Achacachi, donde ronda el fantasma de la ira

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Publicado el 12/06/2017 a las 0h00

VIOLENCIA | EN ACHACACHI, DESDE AJUSTES DE CUENTAS CON DELINCUENTES COMUNES HASTA CONVULSIONES SOCIALES QUE HICIERON TAMBALEAR GOBIERNOS, HAN TENIDO UNA MARCA PARTICULAR: LA EXTREMA VIOLENCIA. Y LOS TESTIMONIOS SUMAN DESDE SIMPLES ANÉCDOTAS DE VISITANTES O VECINOS HASTA DETALLADOS LIBROS DE SOCIÓLOGOS E HISTORIADORES.

Sus antecedentes le han dado un aura de tensión que se acumula sobre el silencio que reina cotidianamente en esta población cercana al lago Titicaca. La historia la asemeja a una zona sísmica donde cualquier día, por diversas razones, sin freno ni medida, puede estallar la ira.  

Quizá, a veces, esa violencia pueda iniciarse sin mayores razones o por razones equivocadas. Álvaro Ferentz recuerda que, en 1998, vio al fantasma achacacheño muy cerca cuando, junto a un amigo, viajaba en bicicleta rumbo a Sorata. “Tuve la mala suerte de que tras haber pasado el pueblo, a más o menos dos kilómetros, se pinchó la llanta delantera –recuerda Ferentz-. Me puse a buscar mis herramientas para el arreglo, pero poco a poco empezó a acercarse un grupo de cinco individuos, al parecer, ebrios”.

Según el ciclista, cuando se hallaban a unos 200 metros, surgió un grito del grupo: “¡Ladrón, ratero!”. Mientras él empezó a mostrarles la bicicleta y señalarles la rueda afectada para que salgan de su presunta confusión. Segundos más tarde, le llegaron advertencias: “¿Sabes lo que aquí les hacemos a los ladrones, carajo?, no van a encontrar ni tus zapatos”.

Cuando ya era posible divisarles los rostros le empezaron a llegar pedradas. “Opté por escapar ‘moliendo’ la llanta y aguantando piedras que llegaban a mi espalda y cabeza –relata-. Al comienzo, uno de ellos logró agarrar la parrilla y estuvo a punto de hacer que yo caiga. Mi amigo me contó que cuando minutos antes pasó por el lugar sintió como si le hubiesen lanzado pedradas”.

 

CONFUNDIDOS CON FISCALES

Nunca sabrá si rozó la muerte, algo que al economista Julio Álvarez sí sorprendió el año 1978. Cuenta que viajó en una vagoneta a Achacachi junto a un equipo técnico que preveía desarrollar un estudio socio-económico. “Llegamos a eso de las 16.00, queríamos hablar con el Alcalde y también comprar algo de comer, pero toda la gente nos miraba de una manera muy extraña –recuerda Álvarez-. Una señora finalmente nos habló asustadísima y nos dijo que el Alcalde estaba en el cementerio, pero que tengamos cuidado”.

El economista relata que cuando se dirigió al cementerio vio a cientos, sino miles, de personas que se iban congregando. Luego, una turba rodeó y se acercó amenazante a la vagoneta. “Tuvimos la suerte de que el Alcalde estaba cerca del lugar donde nos detuvieron –recuerda-. Nos explicó luego que en el pueblo habían descubierto a tres ladrones peruanos, que los vecinos los mataron y querían enterrarlos sin mayor trámite”.

Según recuerda Álvarez, los achacacheños pensaban que la delegación que había llegado de La Paz era de fiscales o policías. Y el Alcalde les aclaró que se libraron por muy poco de haber sido expulsados del lugar a palos y pedradas. “Nos rogó que desaparezcamos porque tampoco querían testigos inoportunos –explica como recordando con asombro su suerte-. Nos fuimos por donde vinimos sin haber probado siquiera un sorbo de agua, pero se nos había pasado el hambre”.

 

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Los testimonios de la relación entre Achacachi y la violencia resultan incontables y se pierden en el tiempo.
AFP-Archivo

SAQUEOS Y UN DICTADOR EN FUGA

Y hay quienes vivieron fugas aún más angustiantes y precipitadas de este singular pueblo lacustre. Alberto S. López, hoy docente universitario, recuerda que cuando niño solía ir de vacaciones a la granja de Belén. Se trata de una estación experimental de la facultad de Agronomía de la Universidad Mayor de San Andrés, ubicada a 3 kilómetros de Achacachi. Acompañaba a un tío ingeniero agrónomo, Javier López, que era uno de los responsables de la institución

“Yo tenía unos 5 años, era cerca del mediodía y había llegado el presidente René Barrientos – cuenta López-. A la distancia vimos las tropas y camiones, y luego el descenso del helicóptero presidencial en la cancha donde se concentraban los campesinos. Todo transcurría con normalidad, se escuchaba el eco de los altavoces y el murmullo de la multitud. Pero de pronto hubo disparos, gritos, incluso llegó hasta la granja el olor a gas lacrimógeno, y vimos partir el helicóptero del mandatario”.

