Sueño con mares de basura
Como en Cochabamba prácticamente cada mes debemos nadar en basura, últimamente hasta me sueño con ella. Sueño con mares infinitos de plásticos, botellas, pañales. Con autoridades famosas por botar desechos desde sus ventanillas blindadas; con ciudadanos que, sonriéndote en la cara, disponen de sus escombros en el río; con barrios abandonados a su suerte entre la basura. Y con infortunadas montañas infestadas de basura gracias a la buena voluntad de gobiernos que poco o nada hacen para resolver un asunto de bastante complejidad: Disponer de la basura en el meollo de culturas convencidas de que “progreso” es sinónimo de destructor despilfarro consumista: muchos autos, mucho cemento, muchas luces chillonas, mucha chatarra, mucha basura.
Y ojalá estos fueran sólo sueños y no reflejos de la realidad, porque aparte del eterno y terrible problema de K’ara K’ara en Cochabamba, otras noticias nos han traído la basura –y la desolación– a la cabeza.
Estos días circuló la constatación fotográfica de lo que ocurre en nuestras narices: Nada más y nada menos que el ancestral lago Uru Uru convertido en todo un mar de basura. ¿Ubican la magnitud de la tragedia? ¿Acaso nos olvidamos que el lago Uru Uru era parte importante de la cultura de asombrosos pueblos náuticos que van desapareciendo? ¿Un Estado que reivindica lo “plurinacional” no debería cuidar el lago Uru Uru como un tesoro de los pueblos indígenas/originarios? ¿Tanto se ha vociferado por la “dignidad” de la wiphala, pero ante la destrucción de un elemento tangible y crucial para las culturas andinas no se hace nada? ¿Tanto se enarbola la tricolor, pero ante la ruina del bien común real, no se hace nada? ¿Y qué hay del crucial valor ecológico de ese lago? ¿De la delicada simbiosis entre el altiplano y sus lagos? ¿Por qué ese tipo de temas nunca son de importancia para la política institucionalizada?
Lamentablemente, en Bolivia es característica histórica de la política institucionalizada el dejar a su suerte al bien común o, frecuentemente, arrasar con él a favor de las formas más sórdidas de hacer política: la demagogia, la primacía del interés personal y la pugna politiquera y mezquina por el poder. Por ello, por ejemplo, para la política institucionalizada es más significativa la discusión maniquea, reduccionista y bizantina de si fue “golpe” o “fraude”, la revancha punitiva o el sórdido proselitismo, mientras el bien común se pudre en nuestras narices.
Justamente el Estado boliviano así "perdió" el “mar” por el que reclamamos cada 23 de marzo. Como los plutócratas del centralismo minero se debatían en las clásicas pugnas por el poder, el territorio lejos del centro altiplánico se dejó totalmente a su suerte. Con ello el Litoral terminó siendo habitado por una mayoría de trabajadores y empresarios chilenos y pues sucedió lo que también pasó entre México y EEUU: los que poblaron la zona terminaron “anexando” el territorio a su país mediante una guerra.
Aun así, con mediterraneidad y todo, continuamos sin aprender, porque al tiempo que lloramos por un “mar cautivo”, inundamos de basura nuestros otros mares, aquellos a los que nos atrevemos a denominar “lagos sagrados”. ¿Si así se trata a lo “sagrado”, qué esperar con el trato a lo “no sagrado”? ¿Ubican que tuvo que ser un dulce extranjero el que tomara la iniciativa de recoger basura en el Cementerio de Trenes de Uyuni? ¡Cuando esa basura está allí, por años, por décadas, porque no pasa el día que no se bote basura en las manifestaciones del bien común en Bolivia y a vista y paciencia de todos/as los que administran los recursos y bienes públicos y de poblaciones indolentes, sumisas, cómplices.
¿Así, cómo no trocar los “patrióticos” sueños con “mares azules” por sueños con mares de basura?
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















