Julio Verne: “Quizás he mirado un poco más lejos en el futuro que la mayoría de los que me han criticado”

Cultura
Publicado el 11/02/2018 a las 0h00

“Jules Verne en casa” por Gordon Jones. Publicada

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Jules Verne (1828-1905) es el autor más exitoso de los que han escrito en francés. Sus obras son las más leídas, las más traducidas y las más adaptadas en el mundo entero, aunque su nombre no figura, o apenas aparece, en las historias de la literatura de su país; ni siquiera en el apartado de los autores del siglo XIX, cuando fueron publicadas las novelas de aventuras y anticipación científica que le dieron una fama que perdura a más de un siglo de su muerte, como “Viaje al centro de la Tierra” (1864), “De la Tierra a la Luna” (1865), “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1869) y “La vuelta al mundo en ochenta días” (1873).

La perspectiva del tiempo, sin embargo, no ha hecho sino engrandecer la figura del escritor francés. Durante el siglo XX, los desafíos de su ficción fueron resueltos por la ciencia de un modo tan coherente con el que Verne describía en sus novelas, que convirtieron al autor en un visionario, y eso permitió a sus contemporáneos echar un vistazo al mundo del futuro. Verne impulsó, de esta manera, un género que se volvió imprescindible para entender la literatura del siglo XX: la ciencia ficción. El reconocimiento que la crítica literaria le ha negado se lo dieron sus lectores a lo largo del tiempo, incluidos sus contemporáneos.

Hombre de múltiples intereses, Verne fue seguidor del socialismo e incluso ocupó un cargo de edil como representante de un partido de izquierda radical; pero también fue un gran viajero, al punto de recorrer en su propio barco los mares del norte de Europa y el Mediterráneo. Sin embargo, al envejecer optó por echar raíces lejos de las grandes ciudades, dejando atrás también sus años de aventurero.

Las mejores entrevistas que ha dado fueron concedidas a periodistas británicos, como Gordon Jones, el autor de este texto, publicado nueve meses antes de la muerte de Verne. Después de haber publicado un centenar de libros, el escritor está perdiendo la vista. Es la última vez en su vida que concede una entrevista, en la que habla de sí mismo y de su carrera con un enfoque amable y desapasionado. Niega ser un inventor y tan sólo concede que “quizás he mirado un poco más lejos en el futuro que la mayoría de los que me han criticado”.

Entrevista

Había escrito desde París solicitando al veterano novelista que me concediera el honor de una entrevista y me resultó muy gratificante que a mi regreso a Amiens me esperara una tarjeta con esta simple inscripción: “Mañana jueves a las diez de la mañana”. Ateniéndome a la hora fijada, me presenté en su residencia en el #44 del boulevard Longueville, una casa grande pero modesta, típicamente francesa con pesadas ventanas. Al darle mi nombre a la sirvienta, fui guiado inmediatamente hacia la sala donde lo esperé.

Unos minutos después, el señor Verne entró y tras unas corteses palabras de bienvenida se sentó en un gran sillón y amablemente comenzó la conversación.

Físicamente, el autor de “Cinco semanas en globo” es un hombre bien forjado, de una estatura un poco por debajo de la media, mirada zarca y simpática y una corta barba plateada. Siempre lleva un modesto traje negro y cuando está en casa usa una gorra puntiaguda de tela fina, que le es necesaria para combatir los frecuentes ataques de un viejo enemigo: el reumatismo.

No hay en su persona el menor rastro de ostentación. Es singularmente reservado en sus palabras y modales y su vida entera —que cualquier habitante de la ciudad podría contarle— es calmada y sin pretensiones, la de un hombre retirado del mundo, la de un simple hombre de campo que raramente hace visitas, que en muy pocas ocasiones recibe y que vive consagrado a su familia y sus libros.

Mi primera pregunta fue naturalmente con respecto a su vista, sobre la cual han aparecido recientemente noticias contradictorias en los periódicos ingleses.

