¿El fin de la era amor-odio en la relación con Chile?

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Publicado el 13/02/2023 a las 7h53
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Ha sido una relación odio-amor probablemente como pocas en el continente. Para hacerla corta, bastará revisar lo sucedido en casi 50 años en que los Gobiernos de Chile y Bolivia pasaron recurrentemente de los abrazos a las amenazas. Ese “sentimiento marítimo”, sin duda, fue mucho más intenso en tierras bolivianas, dada la herida que el enclaustramiento supone y las connotaciones que se le han dado. Por ello, cada 14 de febrero y cada 23 de marzo solían ser días de profunda compunción pública y renovación de promesas. Sucedía especialmente en determinadas coyunturas cuando nuevamente las tensiones se habían disparado.

Sucedió, por ejemplo, en aquellos días de despecho que sufrió el gobierno del dictador Hugo Banzer Suárez en 1978. Toda la pompa y platillo que sus asesores y colaboradores habían puesto a la negociación marcada por el “Abrazo de Charaña” fue abruptamente silenciada. Nada quedó de la declaración: “En mi maleta les traigo el mar” que vertiese su embajador Adalberto Violand un par de años antes.

“No le queda, en consecuencia, a mi Gobierno otro camino que el de suspender las relaciones diplomáticas con el que preside Vuestra Excelencia, como lo está notificando hoy mismo a vuestro representante el canciller Adriázola”, expresó Banzer a Pinochet aquel 17 de marzo. Luego sentenció: “Tal actitud deberemos observar los bolivianos, en tanto Chile no llegue a comprender que en nada le beneficia mantener indefinidamente asfixiado a todo un pueblo que, pese a cualquier adversidad, se reintegrará un día al océano Pacífico”.

Corría el 17 de marzo de aquel año. La Paz había vuelto a romper relaciones diplomáticas con Santiago. Cinco días más tarde, la pesadumbre volvía a sentirse en tono bélico en la plaza Abaroa con sobrevuelos de aeronaves T-33 Mark II y el desfile de tropas militares armadas con fusiles automáticos FAL. Una década antes los cazas eran Mustang P-51 D y los infantes portaban fusiles Garand. Varias renovaciones de arsenales marcan esta historia.

Caras facturas políticas

Sin duda, aquel febrero-marzo de 1978, para Banzer el pesar resultaba doble. Como ha sucedido para más de un mandatario, recuperar el mar implicaría un rédito político colosal y cuasi garantía de larga continuidad en el poder. El fracaso también cobraba factura y Banzer sumó a la deuda pesada que ya acumulaba el fracaso marítimo. En julio de aquel año fue derrocado tras casi siete años como presidente. El Abrazo de Charaña le costó durísimas críticas de diversos expertos internacionalistas a quienes la dictadura había exiliado o marginado.

“‘Chile no vende ni regala territorios’, ha dicho el canciller Patricio Carvajal, y esa breve frase, que recuerda a Konig, ha traído a la consciencia del pueblo de Bolivia un fracaso que era inevitable desde el primer día”, escribió, por ejemplo, el excanciller Walter Guevara Arce. Guevara escribió sobre el caso el libro Radiografía de la negociación con Chile, un libro de culto entre los internacionalistas. Tanto, que hasta fue citado como base crítica de uno de los capítulos del Juicio a la Dictadura que en 1979 le inició a Banzer el diputado Marcelo Quiroga Santa Cruz. Las interpretaciones de aquel proceso que realizó Walter Guevara fueron ratificadas años más tarde por los propios militares chilenos en un arranque de franqueza.

“‘Llegó un oficio de Pinochet a la Cancillería diciendo que se buscara un método para neutralizar a Bolivia por seis meses —develó al documental Informe Especial el exembajador de Chile en Perú Demetrio Infante—. Ello porque Perú había recibido los tanques T-55 y nosotros no teníamos nada en esa materia y estábamos muy desprotegidos’. El plan de neutralización se tradujo en la oferta chilena de un corredor en la frontera con Perú, al norte de Arica, y el célebre abrazo de Charaña entre Banzer y Pinochet”.