El docente recuerda que, minutos más tarde, su tío volvió a Belén y ordenó a todos que salgan de inmediato de la granja. “Nos subió a mis primos y a mí a su camioneta mientras repetía: ‘se ha rebelado Achacachi, los campesinos están asaltando todo’. Lo peor vino luego, los sublevados habían abierto zanjas en la carretera, entramos a una con las ruedas delanteras, teníamos heridas en la cara. Se veía en los cerros grupos de gente y desde uno de ellos, una hilera de campesinos empezó a bajar hacia la camioneta”.

López recuerda que el momento de mayor tensión fue cuando su tío dijo que esperaba que quienes se acercaban fuesen conocidos. “Venían casi todos vestidos de negro. Llegó el primero, se acercó a la ventanilla del conductor y le dijo a mi tío: ‘Ingeniero buena tardes, ¿le ayudamos?’, entonces todos respiramos. Luego, pasamos casi de noche por el pueblo, temerosos de que nos bloqueen, pero estaba vacío y silencioso. En La Paz nos enteramos que la granja, que contaba con ganados finos de casi todo tipo  y sembradíos, había sido completamente saqueada”.

El mismo López recuerda también que, en otra visita, en la plaza de Achacachi presenció un hecho inolvidable. “Encabezaba a una comparsa un hombre con una careta muy grande, verde y de más de un metro y medio de alto. Mi tía me explicó que era el ‘tata danzanti’. Y cuando le pregunté y hasta cuándo baila con esa tremenda careta, me respondió: ‘Está pagando una condena, va a bailar hasta morir’”.

 

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Los testimonios de la relación entre Achacachi y la violencia resultan incontables y se pierden en el tiempo.
AFP

VIOLENCIA DE SIGLOS

Los testimonios de la relación entre Achacachi y la violencia resultan incontables y se pierden en el tiempo. “Desde antes de los incas hay historias de violencia –cita el historiador Pedro Callisaya Hinojosa-. Se recuerda que en el imperio Colla en la región hubo una intensa guerra entre los seguidores de los hermanos Kari y Zapana, se dice que hubo mucha violencia ya entonces. Luego, cuando los incas vinieron a conquistar, fue la zona de más encarnizada resistencia por el señorío de los omasuyos. Siempre fue lugar sumamente aguerrido, especialmente en comunidades como Chojña Kala, allí también surgieron los más feroces soldados de Tupaj Katari contra los españoles”.       

Con la llegada de la república la belicosidad de los achacacheños fue haciénose paultinamente funcional al poder. Se recuerda que fueron grupos de choque y represión de los gobiernos de Manuel Isidoro Belzu (1848-1855) e Ismael Montes (1904-1909 y 1913-1917) y se les acusa de matanzas que llegaron al canibalismo durante la Guerra Federal.  

Otro historiador, Pedro Portugal, recuerda cómo durante el gobierno de Bautista Saavedra (1920 -1925), por ejemplo, se hablaba de las “ovejas de Achacachi”. Aquel Gobierno recurría a grupos de pobladores de este zona recurrentemente para someter a sus opositores. Sin embargo, en 1921, la muerte por hambre de dos peones encerrados en la carceleta por el corregidor derivó en una doble masacre. Los indígenas tomaron Achacachi y quemaron a la autoridad y sus allegados, el Gobierno respondió con mil militares que asesinaron a cientos de pobladores. 

El investigador Xavier Albó  también ha señalado que desde fines del siglo XIX nuevos patrones se apoderaron de las tierras comunales de la zona circunlacustre. “Seguían azuzando a sus nuevos peones a pelear contra los de haciendas vecinas para ver quién acaparaba más: ‘¿Acaso no quieren defender sus tierras?’, les decían”.

Y sabido es que tras la Revolución Nacional de 1952, los achacacheños se constituyeron en un bastión de las milicias del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Fue célebre en ese tiempo uno de sus líderes, Toribio Salas, más conocido como el “wila saco” (saco rojo). Aunque paulatinamente, las disputas internas del MNR precipitaron también violencia entre facciones del pueblo que continuaron en tiempos de las dictaduras. De ahí aquella precipitada fuga de Barrientos de la que fue testigo Alberto S. López.

