Honestidad
El luctuoso accidente aéreo que tuvo lugar la noche del último viernes de febrero ha puesto en evidencia, de una manera extremadamente grosera las debilidades de la condición humana.
El saqueo al que quisieron proceder y al que de hecho lo hicieron un grupo de personas que ya sea, viven por las inmediaciones o estaban casualmente en el lugar, ha mostrado un lado indignante de nuestra sociedad.
Por supuesto que no se trata de generalizar a la hora de condenar este hecho, esa falta de empatía no es ni una característica de los bolivianos, ni de los paceños, ni de los alteños, aunque lastimosamente se puede constatar que actitudes similares se han dado a lo largo de nuestra historia en momentos parecidos. Me refiero al vandalismo que se da muchas veces cuando tiene lugar un accidente de una flota en una carretera, y que también se produjo cuando tuvieron lugar otros accidentes aéreos.
Lo escabroso de este caso, es que sucedió en el aeropuerto que atiende a la sede de gobierno, a pocos kilómetros del Palacio de Gobierno.
Subrayo la importancia de esta ubicación porque en realidad esto demostró más que una debilidad extraordinaria del carácter de los protagonistas del saqueo, una debilidad del Estado que no está en condiciones de reaccionar con celeridad y de imponer su presencia en forma inmediata, y aclaro que esta no es una crítica al Gobierno, sino una constatación de nuestra pobreza de siempre.
Si por algún motivo aparece una lluvia de dinero sobre un grupo de personas es absolutamente comprensible que estas lo recojan y se lo guarden, aunque lo correcto sería que lo devuelvan, pero no es esa la actitud que se debe criticar y condenar, sino el intento de convertir en botín un avión siniestrado y su contenido, estando este a pasos no solo del aeropuerto más importante del occidente del país, sino también de un cuartel del calibre del Tarapacá.
Es incorrecto, injusto, y prejuicioso el tratar de señalar este hecho como algo que sucedió “porque la gente de El Alto es así”, más allá de que posiblemente si el avión caía o se arrastraba en una zona residencial de mayor poder adquisitivo, tal vez, y solo tal vez, las cosas se hubieran dado de una manera diferente.
Ahora en lo que respecta a ese comportamiento, Bolivia en general, y la ciudad de El Alto en particular, porque el hecho tuvo lugar allí, tienen que cuestionarse sobre los valores que están siendo impartidos en la población.
¿Es este caso una situación excepcional, como lo es que caiga un avión y vuelen literalmente miles de billetes por los aires, o tiene que ver con (des)valores más arraigados?
¿Toma en serio la mayoría de la gente el cacareado “ama sua”, o es una consigna completamente hueca de la triste revolución cultural? ¿Es el “ama khella” un aliciente para “sin flojera” ir a saquear donde sea y aunque este lloviendo y granizando?
Lo que ha sucedido el viernes 27 de febrero en la noche es una gran vergüenza, es de alguna manera una muestra de un fracaso de la manera civilizada de vivir, esa tarde muchas personas han retrocedido miles de años para convertirse en recolectores, como nuestros antepasados de las cavernas.
Esa actitud hace juego con el comportamiento laxo, inmoral y evidentemente delictivo en el que vivimos, el mundo de las coimas, para lo malo, y también para lo bueno y lo ineludible. Si para estudiar para ser maestro, o para ingresar a la Policía se tiene que pagar debajo de la mesa, por qué nos tenemos que sorprender con lo que sucedió hace diez días.
Creo que tiene que encontrarse un equilibrio en el análisis de este hecho, no debe ser minimizado ni edulcorado, pero tampoco debe ser utilizado para consolidar prejuicios que, además, pueden tener un alto componente racista. Pero por nada se debe echar tierra sobre el asunto. Se lo debe discutir, se debe poder aprender de él.
La pregunta de por qué un grupo de personas, de vecinos comunes y corrientes, de jóvenes, se lanzaron a cometer un acto de vandalismo puro y duro, debe ocupar a los estudiosos de la sociedad para luego sacar insumos que sirvan para modificar un comportamiento.
Es posible que el saqueo de ese viernes sea una grotesca punta de un iceberg, de una sociedad que no cultiva la honestidad, ni en escuelas, ni en cuarteles, ni en instituciones.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ


















