
MIRADA PÚBLICA
El reciente acto de presentación del ensayo Lineamientos para una política exterior de Bolivia en el bicentenario de su independencia, elaborado por un grupo de diplomáticos de carrera, sirvió para poner sobre la mesa una cuestión esencial que el país evita desde hace demasiado tiempo: ¿Cuál debe ser la orientación de la política exterior boliviana en un mundo que está cambiando radicalmente?
En las postrimerías de un Gobierno, lo esperable es la presentación de informes, balances y evaluaciones serias de gestión. Sin embargo, la administración diplomática actual parece haber optado por otro camino: el de los gestos vistosos, los reconocimientos innecesarios y los anuncios tardíos de proyectos bilaterales que llevan casi una década en el olvido.
La reciente decisión de Estados Unidos de incluir a Bolivia entre los cinco países que “han fallado demostrablemente” en el cumplimiento de sus compromisos internacionales de lucha contra las drogas ilícitas ha tenido un fuerte impacto mediático y político en el país.
En América Latina la política se mueve como un péndulo. Oscila entre proyectos hegemónicos y sus reacciones, entre promesas de transformación y cansancios acumulados. La región ha demostrado, una y otra vez, que ninguna corriente ideológica mantiene el monopolio del poder indefinidamente.
En los foros de integración regional, el Mercosur sigue siendo, para algunos, la gran mesa donde los países del sur conversan, negocian y se reconocen como socios en un mismo destino; para otros, una mesa cada vez más pesada, donde cada acuerdo requiere la bendición unánime de todos sus miembros, incluso en asuntos que, en teoría, cada Estado debería decidir soberanamente.
Bolivia, que aún es un Estado en proceso de adhesión, observa esa dinámica con cierta mezcla de aspiración y cautela.
En tiempos cuando las tensiones diplomáticas suelen medirse en comunicados ásperos o silencios prolongados, hay gestos que, aunque discretos, hablan otro idioma.
En Sucre, cuatro lienzos de Melchor Pérez de Holguín –tesoros del barroco mestizo– recuperan su luz gracias a un proyecto financiado por el Fondo para la Preservación Cultural de los Embajadores de Estados Unidos.
Cuando la diplomacia cede espacio a la estridencia, los daños trascienden las palabras. Así ocurrió el 28 de julio, cuando la presidenta peruana, Dina Boluarte –la mandataria más impopular de América Latina–, usó su mensaje por el 204 aniversario de la independencia del Perú para presumir que su país evitó convertirse en un “Estado fallido” como Cuba, Venezuela y Bolivia. Una frase dura, innecesaria e impropia del lenguaje entre naciones hermanas.
Hay ideas que mueren solas. Otras se diluyen en la intrascendencia. Y algunas, como la “diplomacia de los pueblos por la vida”, simplemente se extinguen al contacto con la realidad. Si las próximas elecciones generales confirman el declive del partido que la promovió, lo que hoy parece torpeza pasará a ser capítulo de cierre.
No es habitual que Bolivia figure en los informes globales sobre riesgo alimentario. Y, sin embargo, allí estamos, señalados entre los países que requieren seguimiento internacional ante el riesgo de inseguridad alimentaria aguda, según informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

