La calle por donde se paseó el diablo
La música inunda el corto callejón, mientras un farol alumbra levemente a las parejas en la puerta de una casa. Adentro, la luz roja y la bebida fermentada se confunden entre las damas y sus visitantes varones que siguen la fiesta. Antes de que se ponga el sol un grito perturba y los carruajes se van.
El corto pasaje, muy cerca del centro social qhuchala, se torna famoso no sólo por las noches de lujuria, sino sobre todo por crímenes misteriosos, lo que pone nerviosos a los vecinos, señores y señoras de alta moral que no dudan en llamarlo la “calle del diablo”, del pecado.
Es probablemente fines del siglo XIX en lo que hoy se conoce como el pasaje San Rafael, un callejón entre las calles Colombia y Ecuador que en el día es un tramo más de la ciudad utilizado para el paso de cientos de personas, pero que entre sus paredes encierra una leyenda urbana viva.
Los vecinos son los que cuentan la historia. Dicen que la casa de citas, ubicada en algún punto del pasaje que no saben identificar, se tornó muy famosa en la época, así como los extraños asesinatos.
Señalan que tras cerrar el local, la gente que vivía en el lugar veía pasar un carruaje fantasma y adentro el mismo diablo, que tal vez buscaba retornar a las andanzas en la calle a la que dio nombre.
Dicen que nadie ha vuelto a ver la carroza, pero sí confirman que hoy, dentro la mayoríade las casas del callejón y fuera, hay vestigios sobrenaturales.
Muerte extraña
Uno de los memorables asesinatos del que se tiene memoria ocurrió en una casa que aún está en pie en la “calle del diablo”, muy cerca de la Ecuador.
Una exvecina del pasaje, que justamente habitó en la mencionada vivienda, recuerda que una anciana contaba que hace más de 100 años había ahí una tienda de telas que era abierta por su propietaria sólo a partir de la medianoche.
A esa hora aparecían, como salidos de la nada, dos hombres altos, muy altos, vestidos de negro y cuyas caras eran rojas, lo que espantaba a los vecinos que se preguntaban quiénes eran esos extraños visitantes y por qué el negocio funcionaba en la oscuridad, aparentemente sólo esperando por ellos.
La dueña de la tienda entraba con los dos varones a un cuarto al fondo de la casa para tomar chicha y después de algunas horas los personajes se marchaban.
Lo mismo se repetía todas las noches hasta que un día los dos hombres salieron de la oscuridad por el angosto camino hacia la puerta principal, pero no la señora.
El joven ayudante del negocio gritaba “¡mamá, mamá!”, como la llamaba, y la mujer no contestaba.
El muchacho se animó a entrar hasta el fondo oscuro y ahí, fuera del cuarto, la señora estaba colgada por el cuello en un higuero, muerta. El chico, espantado, salió gritando y los dos presuntos asesinos nunca más aparecieron.
La vecina dice que cuando vivió en esa casa, sentía temor por una extraña energía, más porque aquel higuero, alto y ancho, se mantenía en pie y tal vez aún lo esté. Incluso llegó a pedir a su mamá, especialmente en la noche, que la acompañe al baño u a otro sitio por miedo de encontrarse con algo espeluznante.
Aunque asegura que nunca vio nada extraño, cuenta que sus vecinos, algunos visitantes y antiguos inquilinos, afirmaron ver pasar hombres pequeños, muy pequeños, con sombreros de ala grande tomando el sendero hacia el higuero.
Almas residentes
Algunos vecinos afirman que en el pasaje San Rafael ocurrieron varios hechos que lo dejaron marcado no sólo por el nombre , la “calle del diablo”, sino también por los sucesos extraños de los que son testigos hoy.
Sospechan de varias muertes, ocurridas tal vez durante la frenética época de la casa de citas, que indican no era la única, o posiblemente la existencia de un cementerio mucho más antiguo que la colonia.
Cuentan que hace poco, durante las obras para hacer caer el interior de una vivienda ubicada a unos pasos de la calle Colombia, hallaron entre las paredes huesos que parecían ser de humanos, además de un cuarto secreto que los propietarios nunca notaron. Un arquitecto habría sentido un fuerte empujón por la espalda al estar en la casa; se dio la vuelta y no vio a nadie.
