El conflicto en Ucrania
En las últimas horas, el mundo vive en vilo por los sucesos de Ucrania, donde se escenifica el capítulo más duro de un conflicto que lleva al menos ocho años de desarrollo.
Desde 2014, poco después de que Rusia anexara a su territorio la península de Crimea, milicias separatistas prorrusas tomaron una extensión importante del este de Ucrania y, a partir de entonces, se han enfrentado con el gobierno de Kiev, en un conflicto que hasta hoy ha dejado 14 mil muertos, y han declarado su independencia, alentadas constantemente por el régimen de Vladimir Putin. Aunque en 2014 y 2015 se firmaron tratados de paz en Minsk, que garantizaban el retorno de la zona al control de Ucrania, Moscú no ha dejado ni por un instante de otorgar un respaldo irrestricto a los secesionistas de Donestsk y Luhansk. Lo que rechaza Putin, en esencia, es que Ucrania ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), lo que supondría un reconocimiento pleno a su soberanía e independencia como Estado y, por tanto, de su territorio y de la frontera real con Rusia.
Lo más reciente, y que ha representado una peligrosa escalada en el conflicto, es que Putin ha otorgado reconocimiento, el lunes 21, a Donestsk y Luhansk como repúblicas independientes y ha instruido el envío de tropas de “pacificación” a esas dos regiones del Donbás, donde, previamente, su gobierno ha distribuido miles de pasaportes rusos; en su agresivo discurso, incluso ha puesto en duda la soberanía de Ucrania al afirmar que “nunca tuvo tradición de Estado genuino” y que, en los hechos, ese país fue “creado” por Rusia; en la línea de devolver a su país el papel que jugó en la Guerra Fría, el abogado y exagente de la KGB expresó que a Rusia “le habían robado” tras el colapso de la URSS y que “les dimos a estas repúblicas el derecho a salir de la Unión sin términos ni condiciones. Eso fue una locura”. A estas palabras, que niegan el derecho a la autodeterminación de Ucrania, el líder ruso ha agregado duras diatribas contra los gobiernos de Kiev, a los cuales ha calificado de corruptos y de fieles sirvientes de Estados Unidos y de Occidente.
La respuesta estadounidense y europea ha consistido en sanciones económicas, como el cierre de sus mercados de capitales a la emisión de bonos soberanos rusos, a restricciones a las operaciones con grupos empresariales de ese país y, en las últimas horas, se ha conocido que Alemania ha frenado el tendido de un gasoducto para la provisión de gas natural.
Lo que se teme es que, pese a estas medidas, Putin instruya una invasión a Ucrania, para lo cual ya ha desplazado, desde el año pasado, a sus tropas, bajo el argumento de preservar la seguridad de los rebeldes con pasaportes rusos. Es decir, un ardid pensado para desestabilizar a Ucrania.
Es deseable, por supuesto, que se imponga una solución diplomática al conflicto. Nadie quiere otra guerra. Pero también ha llegado la hora de frenar el expansionismo de Putin, quien reúne los peores defectos del liderazgo populista y que tiene como admiradores a los aspirantes a autócratas regionales del llamado Socialismo del Siglo XXI, porque, en el fondo, es uno de sus principales impulsores y aliados.

