Los años más peligrosos

Sin duda, la relación odio-amor tuvo durante aquellos años una de sus etapas más beligerantes. Sobraban razones, en 1979 se cumplían los 100 años de la Guerra del Pacífico, año emblema marcado por generaciones, sobre todo, en Perú. Baste señalar que cuando se graduaban los oficiales peruanos juraban recuperar las provincias perdidas (Arica e Iquique) antes del centenario de la usurpación. A ello se añadía un pico de tensión entre Argentina y Chile por la disputa de las islas del estrecho de Beagle en el Atlántico Sur. El 22 diciembre de 1978, Argentina estuvo a cuatro horas de iniciar un ataque a Chile y, con ello, una guerra que podía involucrar hasta a cinco países sudamericanos.

Según Informe Especial, un temporal marino retrasó la movilización de la flotilla que iniciaría el ataque. A ello se sumó una gestión urgente del papa Juan Pablo II y la diplomacia estadounidense que frenaron las órdenes de la junta militar que gobernaba argentina. En días previos, según un reportaje del diario El País de Madrid, firmado por Ángel Luis de la Calle, militares peruanos y bolivianos sostuvieron una reunión ultra secreta en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. La conflagración incluso atraía el ingreso de Ecuador en el conflicto. Según previsiones de EEUU, citadas en el libro Delirio armado, de Bruno Passarelli, habría causado aproximadamente 20 mil muertes en la primera semana de enfrentamientos.

Por ello, aquellos 14 de febrero y 23 de marzo de 1979, la conmemoración de la pérdida del Litoral boliviano constituyó un acontecimiento excepcional. De aquel tiempo sobreviven diversos videos documentales. Gobernaba Bolivia el general David Padilla Arancibia, de quien un reportaje del diario El País de Madrid recuerda: “En más de una ocasión se ha referido a la ‘inutilidad de la política pacifista con Chile’”. Padilla instruyó entonces que todo documento y encabezado de ceremonia debía llevar la frase “Año del Litoral cautivo”. También era obligatorio que todo acto público recordase la invasión del 14 de febrero.

5 minutos de silencio

Entre febrero y marzo se iniciaron virtuales cuentas regresivas en los medios de comunicación con series que recordaban la guerra de 1979. Para el 23 de marzo llegó una escuadrilla de aviones Camberra de la Fuerza Aérea Argentina que acompañó la conmemoración con incontables sobrevuelos. Y aquella jornada, a las 12:00, la población de todo el país suspendió sus actividades. Cerca de 5 millones de bolivianos guardaron en posición de firme 5 minutos de silencio acompañados por salvas de artillería y sirenas de ambulancias y patrullas policiales.

Aquél resultó un año tan singular para la causa marítima boliviana que, por azares del destino, confluyeron dos hechos de particular repercusión: en agosto fue nombrado Presidente interino Walter Guevara Arce y el 30 de octubre se celebraba IX Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) en La Paz. Sin aliados y marcada internacionalmente por sus violaciones a los derechos humanos, la dictadura de Pinochet sufrió una cara derrota diplomática. Por 25 contra 0 votos, aquel encuentro declaró la causa marítima boliviana como un tema de importancia continental.

La celebración posterior fue opacada por uno de los golpes de Estado más demenciales y absurdos de la historia boliviana. Incluso algunas voces han atribuido la mano de Pinochet tras semejante asonada. Pero ésa ya es otra historia. Queda claro que entonces se cerró una de las eras más beligerantes de las relaciones entre ambos países.

El abrazo neoliberal

En la década de los 80, las crisis internas y la transición de las dictaduras a los gobiernos democráticos relegaron el tema mar. Los 14 de febrero y, especialmente, los 23 de marzo (Día del Mar) mantuvieron su formalidad paralelamente a la crónica ruptura diplomática. Bolivia acentuaba su era democrática mientras que Chile se hallaba cada vez más cerca de iniciarla. Eso sí, en ambos se había consolidado el neoliberalismo como eje de las políticas públicas. Y fue precisamente el impulso neoliberal el que reavivaría la pulsión odio-amor entre Bolivia y Chile a fines de los años 90.

