
PREVIERNES
Son las voces de ciudadanos que son sintonizadas por artistas sensibles y comprometidos con ideales de libertad. Sus lenguajes hacen parte de lugares culturales en los que las personas se comunican satisfaciendo sus necesidades de construcción de identidad
“Por mi casa una pistola es un juguete.
Y un kilo de arroz se toma por milagro;
no existe ya el café con leche.”
No es verdad que el uso de redes disminuya la comunicación real. Tal vez lo sea para algunas personas que tienen dificultad de relacionamiento. Para la mayor parte de usuarios la comunicación ha aumentado en todas sus formas y posibilidades desde que apareció la red internet y luego el Smartphone. Todas las aplicaciones incrementan las interacciones virtuales y reales en una suerte de gigantes recovas donde reina un griterío desordenado y muchas veces caótico.
Aristóteles decía que la retórica era un arte solo si se refería a la verdad. Lo contrario era ejercicio de los sofistas. Una especie de sujetos hábiles para seducir con la palabra a incautos ciudadanos carentes de información. Eran los “p’ajpakus” de la antigüedad. Hoy esos parlanchines se multiplicaron vertiginosamente. Abundan en la calles y en la redes. Son un factor de riesgo para democracia y la construcción de una sociedad más tolerante en tiempos de lucha frenética por el poder. La única forma de contrarrestarlos es con información veraz y reflexión crítica.
No existe Libertad de Expresión sin su complemento que es la responsabilidad. Todos los ciudadanos tenemos el derecho de pensar y expresar nuestras ideas por cualquier medio de comunicación. Lo importante es que nuestro pensamiento no vulnere los derechos de los demás. Que la convivencia sea pacífica y cordial. Pero nos falta mucho para alcanzar una civilización tolerante. Las redes incrementaron la posibilidad de mejorar la comunicación y también la de ejercer una suerte de barbarie por detrás de la palabra facilona e irresponsable.
El voto electoral se define por emociones y no por razones. Tuvo que decirlo Castells para que la idea sea tomada en serio. No sólo las decisiones políticas tienen alta carga de emotividad. La realidad está construida fáctica e imaginariamente en una mezcla de posibilidades lógicas y subjetivas. Hay momentos en que sus diferencias son claras y evidentes. El problema surge cuando sus límites se diluyen y se genera el caos de la irracionalidad.
Pasada la fiebre del 21 F nos toca pensar en lo que se nos viene en el campo político y en lo que demandamos por derecho: la información veraz. Ya sabemos que la historia de la señora Zapata está mal contada. Tanto los denunciantes como los defensores se aplazaron en tratar de dar información confiable. Se ha generado un bochorno en el campo político con consecuencias nefastas para la democracia y el sistema mediático. Es un idealismo pretender que en política se diga toda la verdad. El problema está en contaminar el periodismo con orientaciones que respondan a intereses evidentes.
Todavía existe la creencia de que los medios de comunicación contribuyen a desintegrar y tergiversar la familia nuclear. Se atribuye a éstos la capacidad de condicionar de manera unilateral el comportamiento y pensamiento de las personas. Son falacias completamente alejadas de la realidad. Al contrario. Los diferentes géneros producidos y difundidos por los medios masivos tienden a reforzar esa estructura tradicional compuesta por padres monogámicos y descendientes directos.
Se ha puesto de moda defender el medio ambiente en muchos sectores sociales de Bolivia y el mundo. Ecologistas globales y pachamamistas radicales dicen ahora defender la naturaleza a ultranza sin la menor capacidad de incidir en el creciente deterioro que afecta a todos. Nunca se vio tan crudamente el efecto de la contaminación ambiental como en los últimos años. El calentamiento global tocó las puertas de los ciudadanos con llamadas cada vez más contundentes. Es fácil vestir la camiseta verde pero parece imposible alterar las viles prácticas del deterioro.