Julio Verne (J.V.) - Sí, es cierto que mi vista ha sufrido considerablemente en los últimos tiempos, pero no tanto como algunos sugieren. Todavía puedo ver bien con el ojo izquierdo, pero en el derecho se está formando una catarata y según los doctores debería operarme, pero aún no me he decidido, pues considerando mi edad sería demasiado arriesgado.

 

Jones - Por supuesto, en esas circunstancias, ¿su trabajo literario se verá bastante afectado?

J.V. - Naturalmente, no puedo trabajar como solía hacerlo. Durante mucho tiempo he escrito dos obras por año y en estos momentos tengo otro libro en preparación. Sin embargo, siento que ha llegado el momento de tomarme un descanso. Esta última creación será mi número cien y supongo —sonriendo— que a estas alturas puedo decir que me he ganado el derecho a descansar.

 

Jones -¿Cuándo empezó su carrera como escritor?

J.V. - Esa es una pregunta que podría tener dos respuestas. A los 12 o 14 años siempre andaba con una pluma en la mano y durante mis días de escolar estaba continuamente escribiendo, sobre todo poesía. Durante toda mi vida he sentido gran pasión por las obras poéticas y dramáticas. Prueba de ello es que en mi juventud publiqué un número considerable de obras de teatro, algunas de las cuales tuvieron un cierto éxito. Mi segunda y principal carrera comenzó cuando tenía más de 30 años y fue provocada por un súbito impulso. Se me ocurrió, un buen día, que quizás podría utilizar mis conocimientos científicos para combinar la ciencia y la novela bajo una forma narrativa que atrajera al público. La idea adquirió tanta fuerza dentro de mí que decidí ejecutarla en el acto. El resultado fue “Cinco semanas en globo”, un libro que alcanzó un éxito asombroso: las ediciones se agotaban en muy poco tiempo. Mi editor me consultó sobre la posibilidad de escribir más libros con el mismo estilo. Aunque la idea no me agradaba del todo, accedí a sus demandas y el resultado fue que desde entonces, en lo que concierne a mis publicaciones, he abandonado completamente mi vieja pasión por otra a la que he consagrado toda mi energía y atención.

 

¡Es un hecho afortunado para la juventud actual que la inspiración de un momento pueda haber forjado este cambio decisivo en los escritos del señor Verne! ¿Qué muchacho o muchacha de esta generación habría preferido, por un momento, el verso más glorioso a los extraordinarios viajes de hombres tales como el capitán Nemo o Robur y su inigualable Albatros?

El lado poético del carácter del señor Verne es, sin embargo, frecuentemente visible en muchas de sus descripciones. Por ejemplo, en su encantadora novela “Las indias negras”, donde encontramos ese cuadro descriptivo tan encantador de la pequeña Nell que, después de ser sacada de la prisión subterránea donde había estado toda su vida, ve por primera vez, desde la montaña cercana a la mina, los esplendores del alba escocesa.

Con su modestia usual, Verne desaprobó completamente la idea de ser considerado un inventor.

J.V. - Solo he hecho sugerencias, sugerencias que, después de una atenta consideración, debían, según mi criterio, descansar sobre una base práctica, y que trabajaba sobre una forma más o menos imaginaria que respondiera a la perspectiva que me había forjado.

 

Jones - Pero muchas de sus sugerencias que hace 20 años fueron rechazadas y declaradas como imposibles son ahora hechos reales.

J.V. - Sí, es cierto. Pero estos resultados no son más que el desarrollo natural de la tendencia científica del pensamiento moderno y, como tal, muchas de estas cosas han sido previstas indudablemente por muchos otros antes que yo. Su aparición era inevitable, aun cuando no se hubiesen anticipado, y lo más que puedo decir es que quizás he mirado un poco más lejos en el futuro que la mayoría de los que me han criticado.

 

Al llegar a este punto de la conversación apareció ante nosotros la señora Verne, una encantadora dama de cabellera plateada, que disfruta con el mayor placer de los triunfos de su marido. Le pregunté si su marido había podido elaborar alguna novela gracias a la ayuda que ella le había brindado.

