Instalaciones provocativas
Una obra de arte del Siart —que en realidad no lo era (esto escrito y publicado por una de sus autoras, por cierto la principal)— ha causado un enorme revuelo en La Paz. La señora que confiesa no hacer arte sino política debe estar encantada con lo sucedido. Una aprobación general de lo que ella estaba exponiendo, una aclamación del público, es posible que la hubiera llevado a una seria crisis de identidad.
El revuelo ha sido enorme. Y no es para menos; se trataba de una instalación o lo que fuere, altamente provocativa y hecha para herir los sentimientos de las personas creyentes en un país donde casi todos sus habitantes lo son.
Un grupo de psicólogos podría hacer un análisis a partir de algunas fijaciones que muestra la autora y que son recurrentes en muchas de sus publicaciones y eventos públicos. El miembro viril, ese objeto o esa parte del cuerpo del hombre, no cabe la menor duda, tiene una gran importancia para ella. Parece darle un peso simbólico superior al que le confieren los poseedores naturales de ese apéndice, más allá de que, obviamente, a estos les sea de suma importancia.
La otra fijación de la autora es la Iglesia católica. Su cuartel general lo ha bautizado como “La Virgen de Los Deseos”, en una clara alusión lúdica a la Iglesia católica que es la única que tiene vírgenes. El mural que nos ocupa tenía la forma de un altar católico y pretendía ser una parodia del mismo.
Protestar contra la Iglesia católica, poner en evidencia sus debilidades, sus flaquezas, sus absurdos o inclusive sus eventuales delitos (los delitos los comenten los individuos y no las instituciones), no sólo es válido, sino saludable para una sociedad y, créaselo o no, aún para la mismísima Iglesia.
Cabe de todos modos preguntarse sobre la pertinencia de esta “no” obra de arte. Lo primero: ¿Realmente puede ser parte del Siart? Y el asunto no está en si eso puede llamarse arte o no, que es un tema aparte, sino en el hecho de que las autoras hayan declarado que no se trata de arte.
El asunto abarca otros detalles más. El que asumiéndolas como artistas se les haya dado un espacio privilegiado, nada menos que la fachada del Museo Nacional de Arte, además sin que los curadores hubieran sabido de lo que se trataba. Es obvio que ellos intuían por dónde saldría la no-artista, pero la declaración de ésta significa clara y llanamente que ella utilizó el más importante espacio de arte para un propósito extra artístico. Nada bueno para un evento de esa naturaleza.
Dicho sea de paso, no deja de ser muy penoso el enterarse, por boca de ella, que le hayan rogado en varias oportunidades participar en el Siart y ella no hubiera aceptado, y que ahora le den, por las condiciones que ella pudo imponer, nada menos que el escenario principal. ¿A título de qué se le dieron esos privilegios?
El usar la fachada del Museo Nacional de Arte tiene otras implicaciones. Un argumento en contra de esa práctica sería que resulta un privilegio demasiado grande para un artista en desmedro de los otros. Además, más allá del hecho artístico, y de tratarse de una situación momentánea, por muy buena que sea la obra, se desfigura el entorno urbano. Eso, claro, vale para lugares donde se respeta el entorno urbano, que no es precisamente la plaza Murillo de La Paz.
Finalmente, está el hecho de que la obra en cuestión ha terminado cuestionando no a la Iglesia, sino a la fe. Ha terminado ofendiendo no a la curia, ni al establishment, que hasta podría estar encantado con un retrogusto cosmopolita en las calles de La Paz, sino a la gente de a pie, la gente que se mueve en los alrededores de la venida a menos calle del Comercio. No han salido en defensa de la Iglesia, sino de sus creencias, principalmente porque se han sentido ofendidos ellos.
¿Es una gran fiesta de arte el espacio para eso? Algunos dirán que sí.
El autor es abogado, fue profesor universitario y ministro de la Corte Suprema de Justicia.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ




















