Economía flexible

Columna
Publicado el 27/05/2020

La aceleración de los cambios económicos que resultaba de la creciente incorporación de la ciencia y la tecnología en la vida productiva y comercial obligaba a las empresas a adaptarse para sobrevivir, pues de otro modo corrían el riesgo de desaparecer. Ese desafío pronto dejó de ser de las empresas para alcanzar a las economías nacionales. La integración dejó de ser solamente comercial y pasó a ser un elemento central de las estructuras económicas. No solamente se intercambiaba un tipo por otro de productos, sino que se desagregaron físicamente procesos productivos que, sin embargo, se mantenían bajo gestión controlada en tiempo real. Las señales de un mercado, en cuanto a gustos, precios y funciones de los productos, podían generar nuevos diseños y nuevos productos en muy poco tiempo, aunque los diseñadores y los fabricantes estuvieran a miles de kilómetros de distancia unos de otros. Era el ritmo frenético de la globalización.

Las empresas más exitosas fueron las que se adaptaron mejor, y el éxito de las ciudades y regiones (o países) estuvo en relación directa con el entorno flexible que fueron capaces de ofrecer a sus empresas y a sus emprendedores, individuales o colectivos.

En este momento de cuarentenas y miedos colectivos dicho proceso parece haber sido puesto en duda. Muchos hablan incluso de la desglobalización que se producirá desde ahora. Creo que es prematuro afirmar con alguna certeza lo que puede suceder: si seguirá la integración global o se realizarán esfuerzos para un retorno a las economías locales. Pero si algo es seguro, es que las necesidades de adaptación serán mayores que antes, y no sólo para las grandes empresas sino también para las más pequeñas. Esto implica que la flexibilidad ya no será solamente una condición del éxito, sino una necesidad de la sobrevivencia económica.

¿Qué significa el desafío de la flexibilidad para nosotros?

Para nosotros, como para todos, significa que tenemos que cambiar radicalmente las estructuras normativas e institucionales que tenemos, de manera que acompañen y soporten los esfuerzos de adaptación de las empresas, los trabajadores y los emprendedores.

Nuestro sistema educativo es extremadamente rígido e impide la innovación. Los programas, los horarios, los calendarios, los contenidos deben ser aprobados por instancias superiores que tienden a uniformar todo, impidiendo que se desarrollen experiencias diferentes, que permitan probar alternativas, explorar los éxitos. Añadir o retirar una materia es largo y difícil para los colegios, como lo es crear o cerrar una carrera para las universidades.

La reforma constitucional, que movilizó tantas esperanzas, terminó dejándonos un texto confuso, contradictorio y pleno de detalles reglamentarios que la hacen inaplicable o, si se la aplica, la convierten en una verdadera barricada contra el cambio y la innovación.

Como ella, arrastramos desde hace décadas normas que imponen rigideces en todo lado. Pequeños restaurantes que deben tramitar hasta 12 licencias y permisos. Constructores que esperan más de un año para que les permitan realizar sus obras. Empresas que no pueden cerrar y que se ven obligadas a agotar su capital hasta el último centavo, cuando no a endeudarse hasta el límite de la fuga. Productores que pierden oportunidades mientras el burócrata de turno ejerce la coerción que le permite su pequeño poder. Comerciantes que pierden capitales en aduanas lentas y negligentes. La sospecha cae sobre todos, presuntos culpables, impidiéndonos caminar cuando el mundo ya nos exige correr.

Todos los trámites son lentos y engorrosos, y la digitalización les ha puesto encima el sello invisible de un dios más rígido: “el sistema”. Todo se hizo con las mejores intenciones, pero está claro que eso no justifica que se los mantenga y mucho menos cuando resultan un comprobado estorbo.

Un caso fundamental es el de la legislación laboral. Ella se hizo bajo el supuesto de que las relaciones obrero patronales son, por definición, de explotación, y que el trabajador –ignorante de sus propias aspiraciones y necesidades– debía ser protegido. Sobre esa idea se fueron añadiendo reivindicaciones y conquistas que excluyeron a todos los trabajadores informales y limitaron la expansión de la formalidad, y que, con el pasar del tiempo, se han volcado contra los mismos trabajadores.

Como ejemplo de lo primero tenemos una seguridad social vinculada al empleo, y como ejemplo de lo segundo el salario mínimo que castiga a los trabajadores más experimentados y antiguos, sacrificando sus condiciones de vida en el altar de la igualdad.

Una economía flexible, como la que tenemos que construir para adaptarnos, debe reducir y simplificar todos los trámites, reduciendo al mínimo los plazos de registro, debe facilitar los procesos de apertura y de cierre de las empresas, y debe ampliar la libertad de los trabajadores y empleadores para que ellos definan sus relaciones y las cambien de acuerdo a las condiciones que enfrente su empresa.

Para lograr estos objetivos podríamos empezar por algunas medidas sencillas, como la de fijar un plazo máximo de 10 días para cualquier trámite de licencias, permisos o registros. Pasado ese plazo, se podría disponer la admisión, en su reemplazo, de una declaración jurada. Obviamente, en la misma el solicitante se debe comprometer a cumplir las normas, que también habrá que simplificar, bajo pena de multas severas, sometiéndose a verificaciones posteriores.

Más complejo e importante será, en el otro extremo, reemplazar el actual sistema excluyente de seguridad social por uno más amplio y universal, basado en la condición ciudadana y no en la laboral. En otro artículo propuse tres reformas para lograrlo: Un seguro universal de salud, basado en la competencia de múltiples ofertantes, un ingreso básico también universal –que permita cubrir los costos de ese seguro y que se financie con las rentas de recursos naturales–, y un sistema tributario más simple y de alcance también universal.

Entre los extremos de dificultad de esas iniciativas está el impulsar que instituciones existentes cumplan un rol de mayor impacto y beneficio, por ejemplo, el sistema de pensiones, que debe ampliar su clientela y podría ofrecer, además, un seguro temporal de cesantía a sus clientes, y la digitalización de las transacciones que, además de reducir contactos y contagios, podría facilitar la aplicación de un sistema tributario más sencillo, menos trabajoso y con menos evasiones.

Más que pomposos planes de inversiones públicas y endeudamiento, para que nuestra economía se adapte más rápidamente a los cambios debemos concentrarnos en flexibilizar normas, instituciones y trámites para orientar nuestras estrategias de futuro. Un futuro que ya comenzó y que nos obliga a construir, desde ahora, la economía flexible.

 

El autor es investigador del Ceres

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