve el nombre de José Polasek.

Otros nombres extranjeros asociados a la historia de Manaco son los de sus primeros gerentes: Zvonko Macourek, gerente fundador en 1940, Jose Komarek (1941-1944), Juan Krippel (1944-1947) y Vladimir Khek (1947-1957). Este último estaba casado con María Polasek y fue quien enfrentaría las nuevas condiciones generadas por la llegada al poder del Movimiento Nacionalista Revolucionario en 1952. 

* Este texto corresponde a uno de los capítulos del libro Noventa años de la Cámara de Industrias de Bolivia de los historiadores José Alejandro Péres Cajías y Lupe Cajías. La obra se presenta este martes 18 en La Paz.

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