
EL SATÉLITE DE LA LUNA
El título de este artículo retoma el valioso aporte de Jorge Patiño (publicado en Página Siete el 31 de mayo último), una reflexión clarificadora de aspectos que, en el contexto de los repugnantes sucesos recién conocidos, han sido tratados con ignorancia, hipocresía y mala leche, como, por ejemplo, la confusión, entre pederastia, pedofilia, faltas al celibato, homosexualidad, violación y acoso, por parte de gente que reclama de la Iglesia virtudes que suele negarle usualmente.
Gracias a la Ley del Oro, hasta la mitad de los lingotes del Banco Central de Bolivia (BCB) puede ser canjeada por unos 1.500 millones de dólares que esperan ser gastados o invertidos. De ahí el título de esta columna, que parafrasea una popular canción del gran Papirri.
El exorbitante subsidio al consumo de la energía —más que la falta de dólares— es, en la actual coyuntura, la madre de todos los trastornos de la economía boliviana.
No niego que, circunstancial y temporalmente, los subsidios son un gran amortiguador social, un freno a la inflación y un estimulante del consumo, sin embargo, en la situación actual de la economía boliviana, los efectos perversos de mantener vigente el subsidio ciego y descontrolado a la energía son tan impactantes como los efectos virtuosos de quitarlo.
Un expresidente, que no se resigna aún al rol de “ex”, ha definido el subsidio gubernamental a los combustibles como un cáncer que va carcomiendo el organismo financiero del país.
¿Qué hace una familia cuando descubre que uno de sus miembros tiene una enfermedad terminal y avizora problemas de diferente índole, que requieren decisiones difíciles? Mencionaré los desafíos más comunes.
La incredulidad sobre el diagnóstico, que suele asomarse, puede ser despejada con la opinión de otro especialista, incluso internacional, y por otros exámenes clínicos.
La historia económica de Bolivia está marcada por ciclos explotadores y exportadores de recursos naturales no renovables. Primero, durante más de tres siglos, fue la plata; el siglo XX vio el auge del estaño y, al terminar éste, se desarrolló a lo largo de unos 50 años (un período cada vez más corto) el ciclo de los hidrocarburos.
Desde mi juventud he sentido una repulsión innata para el capitalismo “salvaje”, el que explota al hombre, le roba su salario, le niega sus derechos, le quita hasta la dignidad, corrompe a jueces y policías y desprecia la meritocracia en favor de los vínculos familiares o clientelares.