Honorine Verne (H.V.) (1)- Oh, no, no tomo parte alguna en las creaciones de mi marido; todo lo que hago es leerlas cuando están terminadas y sólo cuando están finalmente impresas llego a conocer algo de ellas. Supongo que habrá notado que los personajes principales de mi marido son ingleses. Él siente una gran admiración por sus compatriotas y ha declarado que ellos se prestan maravillosamente bien para sus novelas.

J.V. - Sí —intervino—. Los ingleses, por su carácter independiente y su flema producen personajes admirables; especialmente cuando la naturaleza de los hechos les exige que se enfrenten, en cada instante, con dificultades completamente imprevistas como es el caso de Phileas Fogg.

 

Me aventuré a recordarle al señor Verne que este cumplido hacia nuestra nacionalidad no era ignorado en este lado del canal y que difícilmente existía un joven británico que no hubiera pasado por lo menos unas horas de deleite con de alguna de sus maravillosas aventuras.

J.V. - Estoy orgulloso de que sea así. Nada me satisface más que saber que mis libros han servido para proporcionar interés e instrucción (ya que siempre he tratado de que en cierto modo sean educativos) a los jóvenes, a quienes de otra manera nunca podría llegar. Durante mi infortunio actual he recibido innumerables telegramas y mensajes de simpatía provenientes de mis lectores ingleses, y hace poco tuve el placer de recibir un hermoso bastón de uno de mis jóvenes amigos en esa nación.

 

Jones - Sin duda ha estado ya en Inglaterra

J.V. - Sí, hace muchos años, cuando era un hombre relativamente joven. Hice el viaje por mar a Southampton en mi yate y después de visitar Londres y la mayor parte de sus monumentos, fui a Brighton, un lugar encantador, con sus malecones y magníficos paseos. Sin embargo, la ciudad que mejor conozco de Inglaterra es Liverpool y allí permanecí durante algún tiempo con algunos amigos; de ese modo tuve la oportunidad de explorarla, sobre todo sus muelles y el Mersey, algo que he tratado de reproducir en “Una ciudad flotante”.

 

Jones - ¿Ha hecho alguna visita a Escocia o Irlanda?

J.V. - Sí, hice un viaje muy agradable a Escocia y entre otras excursiones visité Fingal’s Cave y la isla de Staffa. Esta inmensa caverna, con sus sombras misteriosas, sus cámaras oscuras con sus cubiertas de hierba y sus maravillosos pilares basálticos me produjeron tal impresión, que ese fue el origen de mi libro “El…, “El…—Verne hizo una pausa—. Realmente olvidé el nombre. ¿Lo recuerdas? —preguntó dirigiéndose a su esposa.

H.V. - ¿No es “El rayo verde”? —sugirió.

J.V. - Oh sí, ese es, por supuesto, “El rayo verde”. Uno debe ser perdonado —agregó riéndose— si entre tantos títulos se le olvida alguno de ellos en un momento determinado.

 

Muchos de los libros de Verne deben su origen a la inspiración del momento.

Además de “Cinco semanas en globo” y “El rayo verde”, la novela “Una ciudad flotante” fue completamente ideada cuando el autor viajaba hacia América en el trasatlántico Great Eastern. La idea de “La vuelta al mundo en ochenta días”, quizás la más célebre de todas sus novelas, se debe a un anuncio turístico visto por casualidad en las páginas de un periódico.

Le pregunté a Verne cuál de sus libros era su favorito.

J.V. - Esa pregunta me la han hecho varias veces. En mi opinión, un autor, al igual que un padre, nunca debe tener favoritos. Todos sus trabajos deben tener el mismo valor, puesto que son el producto de lo mejor de uno mismo, y aunque naturalmente cada uno de ellos fue producido bajo diferentes condiciones de humor y temperamento, cada uno representa el punto extremo de su pensamiento y energía en el momento de su creación. Aunque no tenga preferencia alguna, eso no quiere decir que mis lectores no deban tener la suya propia. Indudablemente usted, por ejemplo, puede decirme cuál es el libro que más le agrada de todos.

