Sobre la cocaína
La noticia del operativo en territorio chileno que ha terminado incautando, se dice, 108 toneladas de cocaína, y eventualmente otras drogas, ha dejado a muchos estupefactos, es una cantidad mayor, inimaginable hace algunas décadas, recuerdo el escándalo del narcoavión, que llevaba cuatro toneladas, y eso ya pareció entonces un exceso temerario.
Se ha especulado sobre el valor de la mercancía ilegal incautada en Chile, y se ha llegado a sumas estratosférica, ese cargamento, han dicho equivocadamente, valdría unos 8.000 millones de dólares.
Es un cálculo muy optimista, desde el punto de vista del narcotraficante implicaría que el gramo se pudiera vender, sin intermediarios a unos 80 dólares en las calles de Madrid o Berlín, pero la cosa es más complicada.
Tanto el transporte como la redistribución son complejos, de alto riesgo, y muy caros, es posible que el minorista se quede con el mayor porcentaje, pero obviamente de una pequeñísima parte de la mercadería, pasa también con la venta de cosméticos a domicilio.
A lo que quiero llegar, es que considerando que el kilo de cocaína se vende en Bolivia máximo a 2.500 dólares, y considerando la cantidad, puede ser que hayan hecho precio, en el mejor de los casos, estamos hablando de 270 millones de dólares que han entrado ilegalmente al país.
No es un monto exorbitante, pero tampoco es mínimo, es un monto más que suficiente para utilizar un porcentaje del mismo para desestabilizar al país, y eso sí debe preocuparnos.
Pero el asunto va más allá, por un lado, vale la pena poner en claro algunas cifras. Se supone que Bolivia produce o tiene la capacidad de producir alrededor de 350 toneladas anuales de cocaína, lo que se puede decir que es posible que se haya incautado un tercio de la cocaína que Bolivia produce en un año: menudo golpe al narcotráfico boliviano.
Pero es importante mencionar que en Bolivia se fabrica solo entre el 10 y el 13 % de la cocaína que se produce en el mundo, Colombia lidera esa industria, seguida de lejos del Perú, y a la cola está la patria.
Esto nos ayuda a entender algunos aspectos de nuestra realidad, y de nuestra posición en el mundo: primero, si Bolivia es un narcoestado, lo son también Perú y Colombia, segundo, el narcotráfico ha crecido enormemente en las últimas décadas, y no se puede negar que tener como presidente del Estado al secretario general del colectivo que produce materia prima para la cocaína, puede haber sido importante en el incremento boliviano, pero es una tendencia de toda la región, el incremento ha sido mayor en el Perú y en Colombia. Así es señores, el narcotráfico está más allá de la orientación política de los gobiernos.
Este evento, si fuera tomado en serio, aquí y en grande, no debería ser utilizado políticamente, sino de una manera global para desnudar una realidad que es archiconocida, la lucha contra el narcotráfico se está perdiendo, y se tiene que cambiar de hoja de ruta.
Aparentemente el mundo produce aproximadamente 3.700 anuales toneladas de cocaína, no toda se consume, mucha es interceptada, pero sigue llegando al consumidor una ingente cantidad.
La cocaína puede ser muy dañina para las personas, pueden perderlo todo, hacer sufrir a sus parientes y allegados, y convertirse no solo en casos sociales, sino también en casos de seguridad ciudadana, y, sin embargo, si causara esos estragos en todo aquel que la consume, es posible que una parte del primer mundo estaría aún en peores condiciones.
El uso de tecnología refinada para ocultar la droga y la logística para trasladar ingentes cantidades nos demuestran que los narcotraficantes están cada vez más sofisticados, tiemblo al pensar en el arsenal con el que ellos pueden contar.
La legalización de la cocaína acabaría con un pingüe negocio y la acumulación de riqueza en las manos menos escrupulosas del mundo. Salvaría al mundo de muchos flagelos y si realmente causara más problemas de adicción, fácilmente se la podría volver a prohibir.
Lo que se ha hecho hasta ahora contra el narcotráfico, no ha servido, tratar otra receta no parece ser una mala idea.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ





















