De la utopía al PowerPoint: la izquierda y su talento para perder
¿Qué pócimas venenosas se ha bebido la izquierda? ¿Qué discursos y prácticas endiabladas ha empleado en sus políticas para que ahora se estremezca de horror al ver su inminente fracaso?
Similar a un espejo desencantado, la izquierda observa cómo, su rostro, se va convirtiendo en una masa amorfa, grotesca y horripilante. Y, no es que el problema sea de forma, es de fondo, muy profundo.
La izquierda prometió cambiar el modelo, pero terminó gestionando un aparato monstruosamente burocrático y pedigüeño bajo las órdenes del mandamás.
Creó subsidios sin transformación productiva. Incentivó el consumo sin redistribución real del poder económico.
Instauró derechos formales sin ruptura de las jerarquías materiales.
Cuando el ciclo de precios altos terminó, quedó en evidencia que no había nuevo modelo, sino una gran capa de maquillaje.
La izquierda en Latinoamérica fracasó, porque el militante se volvió funcionario encarnizado defendiendo al caudillo. Mientras tanto las organizaciones populares se convirtieron en programas estatales y en un club de buenos camaradas, bajo el lema; hoy por mí, mañana, también. Es decir un desmadre inconcluso. Un caos general e indefinido.
Cuando el Estado falló —y siempre falla— no quedó nada debajo.
La izquierda jamás construyó poder social autónomo: lo tercerizó al Estado. Y el Estado, sin hegemonía, es frágil.
En muchos países, y particularmente en Bolivia, la izquierda se ató a figuras carismáticas y a jefazos totémicos. Intocables, vacas sagradas, por una decisión de facto.
Cuando el líder cayó, envejeció o se equivocó, todo el proyecto entró en crisis y se hizo añicos.
No hubo recambio en ningún frente. No se incentivó el debate real, ni el pluralismo interno. Se ignoró por completo que en política no basta con ser demagogo y mentiroso. Hay saber lidiar con la ética, la inteligencia, la transparencia y la equidad. Pero claro, para la izquierda subdesarrollada; estas dos faenas son absolutamente contradictorias.
La izquierda habló de democracia, pero practicó obediencia, sumisión y prebendalismo chantajista.
La izquierda fracasó porque habló de justicia social, pero dejó intacta la moral individualista. Mientras las dos manos permanecían ocultas, tras el velo de la impunidad. Su mirada controladora a remoto, afanaba las billeteras del prójimo.
Si un político esconde las manos en los bolsillos mientras habla, hay que desconfiar o, cuando menos, suponer que algo enconde entre manos.
La izquierda habló de “pueblo”, pero gobernó para unas élites mediocres, individuos aislados de una realidad clara y colectiva.
Particularmente, la izquierda sudamericana no fue derrotada: se administró así misma una dosis letal de demagogia, antidemocracia, antiética y antimoral hasta caer en el desgate absoluto. No cayó por un golpe externo, sino por una acumulación paciente de renuncias discursivas, concesiones simbólicas y una fe casi religiosa en que el Estado, por sí solo, podía compensar la derrota en todos los demás frentes. Michel Foucault habría sonreído con cierta crueldad: “El poder no se pierde por conspiraciones, sino por mala comprensión de su propia naturaleza”.
Foucault insistió hasta el cansancio: el poder no es un objeto que se posee, es una relación que se ejerce.
La izquierda sudamericana, sin embargo, gobernó como si el poder fuese un ministerio más, con presupuesto, organigrama y cadena de mando. En la Argentina kirchnerista, el progresismo creyó que controlar el Ejecutivo equivalía a controlar el sentido común. Resultado: inflación explicada con pedagogía moral, endeudamiento combatido con consignas y una población que, lejos de emanciparse, aprendió a sobrevivir como pudo… y luego votó en consecuencia.
La ironía es brutal: mientras la izquierda hablaba de “conciencia popular”, el pueblo internalizaba con precisión quirúrgica la lógica neoliberal del cálculo individual. Foucault lo diría sin rodeos: “La gubernamentalidad neoliberal siguió intacta, solo cambió el decorado retórico”.