 

Contesté que “Veinte mil leguas de viaje submarino” es la obra que más me fascina, aunque “Miguel Strogoff”, que ha sido dramatizada y se está representando ahora en el teatro Châtelet de París, también era mi gran favorito.

 

Verne se mostró interesado al oír que había estado en el teatro la noche anterior y, levantándose de la silla, me interrogó con animación.

J.V. - Dígame, ¿fue bien representada?, ¿fue bien recibida?

 

Le aseguré que sí. De hecho, el inmenso escenario del teatro Châtelet permite la representación de la obra a gran escala y en una oportunidad había más de 300 actores en escena, muchos de ellos montados sobre caballos.

J.V. - Desde hace unos años voy muy poco a París, aunque tengo un palco que ocupo con cierta frecuencia. Estoy contento en Amiens; su atmósfera tranquila me conviene admirablemente. He perdido toda inclinación a viajar fuera de la ciudad para ver cosas nuevas. Llevamos en esta casa más de 20 años y es aquí donde he redactado la mayoría de mis libros. Hace unos años nos mudamos a otra residencia situada en la esquina de la rue Charles Dubois, pero era demasiado grande para nuestras necesidades, de manera que volvimos aquí.

 

Jones - Supongo que cuando escribe no le fluyen las ideas a menos que esté completamente solo.

H.V. - Al contrario —intervino—, esa no es una dificultad para mi marido. No adopta ninguna medida en ese sentido. Trabaja calladamente arriba, en el segundo piso y el ruido parece no perturbarlo en lo más mínimo, mis hijas y yo podemos hacer lo que queramos sin temer protestas de su parte.

 

Jones - ¿Y cuál es su método de trabajo, señor?

J.V. - ¿Mi método de trabajo? Bien, hasta hace unos meses me despertaba invariablemente a las cinco y escribía durante tres horas antes de desayunar. La mayor parte de mi trabajo siempre se hizo a esas horas y, aunque en algunas ocasiones volvía a sentarme durante unas horas cuando ya el día estaba avanzado, casi todas mis historias han sido escritas cuando la mayoría de las personas duermen. Siempre he sido un lector empedernido, sobre todo de periódicos y revistas y es mi costumbre recortar y conservar para referencia futura cualquier párrafo o artículo que me interese. Es así como almaceno mis ideas y al mismo tiempo me mantengo completamente actualizado con respecto a las materias del dominio científico. La tarea es laboriosa, es cierto, pero el resultado compensa el esfuerzo y si el artículo es cuidadosamente clasificado nunca será un problema encontrar alguno de esos textos, aun cuando hayan transcurrido varios años.

 

Jones - ¿Lee usted, entre otras, las obras de escritores ingleses?

J.V. - He leído una gran cantidad de ellas, de hecho obras de sus escritores más conocidos, incluidos sus poetas, pero sólo por medio de traducciones. Tengo la impresión que he perdido la buena oportunidad que hubiera significado haber aprendido el idioma inglés, pero he dejado pasar el tiempo y ahora es demasiado tarde para empezar.

 

Jones - ¿Cuál es su autor favorito?

J.V. - ¿Vivo o muerto?

 

Jones - Bien, digamos muerto.

J.V. - Sólo hay una respuesta a esa pregunta —entusiasmo—. Para mí, las obras de Charles Dickens son únicas en su género, eclipsando a todos los demás por su increíble fuerza y su justeza de expresión. ¡Qué humor y qué exquisito sentimiento pueden ser encontrados en sus páginas! ¡De qué forma parecen vivir los personajes de sus novelas y cómo uno sabe entender sus propósitos! He leído y releído sus obras maestras, al igual que mi esposa. “David Copperfield”, “Martin Chuzzlewit”, “Nicholas Nickleby”, “La tienda de antigüedades”. Todas las hemos leído, ¿no es así?

