La devastación de nuestra Amazonía
Son tantos y tan elocuentes los datos científicos, que no resultan sorprendentes las dificultades que deben afrontar quienes minimizan la responsabilidad humana sobre la crisis ambiental a la hora de explicar sus decisiones
Entre los muchos efectos, inmediatos algunos y con proyecciones hacia el largo plazo otros, del colapso del sistema de aprovisionamiento y distribución de agua potable y riego en nuestro país, se destaca el sacudón que está recibiendo la consciencia colectiva sobre nuestra actitud ante la salud del medioambiente.
La inquietud sobre el tema no es nueva, pues durante los últimos años ha ido creciendo la consciencia sobre la fragilidad del medioambiente que nos rodea. Y las corrientes que plantean la necesidad de poner límites a la labor depredadora de la naturaleza ya es muy fuerte especialmente entre la juventud y entre quienes por su formación académica cuentan con más elementos de juicio que el común de la ciudadanía. Sin embargo, hasta hace pocos días esas ideas no tenían un alcance masivo ni mucho menos.
La crisis del agua ha dado un giro radical a esa situación. Conceptos como “cambio climático”, “calentamiento global”, “deforestación amazónica”, “extractivismo”, “preservación ambiental”, entre muchos otros, han dejado de ser parte del léxico habitual de pequeños y herméticos círculos ambientalistas para incorporarse a la charla cotidiana de los bolivianos.
Aparejada a esa súbita toma colectiva de consciencia ambiental, ha disminuido la indiferencia con que hasta hace muy poco tiempo se conocían los informes y datos relacionados con la gravedad de la crisis de la que estamos siendo autores y víctimas.
Ahora, ya nadie puede mirar con desdén estudios como el de la prestigiosa revista Science que en base a un mapa creado usando Google Earth muestra que Bolivia es uno de los seis países del mundo que más rápidamente está destruyendo sus bosques. O el Mapa de deforestación de las Tierras Bajas y Yungas de Bolivia, según el que si entre 2000 y 2005 la pérdida anual promedio fue de 195.000 ha; la de 2005-2010 se incrementó a 205.000 ha. En los años posteriores se habría pasado de 300.000 a 350.000 hectáreas.
Otros datos que dan cuenta de la magnitud de la deforestación son los que brinda el satélite Modis, según cuyas mediciones entre el 1 de julio y el 30 de septiembre de 2013, Bolivia deforestó una superficie 167 por ciento veces más extensa que el año anterior en el mismo período.
Para completar la visión de lo que todo eso significa, durante los últimos años se han multiplicado los estudios científicos que coinciden al señalar —no se conoce ni una sola excepción— que entre la deforestación de la Amazonía, el aumento de las temperaturas y la disminución de la pluviosidad hay una relación que no es casual sino causal. De manera unánime señalan que la destrucción de los bosques tiene como más directa y principal consecuencia la disminución de los recursos hídricos y también coinciden sus previsiones al señalar que, si no se produce un giro radical en la tendencia, la escasez de agua aumentará a un ritmo proporcional a la disminución de la cobertura boscosa.
Con esos antecedentes, no es sorprendente que con cada día que pasa sean mayores las dificultades que deben afrontar quienes minimizan la responsabilidad humana sobre la crisis ambiental a la hora de defender la manera como se proponen encarar el desarrollo de nuestro país.

















