
TINKU VERBAL
Un lunes de agosto, hace 32 años, René Blattmann volvía a casa después de un día interminable. Había logrado liberar a un hombre encarcelado injustamente en San Pedro. Se dirigía a su dormitorio cuando Marianne, su esposa, le dijo:
—Palacio acaba de llamar.
René pensó en su colega, el abogado Palacios, y decidió devolver la llamada al día siguiente. Estaba molido.
—No, René —insistió Marianne—. Es el Palacio.
Ese detalle lo despertó. Marcó inmediatamente.
Imagina por un momento: ¿qué pasaría si el otro extremo tomara el mando del país? ¿Perseguiría al actual como éste lo persiguió? ¿Haría desaparecer al extremo opuesto y a sus seguidores? ¿Los mandaría a un campo de concentración? ¿O formularía una imaginativa política de convivencia? Lo más probable sería la venganza. Ese camino nos conduciría a vivir otra vez lo que sufrimos desde hace 18 años: el odio como política de Estado.
El profesor español Javier del Rey Morató, docente de Teoría General de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, clasifica a las encuestas como el juego del oráculo porque intenta adivinar el futuro electoral. Genera opinión sobre un hecho que no sucedió. Convierte un mañana inexistente en información. Causa polémica sobre lo que no puede no pasar, pero alguien desea que pase.
“¿Conoces sobre algún hecho de corrupción? ¡Denuncia! (…) Reabrimos la Unidad de Transparencia (…). No te quedes callado porque una universidad transparente es posible”, dice enfática la Rectora de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), María Eugenia García, en un video difundido el pasado 11 de julio.
El psicólogo de origen austriaco, Walter Mischel, y sus colegas hicieron en la década del 60 un interesante experimento con 600 niños y niñas de entre cuatro a seis años, en la Universidad de Stanford. Cada niño o niña era llevado a una habitación sin distracciones, donde se encontraba una mesa con una silla. En la mesa había un marshmallow (o una galleta, o una golosina similar) en un plato.
Quinto Tulio Cicerón escribió una larga epístola a su hermano, Marco, allá por los años 86-82 a. C. La carta fue bautizada como “Breve manual de campaña electoral”. En una parte de ella, dice: “Piensa qué ciudad es, qué pretendes, quién eres. Casi a diario, cuando bajes al foro, medita esto: ‘Soy novel. Pretendo el consulado. Es Roma”. De ese modo, recordó a su hermano, que postulaba a ser cónsul, la importancia de conocerse a sí mismo y de conocer a la gente a quien va a solicitar su voto.
La democracia nace no sólo como un gobierno del pueblo, sino como un sistema político para limitar el poder. Sí. Hay evidencias históricas.
Un papiro descubierto en 1890 en al-Hiba (El Hiba), Egipto, narra que un diplomático de la ciudad de Tebas, llamado Unamón, viajó por barco alrededor del año 1100 a. C. al próspero puerto fenicio de Biblos, 700 km al oriente de Atenas. Ahí, Unamón compró a los mercaderes madera fina de los bosques de robles de las montañas cercanas.
Datos de dos censos demuestran que los indígenas ya no son mayoría en Bolivia. Dicho de otro modo, pasaron a ser minoría. En el censo de 2001, el 62% de 8,3 millones de personas censadas se autoidentificó perteneciente a algún pueblo indígena. Vale decir, 6 de cada 10. En el censo de 2012, bajó a 41,7% de 10 millones de personas censadas. Es decir, 4 de cada 10.
Hace días, vi en las redes sociales a un grupo de personas que subió a una montaña a pedir a Dios que haga llover. Unos oraban con los ojos cerrados y algunos miraban al cielo donde no había ni una nube. En ese momento, imágenes de unos mineros auríferos danzaron en mi mente; hacían una fastuosa fiesta en honor a un santo, intermediario del mismo Dios, para rogarle que haga llover oro en los ríos de Bolivia y dólares, en sus bolsillos.