 

HITOS DEL SIGLO XXI

La llegada del nuevo siglo también tuvo su hito de violencia en Achacachi. Aparecieron los ponchos rojos liderados por Felipe Quispe, en abril de 2000, en medio de la Guerra del Agua. Resistieron con bloqueos la represión del gobierno de Hugo Banzer. Y cuando éste apeló a más violencia, impuso el estado de sitio y causó la muerte de tres comunarios, reaccionaron como siempre.

El capitán Omar Tellez encabezaba un operativo y se alejó de sus subordinados más de la cuenta. Fue entonces descubierto por un grupo de pobladores cerca del hospital del pueblo. La gente enardecida lo rodeó y agredió con diversos objetos y armas hasta consumar su muerte. La Policía optó por abandonar Achacachi y el cuartel militar permaneció casi sitiado; durante varias semanas la zona se declaró autónoma.

Cuando en 2006, el Movimiento Al Socialismo (MAS) llegó al poder un sector mayoritario de las dirigencias sindicales de Achacachi apoyó al nuevo Gobierno. Y el MAS apostó a movilizarlos estratégicamente en diversas oportunidades durante su asentamiento en el poder mientras se enfrentó a la llamada “Media Luna”. De ese tiempo, noviembre de 2007, se recuerda la intimidante degollación pública de dos canes que simbolizaban a los enemigos del gobierno. Pero si alguien pensaba que a la región había llegado finalmente el tiempo de solo lo atrozmente simbólico, se equivocaba.            

Un año más tarde, el 18 de noviembre de 2008, una banda de nueve delincuentes fue sorprendida cuando aprovechaba los festejos de un matrimonio. Cientos de pobladores los trasladaron aquella tarde hacia la cancha de Achacachi. Luego los desnudaron, los flagelaron, rociaron con gasolina y quemaron. Finalmente colgaron dos de los cuerpos del arco de fútbol, los otros siete individuos sobrevivieron malheridos tras una tímida intervención de las autoridades policiales. 

 

¿POR QUÉ LA IRA EN ACHACACHI?

¿Por qué en Achacachi ronda el fantasma de la violencia extrema? Tanto Callisaya como Portugal y Albó recuerdan las rudas condiciones sociales, políticas y hasta climatológicas que han primado durante siglos en la zona. “Son grupos sociales, sólo parte de Achacachi, no todos, que tomaron la violencia como norma de resistencia a las agresiones externas y para imponer el orden interno – explica Portugal-”. Mientras Callisaya añade un factor adicional: “Siempre ha sido una región geográficamente estratégica para el paso de mercadería, por ahí se llevaba la coca hasta Cusco durante el incario”.

Y, sin duda, el factor geográfico pervive intensamente y estimula la violencia. El último episodio de la tónica achacacheña se produjo en marzo de este año. Juntas vecinales del centro urbano se enfrentaron a los ponchos rojos, en tomas y retomas del pueblo a favor y en contra del Alcalde. Junto a decenas de heridos, diversos locales de electrodomésticos y diversa mercadería fueron afectados con millonarias pérdidas.

Y más de una voz asegura que en esta segunda década del siglo XXI no son solo los políticos quienes invocan al fantasma de Achacachi. Recuerdan la intensa actividad que contrabandistas y otros negocios más turbios han empezado a imponer en el lago. Mientras tanto el cotidiano silencio del pueblo reina allí a casi 4.000 metros de altura. Silencio tensionado por la historia a orillas del Titicaca, bajo la estatua de Tupaj Katari, honda en mano y mirada tendida en el horizonte.

 

“Tuvimos la suerte de que el Alcalde estaba cerca del lugar donde nos detuvieron –recuerda Álvarez-. Nos explicó luego que en el pueblo habían descubierto a tres ladrones peruanos, que los vecinos los mataron y

querían enterrarlos sin mayor trámite”

 

“Desde fines del siglo XIX nuevos patrones se apoderaron de las tierras comunales de la zona circunlacustre. “Seguían azuzando a sus nuevos peones a pelear contra los de haciendas vecinas para ver quién acaparaba más: ‘¿Acaso no quieren defender sus tierras?’, les decían”

 

“Encabezaba a una comparsa un hombre con una careta muy grande, verde y de más de un metro y medio de alto. Mi tía me explicó que era el ‘tata danzanti’. Y cuando le pregunté y hasta cuándo baila con esa tremenda careta, me respondió: ‘Está pagando una condena, va a bailar hasta morir”

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