Bloqueos, pequeñas dictaduras circunstanciales
Los 50 días de bloqueos en buena parte de la patria han costado vidas, dineros, haciendas, salud mental, y han puesto al país al borde del colapso. Si los bloqueadores hubieran conseguido su propósito, vale decir la renuncia del presidente, es posible que el país se hubiera visto envuelto en una ola de violencia que hubiera podido llegar a una guerra civil, o peor aún a una de secesión.
Los sediciosos, los conspiradores, en su lucha desesperada por recuperar el poder perdido, han puesto en riesgo la existencia misma del país.
Esta conspiración canalla se ha disfrazado de “rebelión popular”, (como la ha llamado el hombre más fuerte y poderoso de los 14 años de gobierno de Evo Morales), a partir de una movilización orquestada en base a mentiras, a desinformación tendenciosa, y a métodos extorsivos y coercitivos que han sido utilizados por las llamadas organizaciones sociales.
Los bloqueos, eficientemente armados, tenían sus alfiles, y sus peones, los peones estaban algunos convencidos de que estaban perjudicando a los otros, y a sí mismos, por un bien mayor, porque se les había dicho, se les había contado en forma machacona, que el Gobierno estaba actuando contra sus intereses y contra el futuro de sus hijos.
Las mentiras, las medias verdades pudieron ser aceptadas y hacer germinar una “rebelión”, porque el caldo de cultivo estaba muy bien preparado, la tierra muy bien abonada.
Veinte años de prebendas, distribuidas a veces en forma comunal, y otras en forma personal a individuos claves para estructurar la maraña de actores que podían activarse en el momento oportuno, son el as bajo la manga de un grupo más selecto, difícil de identificar, que está detrás de este horrible tiempo de amargura que hemos vivido.
Lo que queda del masismo duro pensaba que tenía todas las de ganar con el caos armado y, de hecho, es posible que si quedan impunes, hayan ganado de todas maneras. Estos cincuenta días, aparte de empobrecer a todos los bolivianos, y poner en situación durísima a los más vulnerables, obviamente también han afectado al Gobierno, que indudablemente ha perdido popularidad, y ahora la tiene más difícil que hace 59 días.
Pese al disgusto, a la rabia, a la frustración, podemos estar casi satisfechos, con que los sediciosos no lograron su cometido, una respuesta más rápida y contundente del Gobierno, hubiera podido, en el momento equivocado, habernos llevado a un escenario de violencia que eventualmente hubiera favorecido a ese grupo de poder, porque hubiese enardecido a su clientela, y se habría producido un caos mayor.
Pero lo cierto es que no solo fue el desgaste de los bloqueadores lo que logró su derrota, sino posiblemente la certeza de que no iban a tener éxito. La mayoría de la gente no quería que el presidente renuncie, ni siquiera en el occidente, y mucho menos en el oriente. La mayoría de los bolivianos votó por un cambio, por estar totalmente en contra de las políticas del MAS y, más allá de todos los errores cometidos por el Gobierno en estos siete meses, todavía es demasiado temprano para desaprobarlo y, para colmo, la otra opción, si el presidente renunciaba, era inmensamente peor.
En estos días Evo Morales ha vuelta a estar vigente, y se lo responsabiliza por haber causado este desastre. Conociéndolo como lo conocemos, incapaz de proferir una oración completa, uno podría dudar de su capacidad para organizar una sedición de este calibre, hay otros, de su entorno cercano, que más bien tienen todo el perfil para armar esa conspiración. Evo, es ante todo una marca, aunque tampoco hay que subestimar su gran astucia política.
La democracia en Bolivia está en peligro, lo que pasó en mayo puede ser un ensayo general que les salió mal a sus actores, la posibilidad de un nuevo bloqueo existe, y prevenir eso es una importante labor del Gobierno, se deben desmontar las mentiras diseminadas en el campo, se tiene que hacer énfasis en la importancia de los cambios que se deben hacer, y estos deben ser socializados al extremo y, por supuesto, se tiene que tener una ley que castigue a los bloqueadores, no muy fuerte a los que lo hacen forzados por las circunstancias, y de manera muy dura a los instigadores.
Lo que tiene que quedar claro es que los bloqueos son antidemocráticos, son pequeñas dictaduras de facto, son espacios donde se vulneran los derechos más elementales de los seres humanos y no deben ser ni permitidos, ni olvidados. Tenemos que luchar contra ese germen autoritario.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ


