H.V. - ¡Ah, sí! Tienen una fuerza verdadera.

 

Es agradable oír a un autor hablar en términos de tal admiración incondicional con respecto a otro, especialmente cuando, como en el caso que nos ocupa, están separados, no solamente por diferencias de estilo, sino también por la barrera de la nacionalidad.

 

Jones - Y entre los escritores vivos, ¿a quién prefiere?

J.V. - Esa es una pregunta más difícil —pensativo—, y debo reflexionar antes de contestarle… Creo que puedo decidir —dijo al cabo de un minuto—. Hay un autor cuyo trabajo me ha atraído mucho por su posición imaginativa y al que he seguido con considerable interés. Me refiero al señor Herbert George Wells. Algunos de mis amigos me han dicho que su trabajo se parece mucho al mío, pero creo que se equivocan. Lo considero un escritor puramente imaginativo, digno de los más grandes elogios, pero nuestros métodos son completamente diferentes. En mis novelas siempre he tratado de apoyar mis pretendidas invenciones sobre una base de hechos reales y utilizar, para su puesta en escena, métodos y materiales que no sobrepasen los límites de la ejecución y conocimientos técnicos de nuestra época. Tome, por ejemplo, el caso del Nautilus. Bien considerado, presenta un mecanismo de submarino que no tiene nada de extraordinario y que no traspasa los límites del conocimiento científico actual. Flota o se sumerge según procedimientos enteramente factibles y muy conocidos, los sistemas de mando y de propulsión son perfectamente racionales y comprensibles. Su fuerza motriz ni siquiera es un secreto. El único aspecto novedoso en el que he acudido a la ayuda de mi imaginación radica en la aplicación práctica de esta fuerza motriz, y aquí he dejado intencionalmente un espacio en blanco para que el lector llegue a sus propias conclusiones, un mero hiato técnico, por así decirlo, que una mente práctica y de alto nivel es muy capaz de llenar. Por otra parte, las creaciones del señor Wells pertenecen a una época y grado de conocimiento científico bastante lejanos del presente, por no decir que completamente más allá de los límites de lo posible. No sólo elabora sus sistemas a partir del reino de lo imaginario, sino también los elementos que le sirven para construirlos. Por ejemplo, en su novela “Los primeros hombres en la Luna” se recordará que introduce una sustancia antigravitatoria completamente nueva, de la cual no conocemos ni la pista más ligera acerca de su modo de preparación o su composición química real. Tampoco hace referencia al conocimiento científico actual que nos permita, por un instante, imaginar un método por el que se pudiera lograr semejante resultado. En “La guerra de los mundos”, una obra que admiro extraordinariamente, vuelve a dejarnos completamente a oscuras en lo que respecta a la naturaleza real de los marcianos, o la forma en que fabrican el maravilloso rayo térmico con el que provocan estragos entre sus atacantes. Ahora bien, al decir esto no estoy cuestionando en modo alguno los métodos del señor Wells; al contrario, siento un gran respeto por su genio imaginativo. Sólo expongo los contrastes que existen entre nuestros estilos, poniendo de relieve las diferencias fundamentales que existen entre ellos, y por eso deseo que se entienda claramente que no expreso ninguna opinión sobre la superioridad de uno sobre el otro. Pero ahora —agregó levantándose de la silla—, me temo que estoy empezando a aburrirlo. Los minutos pasan muy rápidamente en una conversación, y ya ve, llevamos hablando más de una hora.

 

TIP

El submarino que aparece en “20 mil leguas de viaje submarino” tiene una tecnología todavía no inventada. En 1886, el primer submarino propulsado con electricidad se llamó “Nautilus” en su honor.

Es el único escritor que tiene un vehículo espacial automatizado, El “Julio Verne”, y fue el primero de su tipo desarrollado por la Agencia Espacial Europea.

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Hacia el final de su vida, el escritor sufrió frecuentes ataques de parálisis y la diabetes no le dio tregua.
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