Los parias
Peatones, ciclistas, nómadas y otros prototipos de una forma de vivir “extravagante” por pura y legítima elección (y que, por razones similares, no contamos con celulares último modelo), nos transformamos en una especie de parias sociales
Sucedió hace unas semanas, en un café. Llegué empapada. Había llovido y salí al encuentro del agua, algo que desde la niñez es una grata afición. Más aún cuando la lluvia se va trastocando en un inusitado lujo en este casi desierto de asfalto y basura. Para rematar, traía en la mano una hoja seca, sencillamente, porque las hallo de gran belleza y me encanta recogerlas.
Ante la consulta de mis interlocutores estupefactos, al intentar articular una explicación del “por qué me gusta mojarme”, creo que no pasé de snob, posera o loca. Ni siquiera mi cita a Chico Buarque con su “vou pra rua e bebo a tempestade” , sirvió de mucho, al contrario. Tal vez hubiera sido más fácil el inventar que, perjudicando mis importantes faenas cotidianas, se plantó el auto que no tengo, se cerró el supermercado al que trato de evitar, o que me agarró la lluvia en medio de engorrosos e impostergables trámites que espero nunca sufrir.
No obstante, no dejo de preguntarme qué clase de cataclismo social ha traído como consecuencia, que a uno lo miren cual “bicho raro” al manifestar su fascinación por el entorno natural, que no está en Marte, Plutón o Ganimedes, sino se localiza aquí mismo, en nuestras miopes narices.
Será la cultura del automotor, muy ligada a la ética protestante y al espíritu del capitalismo que describió Max Weber. La gente siempre está apurada por consumar sus horarios laborales y/o por hacer que los vástagos sigan los suyos, es decir, por trabajar y reproducirse en una cadena productiva de nunca acabar. En ese contexto, el automotor es una de las invenciones más funcionales de la era industrial. Y cuando la existencia acaece entre las rejas del hogar, las oficinas, los colegios, las fábricas y, el resto del tiempo, sobre cuatro ruedas, difícil prestar atención a lo que nos rodea.
Igualmente, el desarrollo capitalista acarrea consigo un imaginario “civilizatorio” en el que la naturaleza es concebida como sinónimo de atraso, barbarie, suciedad. En Bolivia, esas representaciones adquirieron un carácter enfermizo, ya que, a diferencia de las verdaderas grandes urbes que incluyen áreas verdes en su planificación citadina, en el país se genera una guerra contra cualquier vestigio de vegetación y un culto desmedido al concreto. Por ejemplo, en Cochabamba, ahora arrancan árboles para sembrar comerciantes y cosechar patentes, como ironizó Rafael “Pipo” Velasco.
Por si fuera poco, se agrava la situación si a ello se añade el peculiar fenómeno de ver transcurrir la vida a través de una pantalla, cada vez más pequeña. Así, transitamos del televisor al smartphone. Suman las personas que, semejantes a autómatas, todo el santo día se sumergen en la estrechez de sus celulares. No hay viaje o aventura que valga, no existe atardecer majestuoso o experiencia enriquecedora, si no son debidamente captados y compartidos en las redes sociales (lo que nada tiene que ver con el oficio de los que practican el arte de la fotografía). Podrían caer las estrellas a nuestros pies, pero no tendría sentido si el fenómeno no es “registrado”.
En el marco de esa configuración, peatones, ciclistas, nómadas y otros prototipos de una forma de vivir “extravagante” por pura y legítima elección (y que, por razones similares, no contamos con celulares último modelo), nos transformamos en una especie de parias sociales. Agredidos permanentemente por los transportistas y despreciados o compadecidos por los ciudadanos actualizados en la “tecnología”, en las ciudades bolivianas no parece haber cabida para quien disfruta de caminar, observar y apreciar las sutilezas y maravillas naturales por simple y llano deleite y sin ninguna motivación utilitaria.
Y, mientras tanto, la vida acontece y pasa de largo.
La autora es socióloga.
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