En el año 2001, gobernaba el país Jorge “Tuto” Quiroga. Las petroleras que trabajaban en Bolivia anunciaron que el país poseía grandes reservas de gas, más del doble de lo hallado luego. Aquellos anuncios coincidieron con la formulación de un proyecto de exportación de gas boliviano a California operado por el consorcio internacional Pacific LNG. El pequeño gran detalle consistía en que aquel proyecto debía realizarse por puertos chilenos. El negocio tendría entonces que superar el más que centenario diferendo marítimo para poder llegar a feliz término.

La posta la asumió en 2002 el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, en un escenario de alta debilidad política y marcada crisis económica. Aquel gobierno pretendió acelerar normas y acuerdos con lo que añadió otro detonante para su caída en octubre de 2003. Una de las consignas de las multitudes que se sublevaron contra aquel gobierno era “No gas a Chile”. Ocho años más tarde, el exministro de Hidrocarburos Andrés Soliz Rada resumía su interpretación de lo que había sucedido: “El proyecto Pacific LNG, con el pretexto de exportar gas a California, buscaba venderlo a Chile, en tanto que todas nuestras reservas, presentes y futuras, quedaban en manos de las petroleras”.

El diferendo entonces quedó gasificado. Entre 2001 y 2003, aquellos febreros y marzos conmemorativos se llenaron de análisis técnicos de oportunidades, de mega puertos, barcos metaneros y gasoductos. Pero, tras la caída de Sánchez de Lozada, volvieron las tensiones y distanciamientos. Especialmente, durante el gobierno de Carlos Mesa (octubre 2003-junio 2005), quien sostuvo un tenso debate con el presidente Ricardo Lagos en la cumbre Iberoamericana de Monterrey, el 13 de enero de 2004. Asimismo, en los roces verbales posteriores terció el entonces presidente venezolano Hugo Chávez y su recordado: “Sueño con bañarme en una playa boliviana”.

Odio-amor socialista

Chávez, como es sabido, ha sido uno de los íconos fundamentales del llamado socialismo del siglo XXI. Y aquella ola trajo su propia impronta al crónico pleito Bolivia-Chile. Resulta harto conocida esta etapa que empezó con una tan entusiasta como amistosa agenda de aproximación de 13 puntos, sonrisas y afectos para tres presidentes chilenos por parte del presidente Evo Morales, entre 2006 y 2013. Siete años en los que los febreros y marzos conmemorativos tuvieron cautos homenajes y loas la diplomacia de los pueblos.

Pero aquella etapa luego se transformó en la mayor guerra legal entre ambos países. Y, como Banzer en 1978, con el juicio de La Haya, Evo Morales apostó a un envión de popularidad histórico si salía triunfante. Los febreros y marzos se convirtieron en un no siempre afortunado derroche de creatividad y símbolos que aludían al mar, la guerra, la propia Corte de la Haya, etc. Las banderas cobraron dimensiones récord. Los desfiles se multiplicaron, incluidos aquellos de decenas de funcionarios bolivianos rumbo a la célebre ciudad holandesa.

Todo hasta que, el 1 de octubre de 2018, el fallo irrevocable señaló que Chile no tenía ninguna gestión pendiente ni mucho menos obligatoria con Bolivia. En 2019, Evo Morales se vio forzado a dejar la presidencia. Una segunda derrota, por el pleito de las aguas del Silala, rubricaría el nuevo tiempo, cuatro años más tarde.

A partir de entonces y desde los dos lados de la frontera, diversos especialistas han sugerido que se abra una nueva etapa en la relación entre ambos países. Han recordado que ambos países tienen condiciones altamente complementarias, aunque también varios problemas complejos pendientes. También se ha remarcado que si se frenan los radicalismos y patrioterismos es posible abrir una etapa altamente esperanzadora. Sería una nueva era, el fin de aquella crónica relación amor-odio colmada de improductivos encontrones.

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