El huevo de la serpiente
Nada más sabio y prestidigitador que la frase del doctor Vergerus en la película El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”.
Ciertamente esta es una metáfora terrorífica del proceso de gestación de un ser que, si bien se muestra inofensivo y hasta simpático al principio, pronto nacerá y se convertirá en un gigantesco monstruo. En un reptil.
Lo peor de la sentencia de Vergerus es que todos lo pueden ver, todos pueden advertir la tragedia que se viene en torno a él y, aun así, aceptarlo e ignorar sus consecuencias devastadoras.
Pero el tiempo de eclosión del huevo llega y nace la criatura. El poder absoluto está en sus manos y ya nadie lo puede parar.
El argumento de El huevo de la serpiente es un parangón indiscutible de lo que sucedió y aún sucede en Latinoamérica: Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Venezuela, Cuba, México, Chile, Colombia y Nicaragua. Los más representativos de la política populista, en casi todos los casos y, corrupta y dictatorial, en una gran parte.
Siempre he creído que los gobiernos por encargo traen un doble veneno. Casi siempre son herederos sin gloria. Bastardos que, si bien fueron creados a imagen y semejanza de su mentor, para mal de todos, no poseen ética, moral y autonomía.
Comencemos por orden de talla.
Fidel Castro, a poco de hacerse con el poder de una Cuba tomada por la dictadura de Batista, asumía que la democracia y posterior aplicación de un gobierno liberador pronto darían sus frutos en un pueblo sometido.
Ese mismo pueblo así lo creyó y lo defendió. Luego de algunos años se pudo distinguir al reptil ya formado.
Tras la salida del poder de Fidel, su hermano, Raúl, tuvo que asumir por encargo el régimen dictatorial, ciertamente sus políticas revolucionarias habían desaparecido y el pueblo cubano sufrió y sufre hasta ahora la miseria y la injusticia.
Raúl, tras dejar el cargo, dejó la posta oscura a Miguel Díaz-Canel que continúa con el régimen.
El extinto comandante Hugo Chávez no sólo quebró a Venezuela, sino que, después de su muerte, la condenó a la miseria y a la dictadura casi eternos con Nicolás Maduro como encargado del poder. Ahora, el dictador es dueño de las almas y conciencias de los venezolanos. La libertad de Venezuela está empeñada por demagogia, corrupción y narcotráfico. El tan mentado socialismo del siglo XXI era a todas luces el huevo de la serpiente.
En Ecuador, aunque Lenín Moreno no continuó con el correísmo y más bien lo eclipsó, no pudo deshacerse por completo de las mafias del poder que Rafael Correa había institucionalizado en el gobierno. El poder por encargo, casi siempre, supone estar a merced del mentor o, cuando menos, así lo dispone el mandamás. Lenín, con sus claroscuros, supo plantarse a un Correa autoritario que pretendía instaurar un gobierno títere. Ese fue el punto de quiebre en el gobierno ecuatoriano. Lenín le dijo no a Rafael y éste sacó su correa.
En Argentina, el fenómeno es casi idéntico. Tras la muerte de Néstor Kirchner, su viuda asumió el poder por encargo, por vocación a la corrupción y por placer de mandar. Como presidente, Cristina ahondó más la crisis económica, social y política que hasta ahora no se resuelve. Ahora, como “presidente segunda”, la subvención, la corrupción, la crisis económica, el FMI, la figura del Alberto Fernández y los bonos parche son sus pesadillas.
En las últimas semanas se acabó por entender que la crisis en Argentina también es de quién manda a quién. Con la renuncia del ahora exministro de Economía, Martín Guzmán, se puso más transparente el huevo…
No sólo fue el tema ligado al FMI y su incipiente fracaso, sino que claramente existe una pugna de poder entre Cristina y Alberto que casi incita a sacarse los ojos.
Recordemos que la coalición gobernante Frente de Todos, liderada por Cristina, une y reúne a peronistas y centroizquierdistas, el exministro Guzmán, representaba a la centroderecha.
Para muchos argentinos, Alberto Fernández ya es sólo el inquilino de la Casa Rosada. Cristina ha tomado el mando y es quién decide casi todo. Una vez más el gobierno por encargo casi siempre es el punto de inflexión. Al final de cuentas, Alberto es presidente de Argentina gracias al bondadoso desprendimiento de Cristina Fernández de Kirchner.
En Bolivia, la situación es similar de forma, pero mucho más peligrosa y letal de fondo.
Cuando Luis Arce Catacora heredó el trono por encargo de Evo Morales, existía, implícitamente, una voz de mando perpetua en la nuca de Catacora. Esa fue la gran jugada del huido. Dejar el poder eventualmente en manos de un personaje sumiso y fácil de manipular. Un militante activo del masismo que no tuviera margen de maniobra ni a la izquierda ni a la derecha. Su poder estaba garantizado y con él, su vigencia y los posibles imponderables que pudieran surgir en la justicia o en algún sector del gobierno.
El conflicto de poderes entre Catacora y Morales es el tema de fondo. El jefazo alucina con retornar al trono: mandar, ordenar, viajar, levitar, tener bajo su mando a miles de “guerreros”.
Evo suelta a sus cancerberos para que adviertan, entre líneas, al presidente Arce de que no está conforme con su administración; en consecuencia, debe rendir cuentas ante el oráculo de las seis federaciones de cocaleros. O ante él, como “presidente segundo” del Estado Plurinacional.
En todo este laberinto político masista, hay dos personajes de quiebre que incomodan: David Choquehuanca y el ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo.
El Vicepresidente representa el peligro inminente para que el huido ahonde más su desgastada figura política. El cuestionamiento a Choquehuanca por pretender formar nuevos líderes es la muestra más evidente de una verticalidad absoluta en el masismo y una postura dictatorial de Evo Morales.
Ciertamente, en 2006, la membrana del huevo de la serpiente era totalmente visible.
La fijación que tienen Evo y los masistas en Del Castillo es sintomático. Todo comenzó con la detención del exjefe de la FELCN, Maximiliano Dávila, acusado de narcotráfico…
Finalmente, los puñetazos, sillazos y lak’asos al interior del MAS no deben caer en saco roto, aunque el viceministro de Coordinación Gubernamental, Gustavo Torrico, asegure que esas batallas campales “son casi naturales”.
Insisto, el antídoto para todos los males del MAS tiene que surgir de su mismo veneno.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















