
DESDE LA TIERRA
El astronauta ruso Serguéi Kud-Sverchkov besa a un niño boliviano con cáncer y la foto es —obviamente— portada en la mayoría de los periódicos nacionales. La oficialista Agencia Boliviana de Información (ABI) destaca que Bolivia es el primer país de Sudamérica que Serguéi visita junto con la investigadora espacial Anastasia Stepanova.
Alguien me llama y me solicita resumir los hechos que viví el 17 de julio de 1980 en la sede de la Central Obrera Boliviana (COB) en el centro neurálgico de La Paz, sede del gobierno de Bolivia. Un grupo de nueve personas, entre ellas esta periodista —la única mujer— conseguimos escondernos en un cuarto de baño en el tercer piso.
En 2010 leí con asombro la convocatoria de la Universidad Militar “Mariscal Bernardino Bilbao Rioja” a un diplomado en “Tiwanacología” (sic). El resumen del curso destinado a profesionales de las Fuerzas Armadas y a civiles decía que era un postgrado “orientado a la aplicación del pensamiento ancestral y la cultura comunitaria en la actividad profesional especializada en el nuevo Estado Plurinacional de Bolivia”.
En algún momento, los habitantes de La Paz cedieron su espacio vital a una larga lista de grupos corporativos, sindicatos, autoridades, policías y militares. Pocas ciudades enfrentan tantos tormentos cotidianos, la mayoría de los cuales son evitables. Hace una semana, los extraños movimientos de vehículos militares y de uniformados en la principal plaza subieron la tensión ciudadana al borde de un ataque de nervios.
El movimiento de vehículos militares y de tropas desarmadas del pasado miércoles olvidó un detalle esencial de todo golpe de Estado desde la Guerra del Chaco: tocar una marcha militar, de preferencia “Talacocha”, bolero de caballería del Ejército; o en su defecto, para despedirse, salir de la plaza al son de “Terremoto de Sipe Sipe”.
El genocidio ejecutado por Israel contra la población civil palestina, aniquilando principalmente a niños y bebés, le ha quitado para siempre la autoridad moral para presentarse como la nación sufrida, el chivo expiatorio de los excesos europeos, y, sobre todo, la mártir colectiva del racismo supragermano que asesinó a millones de judíos, junto a millones de gitanos, homosexuales, comunistas y una amplia gama de opositores al fascismo.
El presidente Luis Arce Catacora debe ser uno de los pocos mandatarios de nuestra historia que cumple sus promesas. Anuncios que no fueron explicitados durante la campaña electoral sino durante algunas visitas oficiales en los países de la saga de Puebla.
El presidente Luis Arce Catacora y el vicepresidente David Choquehuanca junto a su equipo de colaboradores del (No) Estado Plurinacional de Bolivia socavan día a día las posibilidades de trabajo honrado en el país. Mientras, una nueva plebe en acción intenta parecer burguesa, pero sin invertir ni laburar, y se enriquece con el dinero público.
Recuerdo feliz una escena con la madre Antonia en la antigua Clínica Alemana de la calle Fernando Guachalla en Sopocachi, La Paz. Los dolores de la cesárea se habían calmado con la felicidad de tener a mi guagüita en los brazos. Para la sed me mojaban los labios con mate de anís. ¡Pero yo moría de hambre! Entonces autorizaron mi primer alimento: tres galletas de agua de "La Francesa".
“Greta musitó: y, ¿es demasiado tarde ya? ¿Nadie de los que se exiliaron gracias a ti te puede sacar de aquí?”
—Sé que mi amigo Evzen Klinger, que ya se había trasladado de Praga a Londres, quería liberarme, sacarme de la cárcel, incluso arregló mi matrimonio con un boliviano, porque Bolivia es un país neutral, pero...
—Pero qué, cuéntamelo.
—¿Me imaginas a mí en Bolivia?
—Me reí a carcajadas. Greta se asustó y me tapó la boca con la mano.