Aseguran que son verídicas las apariciones de lo que no saben si llamar fantasmas, almas, espectros o sólo fuerte energía atrapada en un tiempo y espacio.
Otra vecina del callejón, que prefirió guardar su nombre y cuya casa tiene cimientos de más de 80 años, cuenta que en una ocasión dos parientes suyos, bebidos, se quedaron a dormir en un cuarto. Al despertar ambos, a las 4 de la mañana, se espantaron al ver en la ventana a una mujer, vestida con un velo, que los observaba atentamente. Al irse la dama, los varones, muy asustados, se levantaron para ver de quién se trataba. En la casa no había nadie, y el seguro estaba puesto por dentro.
Otra anécdota ocurrió al esposo de esta vecina que al entrar a su casa pareció ver a su sobrina ocultándose para dar un susto a su tío. Queriéndose adelantar, el señor quiso “pescar” antes a la niña que aparentemente estaba detrás de un vehículo. Grande fue su sorpresa al darse cuenta que ahí, en el supuesto escondite, no había nadie.
Algo similar sucedió a otra vecina, que creyendo ver pasar a su hijo lo siguió para reprenderlo por no hacerle caso. Al entrar al cuarto, no lo encontró.
Aunque estas apariciones son aparentemente cotidianas, sí lograron afectar emocionalmente a los vecinos. Cuentan que una casa del pasaje casi es vendida hace algunos años porque un muchacho no podía soportar la presencia de algo o alguien que en cuanto él se sentaba, se ponía en sus faldas.
La familia decidió recurrir a bendiciones y otras magias para que el alma deje en paz al joven y lo lograron; al final no se fueron.
Ruidos constantes
El pasaje San Rafael está cargado de fuerte energía cuya fuente es desconocida. Una de las residentes del callejón dice que los ruidos y movimientos extraños son algo muy común.
“Un día estaba viendo tele en la casa y, en la cocina, empezó a sonar las ollas. Pensé que era la empleada, pero por qué no prendía la luz, le dije que prenda. Cuando dio la propaganda me levanté, fui a prender la luz y no había nadie”, cuenta.
Algo que también pasa, señala, es que la televisión se prende sola a todo volumen, lo que obliga a veces, en la madrugada, a bajar las palancas de electricidad.
Dejar las cosas ordenadas, ya sea en la cocina, en un escritorio o un cuarto y al día siguiente encontrar todo desordenado, tampoco es raro.
“Esas cosas raras son las que pasan y no sólo en esta casa. Pasa en todas las casas. Por algo es el nombre de la ‘calle del diablo’, no creo que sea por nada”, añade la vecina.
¿Y por qué la gente no se va? La señora indica que algunas personas se han ido del pasaje, pero generalmente por otros motivos ajenos a los hechos sobrenaturales.
Dice que casi todos están como resignados y se hacen a la idea, para que lo que sucede sea llevadero, que quienes se encuentran dentro las viviendas, fantasmas o lo que sean, las cuidan.
Sin embargo, acostumbrarse no fue fácil. Se cuenta que al llegar a las casas, algunos propietarios, ya en el siglo XX, tardaron en habituarse al movimiento ajeno.
Pesadillas, sensaciones extrañas, ruidos, visiones y otros perturbaron por mucho tiempoa los habitantes.
Muchos quisieron hacer de San Rafael, cuya iglesia y convento se encuentra a unos pasos de la calle, su protector y a partir de esto se celebra una fiesta cada año en su nombre.
En algunas casas está la figura del santo que es convocado para mitigar los temores que son provocados, según algunos, por fuerzas malignas, satánicas.
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TEMORES
Caminar por la calle, un desafío
No es extraño que alguna persona evite pasar por el pasaje San Rafael en la noche, y más si es medianoche.
Los vecinos cuentan que a un transeúnte le tocó chocarse con un extraño hombre que salió de la nada. “Que Dios lo bendiga”, fue la única frase que dijo el personaje y desapareció en la oscuridad. El asustado peatón siguió su camino temblando y sin mirar atrás.






















