El “decálogo” de Tiquipaya
Más allá de las manipulaciones propagandísticas, el decálogo aprobado en Tiquipaya no es más que una ratificación de la Declaración de Nueva York de septiembre de 2016
La Conferencia Mundial de los Pueblos por un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal, que se realizó entre el martes y miércoles en Tiquipaya, sede ya habitual de este tipo de eventos gubernamentales, ha concluido dejando a su paso una estela de muchos cuestionamientos que van desde lo cuantioso de los montos que se erogan de las arcas fiscales, hasta la real utilidad y pertinencia de las conclusiones, a las que supuestamente llegaron después de dos días de intensas deliberaciones más de 3.000 participantes.
Más allá de las consideraciones prácticas que se derivan de la dudosa relación entre el costo y el beneficio, hay otros aspectos que pueden y deben ser objeto de una mirada crítica y en lo que corresponde al Gobierno organizador, sería también plausible una reflexión autocrítica.
Al abordar desde ese punto de vista una evaluación del encuentro internacional, el primer dato que llama la atención es la falta de representatividad de las personas asistentes. En efecto, contra los anuncios hechos en días previos, ninguna de las delegaciones, supuestamente representantes de más de 30 países, tenía entre sus miembros alguien que haya llegado en representación oficial de su país. E incluso los “movimientos sociales”, invitados a costa del erario nacional, no son los que juegan un papel protagónico en las luchas sociales de sus respectivos países. Muy ligada a lo anterior, fue muy significativa la ausencia de Adolfo Pérez Esquivel y Rigoberta Menchú, ambos ganadores del Premio Nobel y muy activos participantes de este tipo de eventos y del expresidente paraguayo Fernando Lugo.
En lo que al contenido de las deliberaciones se refiere, se destacó la contribución de exmandatarios de España, José Luis Rodríguez Zapatero; de Colombia, Ernesto Samper; y de Ecuador, Rafael Correa, además de Baltazar Garzón, quienes, cada cual a su manera, imprimieron un tono de seriedad a las conclusiones del evento al evitar que se incurra en la tentación de las consignas simplistas y demagógicas.
Probablemente por la sólida experiencia acumulada por esos personajes al afrontar en la práctica las complejidades del tema abordado, sus reflexiones fueron sin duda decisivas para que el decálogo de propuestas para “derribar los muros que nos dividen y construir una Ciudadanía Universal” haya estado enmarcado en la prudencia y no se haya alejado de los lineamientos que ya guían a los organismos internacionales en su búsqueda de las fórmulas más adecuadas para lidiar con uno de los problemas más acuciantes de la sociedad contemporánea.
Merece especial mención en ese sentido la cautela del expresidente ecuatoriano Rafael Correa pues, como es bien sabido, su país está encarando un grave conflicto diplomático con Perú precisamente a causa de un muro fronterizo que contraviene todos los derechos al libre tránsito de personas.
Por todo lo anterior, y más allá de las manipulaciones propagandísticas, el decálogo aprobado en Tiquipaya resulta, en los hechos, una ratificación de la Declaración de Nueva York de septiembre de 2016, cuando los 193 países miembros de las Naciones Unidas alcanzaron un acuerdo sobre principios comunes para la gestión de la crisis de los refugiados y la migración.


















