La casta que nunca perdió
En los días pasados, mientras Bolivia conmemoraba sus 201 años de independencia, la Casa de la Libertad reveló un dato cargado de simbolismo. María Elena “Bibi” Urquidi, esposa del presidente Rodrigo Paz, es descendiente de Mariano Serrano, uno de los redactores del Acta de Independencia de Bolivia.
La noticia puede presentarse como motivo de orgullo. A mí me provoca otra pregunta: ¿desde cuándo el patriotismo se hereda por apellido? que alguien descienda de uno de los hombres vinculados al nacimiento de nuestra república es un dato histórico interesante. Pero también ilumina una característica persistente de Bolivia, doscientos años después, seguimos encontrando determinados árboles genealógicos alrededor del poder. Lo que nos muestra que este, los contactos, los privilegios y las élites sí pueden reproducirse.
Rodrigo Paz tampoco aparece fuera de esa historia. Es hijo del expresidente Jaime Paz Zamora y pertenece a una familia profundamente ligada a la política boliviana. Entonces surge una imagen simbólica, el descendiente de una dinastía presidencial junto a una descendiente de uno de los hombres vinculados al nacimiento de la república y nuevamente, alrededor de ellos, el Estado.
Bolivia cambia de presidentes, pero ciertas familias nunca abandonan completamente el poder. Ese es el verdadero tema, las castas. Estructuras sociales capaces de transformar apellido, matrimonio, relaciones, educación, posición social y cercanía política en mecanismos de reproducción del poder.
Y existe una pregunta aún más incómoda: ¿cuánto de la riqueza y posición de esas viejas élites nació de crear empresas, industria, tecnología y empleo, y cuánto se construyó mediante su proximidad al Estado? La pregunta debe investigarse antes de acusar a personas concretas de delitos.
Pero revisar cómo se acumularon tierras, concesiones, contratos, cargos e influencia durante generaciones es absolutamente legítimo. Ministerios, alcaldías, embajadas, Parlamento, tierras, concesiones, contratos, directorios, relaciones, una generación entregándole a la siguiente algo quizás más valioso que una propiedad: una puerta de entrada al poder.
Por eso resulta paradójico escuchar a ciertos sectores despreciar al boliviano que “vive del Estado”. Al abuelo que recibe un bono lo llaman dependiente; al productor que exige apoyo, subvencionado; al comerciante popular, informal. Pero cuando una familia permanece generaciones alrededor del poder, aquello recibe nombres más elegantes: trayectoria, tradición, relaciones, herencia.
Durante casi veinte años del MAS, esa vieja élite perdió buena parte del control directo del Estado, pero no desapareció, algunos combatieron al MAS, otros negociaron, otros hicieron negocios y otros esperaron. En 2019 creyeron que había llegado el momento de recuperar el poder y el resultado fue Jeanine Áñez.
Y aquella experiencia volvió a mostrar un problema histórico: estas castas, conocen el Estado mucho mejor de lo que conocen Bolivia. Bolivia no es solamente el Palacio de Gobierno, la plaza Murillo o los círculos donde determinados apellidos llevan generaciones encontrándose.
Bolivia es el ayllu y la junta vecinal, el campesino y el comerciante, el minero y el transportista, el mercado, la comunidad, El Alto, el altiplano, el Chapare, el Chaco y la Amazonía. Es indígena, mestiza, urbana, rural, moderna, comunitaria y contradictoria.
Esa Bolivia no se aprende en un árbol genealógico. Hay que caminarla. Ahí está la paradoja: se puede demostrar que los antepasados estuvieron presentes cuando nació Bolivia y, doscientos años después, seguir sin comprender la profundidad de los bolivianos. Y quizá es nuestro problema, gobernantes que no conocen, ni quieren conocer este bello país.
El autor es analista de políticas públicas
Columnas de CÉSAR AUGUSTO CAMACHO SOLIZ




















