Søren: El amor en los tiempos del cambio

Cine
Publicado el 18/11/2018 a las 0h00
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Mauricio Souza Crespo

Crítico

1. Juan Carlos Valdivia dice que con Søren cierra una trilogía: aquella que forman, además, Zona Sur (2009) e Yvy Maraey (2013). Vistas así –como tres momentos de un mismo impulso–, es indudable que estas películas comparten un aire de familia: su obvio afán reflexivo y en buena medida alegórico (son películas que escenifican ideas); cierto brillo visual cercano a las perfecciones de la publicidad; el oportuno descubrimiento –autocelebratorio– de los contactos y los roces y malentendidos posibles en una sociedad abigarrada.

2. Søren es entonces la última de tres y tiene una ventaja: en ella, Valdivia se libera un poco de las ansiedades sociologizantes o antropológicas de Zona Sur e Yvy Maraey y, ya más relajado, se ocupa del relato de algo que parece conocer: una historia de amor con sus diversos llantos y quebrantos.

3. Amaru –aspirante a panadero gourmet– y Paloma –aspirante a diseñadora de alta costura– forman pareja a pesar de sus familias: él es heredero de la burguesía aymara, ella de la camba. El romance es interrumpido por Søren, vagabundo y especie de oracular gurú europeo (que habla francés, se defiende en inglés y balbucea en castellano, en los tres casos para decir tonterías a-la-Lot del tipo: “no mires atrás”). La pareja deviene triángulo, con las conocidas complicaciones y promiscuidades de rigor. De paso, los personajes viajan mucho, así que los encuentros y desencuentros invitan la aparición –entre filosofada y filosofada– de un completo repertorio de paisajes nativos.

4. Acaso el principal peligro de la cursilería con aspiraciones filosóficas es que no funciona ni como cursilería ni como filosofía.

5. En su cursilería, Søren es una película tímida, controlada. Al principio mismo, Amaru declara –en lo que podría ser la poética de la película– que “el pensamiento es sentimiento”, una idea que hubieran suscrito los teóricos del melodrama mexicano (como Carlos Monsiváis, que definió el género como aquel en el que “se sufre, pero se aprende”). Esto es, claro, falso: sólo el sentimentalismo que no sabe lo que es cree que los sentimientos reemplazan el pensamiento. Esta confusión conduce a un impasse: la película quiere ser sofisticada y canchera y cool e irónica pese a la cursilería de sus sentidas ideas sobre el amor. Un detalle sintomático: se usa hasta el cansancio el Ne me quitte pas de Jacques Brel, pero solo la versión disco, la versión electrónica, la versión salsa: todas las versiones menos la gloriosa, desnuda y prodigiosamente cursi versión original, esa en la que Brel llora a mares y con mocos, mirando a la cámara (búsquela en youtube).

6. Como filosofía (¿del amor?) la película amontona sin cansarse frases de calendario de autoayuda o de cursillo de autoconocimiento. Hasta los refrigeradores se ponen en el mismo plan reflexivo: leemos en el de la casa de la pareja, en la puerta misma, que “las puertas de la felicidad se abren hacia adentro”.

7. Puestos a sentir (o a pensar, según la película), es difícil no caer en cuenta de que el mejor Valdivia es el de sus historias de amor. Son esas historias –inscritas en paisajes urbanos y rurales de brochure– lo que uno recuerda de Jonás y la ballena rosada (1995), American Visa (2005) e incluso Yvy Marey (todo un “bromance” intercultural). Lo que no recordamos de estas películas –por su fragilidad– son sus apuntes y retratos sociológicos, políticos, culturales.

8. La historia de amor que cuenta Søren –la más interesante de la trilogía– no es particularmente memorable. Acaso porque ni los personajes (de los que poco o nada sabemos) ni las situaciones que se construyen ni los diálogos lo son. En una narración fragmentaria, episódica y no-cronológica, desde una cámara de movimientos precisos y lúcidos, en algunos momentos de buena actuación (que no son muchos), esta historia de amor de cine funciona mejor cuando los personajes no hablan (porque cuando lo hacen suelen estremecernos con alguna perla de sabiduría de alta filosofía existencial).

9. Quizá sea mejor dedicarse a mirar: Lo que veremos –algo que no cuesta mucho y a veces es suficiente para disfrutar la película– es gente joven, bonita, con mucha plata y al parecer también estilo, que fiestea duro y tendido, siempre a la búsqueda de sí misma, todo gentilmente auspiciado por el amplio respaldo familiar.

10. O tal vez los fragmentos de este discurso amoroso deberían ser vistos exactamente así: es decir, como fragmentos, cada uno según sus méritos propios, liberados de su relación con el resto. Consumida a pedazos, la película puede ser hasta entretenida. En sus números musicales, por ejemplo: esos en que los personajes bailan o se pierden bailando, sin hablar, enmudecidos por la música, poseídos por una suerte de taki onkoy jailón.

11. Otra posibilidad de disfrute que abunda en el cine de Valdivia: regocijarse con las imágenes de esa “Bolivia deslumbrante” que anuncia el afiche y que seguramente están también aquí. (No puedo decir mucho al respecto porque me tocó una proyección oscura y levemente fuera de foco en el Multicine de La Paz. Hasta el enceguecedor Salar de Uyuni –en el videoclip final de la película– se veía como el resto: opacado por un ominoso y nublado cielo londinense).

12. O, a modo de sacar provecho del tiempo, se puede intentar una lectura a contrapelo:imaginar que Søren, la menos sociológica de las películas de Valdivia, es, sin quererlo, la que sugiere la mejor sociología del “proceso de cambio”. Si ese fuera el caso, ¿qué nos diría? Algunas posibilidades: a) que en la nueva Bolivia la plata de los padres es la que manda: entre otras cosas, porque permite que uno viva una lujosa vida bohemia mientras trata de encontrar su propio camino (en la “panadería artística”; o en el cine; o en el diseño); b) que a cierto nivel, las teatralidades culturales que caracterizan los tiempos de Evo son lo de menos: el lujo de un cholete es el lujo de un club camba; c) que en este universo de “búsquedas”, lo que reemplaza el pensamiento son eslogans de autoayuda o, en todo caso, nunca nada más largo que un tweet; d) que es un universo sin libros y sin discusiones abiertas y con esoterismos globalizados “all you can eat”; e) que el intoxicarse periódicamente mientras se repite, cual mantra, que “no sabemos lo que nos pasa” es un índice de profundidad, de una vida vivida reflexivamente; f) que el paisaje deslumbrante le otorga “un no sé qué”, un innegable aura a la filosofía de refrigerador; g) que no está demás actuar como si uno creyera en variados ceremoniales andinos o amazónicos o budistas. Por ahí sirven para algo, nunca se sabe.

 

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