Hacia una nueva ola de incendios
Una vez más, tal como ocurre todos los años a medida que se aproxima la temporada invernal, en Cochabamba se ha inaugurado la muy previsible ola de incendios. Esta vez, ha sido un fuego encendido alrededor de la laguna de Quenamari, al sur de la ciudad, en la zona de Albarrancho, el que ha dado inicio a una nueva ofensiva contra la salud ambiental de nuestra ciudad y nuestro departamento.
Es tan previsible el fenómeno que ya resulta insulso el afán con que algunas autoridades todavía insinúan la posibilidad de que se trate de accidentes o fenómenos atribuibles a los caprichos de la naturaleza. Muy lejos de ello, es por demás evidente que tras cada uno de esos incendios lo que hay son manos criminales. Y no nos referimos a delitos atribuibles a desequilibrios mentales individuales, como la piromanía, sino a crímenes, cuyos autores intelectuales y materiales actúan con premeditación, alevosía y un móvil muy preciso. Se trata del interés de diferentes organizaciones de loteadores que a través de los incendios se proponen allanar el camino para la incorporación de grandes extensiones de tierras al mercado inmobiliario.
El caso más dramático es el de la ladera sur de la cordillera del Parque Tunari, pero ya no el único. Las lagunas de Alalay y Quenamari, así como el botadero de K’ara K’ara, ya son víctimas del mismo plan de destrucción.
Esa ola de crímenes ambientales, que sin duda crecerá durante los próximos días y semanas, grave de por sí, lo es más si se considera que al parecer sus autores cuentan con muy poderosos cómplices. Sólo así se explica la impunidad con que se cometen.



















