¡Es un perro!
Cenamos con unos amigos en un sofisticado lugar cálido y acogedor, excelente comida y conversación divertida. Yo sentada al medio, con la espalda hacia la pared y los pies más plegados de lo habitual por el cuerpo extraño que sentía debajo la mesa tal vez el bolsón de algún comensal pensé; un objeto olvidado del restaurante o lo menos probable, pero aun así posible, los pies del amigo distraído que estaba sentado al frente mío. Pasaron las horas, tiempo de retirarse, pero como suele suceder cuando el ambiente es agradable, la cita se extiende, pedimos un café y seguimos conversando.
En eso, y como a veces me sucede, mi mente comenzó a divagar entre lo que hice, lo que pasó en el día, lo que dije o callé y, por supuesto, de manera infaltable busca siempre espacio en mi pensamiento situaciones específicas de personas que estuvieron en la oficina solicitando ayuda para su empresa o para su vida. Esa noche concretamente, recordé a una mujer que estuvo conmigo horas antes; ella no entendía como podía mantenerse al lado de un hombre que en los 18 años de matrimonio pasaba con facilidad extraordinaria a llamarla “vieja, inútil y fea” cuando minutos antes la llamaba “esposita de mi vida”. En palabras de la mujer él ¡es un perro! No solo jugaba con sus sentimientos, también con su cuerpo.
El recuerdo de las palabras de esa persona me llevó por fracciones de segundos y sin faltar más el respeto a mis amigos, ausentándome en mente de estar con ellos, a otra reflexión. ¡Es un perro!, me dijo, mostrando su deshumanización; usando el término como se lo conocía en otras culturas, donde se asociaba a este animal con la suciedad o a la agresividad. O tal vez, haciendo alusión, como se menciona en algunos pasajes bíblicos, a la indignidad de alguien; pero pensándola mejor creo que solo lo usó como popularmente se lo hace para expresar la traición, el egoísmo o la agresividad, mostrando la falta de valores. No obstante, y contradictoriamente, sabemos que los perros son los “mejores amigos del hombre”, símbolos de lealtad, cariño y fidelidad; lo sé y me consta. Sin embargo, esta mujer no lo sentía así.
Pero bueno, tomamos el café, intercambiamos un par de risas más y decidimos retirarnos; tiempo propicio para no dejar de lado el principio del aprendizaje la curiosidad, no estaba conforme en irme a dormir sin saber qué era lo que en toda la velada me había provocado cierta incomodidad y adormecimiento en las piernas. Levanto el mantel, prendo la linterna del celular y exclamo ¡es un perro! Increíblemente un perro grande pasó la noche debajo de la mesa, en mis pies durante la cena, no se movía, solo buscaba cobijo, tal vez calor o simplemente seguridad. Cuando lo descubrimos, se lo forzó para salir a la calle, mostró resistencia y lanzó un par de ladridos revelando su naturaleza. No se lo percibía como un animal malo, solo confundido. ¿Habría sufrido maltrato o frío y solo quería defenderse de la vida?
Retorné a casa y la enseñanza conmigo. Quizá ese hombre no sabe cómo dar cariño sin lastimar, detrás de la agresividad y frialdad que tanto hieren, hay miedo, soledad y una profunda necesidad de amor. No justifico el daño, pero a veces lo que parece maldad es solo desesperación, una búsqueda torpe de cobijo. Tal vez, como ese perro buscando refugio bajo la mesa, lo que ese hombre realmente anhela, aunque no lo sepa pedir, es lo mismo: seguridad, calor y un poco de comprensión.