Oficios en peligro de extinción
En una caseta oscura, de dos por dos, con un delantal ocre, teñido por el calor de la máquina esmeriladora, un mandil azul y lentes oscuros improvisados, Juan Alanes afila los cuchillos y tijeras de le llevan las vendedoras del mercado La Cancha y las “amas de casa”.
A pesar del paso de los años, se aferra a mantener su trabajo de afilador, uno de los viejos oficios que tienden a desaparecer en estos tiempos.
Solitario, tímido y con buen humor, Alanes se sienta en taburete de medio de metro e inicia con su labor cada día. Quién lo busca se da cuenta que ha llegado al lugar exacto en medio de cientos de casetas por el chiflo del roce de la piedra con la hoja de metal.
“Me traen de Santa Cruz, La Paz, Oruro, tengo harto para entregar”, contó; la máquina no deja de funcionar y los clientes llegan uno tras otro.
El afilado tiene dos etapas, en la primera, afina a fuego el metal. En la segunda, el esmeril hace su trabajo: gira hasta pulir el cuchillo y las tijeras. “¿A qué hora tiene tiempo, don Juan?”, “Mañana”, responde el solicitado esmerilador. Y es que desde que inició en el oficio no ha tenido problemas para conseguir clientes.
Una bolsa de yute con cuchillos de carnicería, de cocina y de trabajo, que parece infinita, lo acompaña, más de 30 salieron sólo en 20 minutos; sin embargo, “la paga sólo da para llenar la panza”.
El afilador estudió mecánica pero trabajó como obrero en la cooperativa minera de San José, en Oruro. “Me vine cuando nos relocalizaron. El trabajo es con la práctica, el que quiere aprender, aprende nomás”, asegura.
Son oficios pequeños y perdidos a los que pocos extraños recurren. En el pasaje Sucre, cinco mesas ordenadas en fila, dos sillas para cada una, máquinas de escribir y una sombrilla forman la oficina de los escritores, transcriptores y especialistas en llenado de formularios, un oficio difícil de definir, para la época.
Unos cuantos formularios de Impuestos Nacionales, envejecidos y arrugados por la lluvia y el paso del tiempo, decoran la mesa del profesor Juan Siles, mesa que por ahora no tiene clientes. “Las computadoras han reemplazado nuestro trabajo, ya no nos buscan para llenar, yo creo que este año más y nos vamos”, advierte.
De los más de 20 trabajadores que se quedaban en la esquina del “Gato Blanco”, ahora somos cuatro. “Teníamos una federación, pero ya no hacemos nada y somos pocos”, dijo. Estos cuatro añejos escritores, perturbados por la tecnología, teclean cartas por 3 y 4 bolivianos.
Siles cuenta que ahora solamente las personas de tercera edad llegan a los puestos para que la máquina y el transcriptor redacten para los hijos que se alejaron.
A unos metros, la máquina de William Ledezma, copiador de llaves, tiene menos solicitudes, a pesar de sus 25 años de experiencia. Como ellos, los oficios de herrero, carpintero, tallador y tapicero, entre otros, parecen cerrar sus años de trabajo, y sienten extinguirse.
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