Niñas viviendo con altura
Texto: Claudia Piras (*)
EL BANCO INTERAMERICANO DE DESARROLLO |IMPULSA UN PROYECTO SOBRE IGUALDAD DE GÉNERO EN LA ZONA DEL GRAN PODER, EN EL ALTO.
La evidencia empírica sobre los beneficios del deporte es contundente. El hacer ejercicio de forma regular mejora la salud, el desempeño escolar y reduce la probabilidad de conductas de riesgo como el consumo de alcohol y drogas, el embarazo adolescente o los comportamientos violentos. Incluso se ha demostrado las ventajas que representa para las mujeres en el mercado laboral. Recientemente, la especialista en educación del BID, Aimee Verdisco explicaba la relación beneficiosa entre el ejercicio y el funcionamiento cerebral. Pero quizás uno de los mayores beneficios sea el desarrollo de habilidades psicosociales como la autoestima o el liderazgo.
En el último mes América Latina ha estado en stand by, pendiente del último gol de la Copa Mundial. Y sin embargo, estamos lejos de desarrollar políticas públicas basadas en los beneficios sociales que el deporte brinda a la población. En consecuencia, la práctica deportiva es un privilegio donde los factores económicos y culturales juegan un papel importante.
Aunque poco discutida, una de las dimensiones de mayor inequidad en el deporte es la de género. Entre las múltiples razones se encuentran los prejuicios sobre lo que pueden y deben hacer las niñas, el tener mayores responsabilidades domésticas que los varones y menos tiempo libre, la escasez de recursos e instalaciones deportivas y la falta de modelos de roles y una menor cobertura mediática de las deportistas femeninas.
NIÑAS VIVIENDO CON ALTURA EN EL ALTO
En este contexto, el proyecto Niñas viviendo con altura es un ejemplo del poder del deporte para transformar normas sociales y empoderar a las niñas. En un entorno de exclusión social, donde se intersecta la pobreza, las normas de género y las tradiciones indígenas, las chicas de El Alto en Bolivia difícilmente podían practicar deportes. Y ahí surge una alianza público-privada que ha demostrado dos cosas: una, que sumando recursos, ideas y voluntades es posible cambiar la realidad en un plazo relativamente corto. Y dos, que si las niñas no practicaban deporte antes no era por falta de ganas o de capacidad.
El disponer de un centro deportivo en buenas condiciones, con seguridad, con un horario fijo asignado a las niñas, entrenadores y material deportivo son condiciones necesarias, pero no suficientes. Las propias jóvenes reconocen la importancia de haber involucrado a las madres y padres, ya que muchas veces las mayores barreras están en la propia casa.
Transcurrido el primer año, el entusiasmo de las chicas se volvió un efecto bola de nieve, con muchas más jóvenes y colegios sumándose, de ahí que los resultados trasciendan a las 600 niñas inscritas inicialmente y superen los 2.000 jóvenes. En los siete centros educativos participantes se capacitó a los docentes para que, a partir de actividades lúdicas y ferias educativas, trabajaran con los niños y niñas temas como el ejercicio de derechos, la igualdad de género, el liderazgo y la autoestima y cómo el deporte ofrece oportunidades para desarrollarlos.
Esta semana pasada finalizó el proyecto, que queda ahora en manos de la comunidad de El Alto, y más allá de los resultados numéricos, hay dos vivencias que demuestran claramente el potencial del deporte como estrategia para avanzar en la igualdad de género. El primero fue ver a la orilla de la cancha a Carlos cuidando a su hermanita de un año mientras Rosario, su hermana mayor, terminaba el entrenamiento de fútbol. El segundo fue oír a Estefanía decir orgullosa: “Gracias a los entrenamientos soy la mejor arquera de mi colegio, las chicas y chicos se pelean por mí”.
Estos y otros testimonios forman parte de una exposición fotográfica que permanecerá abierta al público en las oficinas del Banco Interamericano de Desarrollo, en La Paz, hasta mediados de agosto.
(*) La autora es Economista líder en desarrollo social del BID. Fotos: Sergio Ribero.


