Chile es el laboratorio perfecto de la impotencia progresista. Durante el Gobierno de Michelle Bachelet, el estallido social fue real, masivo, radical. Pero la izquierda confundió explosión con hegemonía. Foucault advertía que la crítica, si no se institucionaliza como nuevo régimen de verdad, se agota en sí misma. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
El proceso constituyente se convirtió en una suerte de terapia colectiva ilustrada, donde se hablaba mucho de derechos y nada de miedo, de garantías y nada de deseo, de dignidad y nada de orden. El pueblo chileno, que había salido a las calles contra el neoliberalismo, terminó votando contra una Constitución que no reconocía su ambivalencia: quería justicia, sí, pero también estabilidad; quería cambio, pero sin sentirse extranjero en su propio país.
La izquierda chilena perdió porque creyó que tener razón era suficiente. Foucault ya lo sabía: la verdad no vence, se impone.
Bolivia representa el drama más increíble de la izquierda. Aquí, la izquierda no logró reconfigurar el campo de visibilidad política: indígenas, campesinos y sectores históricamente expulsados pasaron a ser el centro del relato nacional, pero desde el instrumento politiquero para cooptar y corromper las bases, que otrora, fueron las más sólidas e inquebrantables. Una victoria biopolítica y neocolonial. El MAS triunfó, sí, pero desde su programa de Gobierno para delinquir y quebrar la ética y la moral. Esa victoria tuvo un precio: la identificación del poder con un solo cuerpo, una sola voz, un solo nombre, un solo hombre, un solo rostro.
El problema no solo fue el caudillo Evo Morales o Luis Arce Catacora; el problema también fue creer que un proceso histórico podía suspender indefinidamente la lógica de la alternancia. Foucault fue claro: todo poder que se pretende total genera su propia resistencia. Cuando la izquierda boliviana cerró filas en nombre de la “estabilidad del proceso”, dejó de producir legitimidad y empezó a producir obediencia. Y la obediencia, tarde o temprano, se cobra su revancha.
La ironía final: una izquierda que nació denunciando el autoritarismo terminó acusada —con razón— de practicarlo.
Aquí está el núcleo del problema. Foucault entendió el neoliberalismo no como una ideología, sino como una tecnología de gobierno que produce sujetos responsables, competitivos y culpables de su propio fracaso. La izquierda sudamericana nunca desmontó esa tecnología. La administró con rostro humano.
Planes sociales, subsidios, políticas redistributivas: todo eso coexistió sin conflicto con la moral del “sálvese quien pueda”. El ciudadano siguió siendo emprendedor de sí mismo, solo que ahora con ayuda estatal. Cuando esa ayuda flaqueó, el contrato simbólico se rompió.
La derrota fue casi pedagógica: el neoliberalismo enseñó mejor que la izquierda.
Otro pecado capital: el miedo al conflicto. Foucault entendía la política como guerra continuada por otros medios. La izquierda sudamericana, en cambio, quiso gobernar como si el conflicto fuese una patología, algo que debía resolverse con diálogo infinito y mesas técnicas.
Pero el poder no dialoga: se disputa. Al negarse a nombrar enemigos, la izquierda dejó que otros lo hicieran por ella. Y esos otros —más cínicos, más simples, más brutales— ganaron.
La izquierda perdió porque dejó de ser peligrosa. Se volvió previsible, moralista, corrupta, oscura y administradora de lo posible. Cambió la crítica radical por el PowerPoint, la gestión por la militancia y obediencia borrega, la gobernabilidad y la transformación de una economía justa y equitativa, por un mercado tramposo, especulativo y corrupto.
Desde Foucault, la conclusión es implacable:
“Quien no produce nuevas formas de vida, solo gestiona las existentes.
Y quien solo gestiona, tarde o temprano, es reemplazado”.
La derrota de la izquierda sudamericana no es un accidente histórico ni una traición del electorado. Es el resultado lógico de haber confundido el poder con el cargo, la verdad con la razón y la política con la administración.
La ironía final es cruel pero justa: la izquierda no fue derrotada por la derecha, sino por su propia incapacidad, por la picadura de su propio veneno.
Concluyo parafraseando a Winston Churchill: “Quizás el vicio del capitalismo sea que distribuye de una manera asimétrica la riqueza.
Pero la gran virtud de la izquierda es que sabe distribuir equitativamente la miseria.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















