Una ruta sin final

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Una ruta sin final

Publicado el 17/06/2024 a las 0h50
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Ser una persona trans implica varios cambios, uno de ellos es el que se enfrenta a la hora de optar por la adecuación física según corresponda a su identidad. Sin embargo, existen riesgos de orden médico que, si bien han ido reduciendo en los últimos años, todavía se siguen dando.

Miembros del colectivo Trans Feminista y de la Casa Trans en Cochabamba intentan dar visibilidad a un tema del que se habla poco y que puede tener desenlaces fatales.

Aun con el reconocimiento de derechos a todas las personas sin discriminación alguna, hablar de la transición de género resulta complicado por algunos prejuicios.

A esto se suma que, en muchos casos, dar a conocer que existe el deseo de comenzar con la transición no es aceptado por la familia y deben abandonar sus hogares. Esta situación orilla a que muchas opten por ser trabajadoras sexuales, lo que implica un riesgo mayor por la falta de protección y apoyo que necesitan ante un cambio de este tipo.

Visita a médicos

Para las personas trans, esto implica visitar a distintos profesionales de la salud hasta dar con el que consideren ideal. Muchas veces, los médicos que son reconocidos o recomendados no llegan a tener una afinidad con el paciente y la búsqueda de otro médico vuelve a empezar. A esto se suma que muchas no cuentan con los recursos necesarios y deciden consumir medicación basándose en lo que alguna de sus compañeras le comenta.

El proceso de transición de una persona tiene un inicio, pero no un final.

Identificarse como mujer, en el caso específico, requiere de una terapia de reemplazo hormonal que se adecúa en base a los requerimientos de cada persona. Un profesional endocrinólogo es quien se encarga de esta medicación, por lo que requiere de análisis previos para conocer el estado de salud de una persona y así comenzar con el tratamiento.

Parece un trámite sencillo, pero hay profesionales médicos que, enmarcados en las normativas internacionales, solicitan estudios psicológicos antes de comenzar con la medicación.

María Chantal Cuellar, coordinadora del movimiento Trans Feminista y de la Casa Trans, comenta que hay una nueva publicación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la que retira de la categoría de trastorno mental a la transexualidad y el travestismo tal como ocurrió con la homosexualidad en 1990. Sin embargo, en Bolivia, todavía se considera que este criterio forma parte de la categoría y, por lo mismo, se incluyen estos requisitos, que además se pueden considerar una discriminación encubierta.

Al no ser atendidas por un especialista, las mujeres deciden indagar por su parte y seguir algunos “consejos” a partir de experiencias ajenas.

Muchas deciden automedicarse y exponerse al riesgo de una sobredosificación de hormonas que puede causar complicaciones en el hígado y los riñones.

En lo que respecta al cambio físico, también existen otro tipo de prejuicios, pero pesa también el tema económico, y es que una cirugía de este tipo implica un gasto significativo que muchas no pueden costear porque ya tienen un tratamiento que deben adquirir y porque no acceden a un salario mensual fijo que les permita acceder a esta intervención.

A raíz de esto es que, durante muchos años, entre la población trans se optaba por el uso de siliconas, llamadas así para captar la atención, pero se trata de aceite lubricante para aviones. A esto se suma que se trata de un mercado ilegal y que las personas que lo ofrecen no están capacitadas en el área médica o estética.

Estas sustancias nocivas para la salud de cualquier persona han provocado la muerte de algunas mujeres trans.

De acuerdo a la explicación de Cuellar, lo que se hace es infiltrar este líquido en la capa de grasa de una persona: puede ser en las caderas, en las piernas o en el busto. Éstas tienen la misma función que los implantes, pero con un riesgo que no se mide. Muchas se decidieron por este tipo de infiltraciones por la accesibilidad, la rapidez en el cambio de imagen, pero sobre todo por la falta de información, ya que quienes la ofrecen hablan sobre sus beneficios, pero no sobre las complicaciones que se pueden dar, tanto al momento de la aplicación como de manera posterior.

Ambos aspectos puntuales son los que más complicaciones han provocado en la población trans, desde procesos de destransición hasta la muerte.

Otros riesgos a los que se exponen son los trastornos alimenticios, sobredosificación, intoxicación, necrosis y depresión, entre otros.

Cada persona trans tiene su historia y todas tienen un objetivo en común, que es la visibilidad de este tipo de problemas y la difusión de información para evitar que más caigan en este tipo de situaciones que en muchos casos no se pueden revertir.

María Chantal

La líder del movimiento trans feminista en Cochabamba tiene una historia detrás de su cambio.

Chantal comenzó con la terapia de reemplazo hormonal de manera intuitiva, sin supervisión.

“En mi caso, no sé si decir terapia de reemplazo hormonal, pero sí comencé a tomar anticonceptivos femeninos desde mis 15 años. Como estaba en una etapa de pubertad, pude detener el tema del proceso de formación de rasgos masculinos. Esto ha sido a criterio, sin información, sin ningún acompañamiento, sólo lo que escuchaba de otras mujeres trans”, comenta.

Esta automedicación provocó que Chantal ahora tenga problemas de descalcificación, como consecuencia de no tener un asesoramiento al momento de consumirlo.

“Luego, por tener el cuerpo ideal, entre comillas, comienzo a ponerme siliconas, estos son aceites que se utilizan para la lubricación de partes de los aviones, pero, por un tema comercial y que no es legal, se manejan con el nombre de siliconas. Me empecé a poner porque las pastillas que yo tomaba no me hacían ver como yo quería. En aquel entonces no había asesoramiento o instituciones que te adviertan sobre el riesgo y el peligro de ponerte aceites en jeringas que ponen en agujas para caballo. Mi generación dice que estas siliconas eran como una droga porque cada vez querías ponerte más y más. Todo mi cuerpo tiene siliconas”, relata.

Tener este líquido en el cuerpo provoca que Chantal sufra de calambres, adormecimientos, además la sensación de frío o calor se incrementa considerablemente, por lo que complica su cotidianidad.

“Los cambios rápidos que se ven son los que más llaman la atención e incluso mujeres biológicas han llegado a ponerse (estas siliconas). En mi generación, ha ocurrido que han fallecido algunas chicas: este líquido ha entrado al torrente sanguíneo y, luego de causar varios problemas de salud, ha provocado la muerte. En otros casos, cuando no lo ponen en la parte de la grasa, se produce una necrosis. Además, cuando tienen defensas bajas o un resfrío, el cuerpo lucha con este cuerpo extraño y las complica”, cuenta.

Chantal señala que contar su experiencia sirve para que otras mujeres trans eviten este tipo de aplicaciones y antepongan su salud a la estética.

Carolina

Con 23 años, ya lleva cinco de ellos en proceso de transición. Es de las más jóvenes en la Casa Trans y. a pesar de todo lo que le tocó enfrentar, el cambio es más notorio.

“Transicionar no tiene un final, si bien tiene un inicio, amerita un cuidado que no termina. Antes faltaba información, pero ahora hay que ser cuidadoso. Comencé a los 18 años de manera esporádica porque no tenía el dinero suficiente. Consumí hormonas en tres formas y realmente creo que anteponía el tema estético a mi salud y creo que la desinformación era un ancla porque ayudó a eso. En ese tiempo sufrí muchas dolencias, apretaba uno de mis senos y salía un poco de leche y me sorprendía, entonces a raíz de esto consulto a mis compañeras y me dicen que me estaba hormonizando mucho y posteriormente busco ayuda de un endocrinólogo que es una mujer trans porque antes peregriné con varios médicos a nivel nacional, consultaba con médicos y siempre hubo diferentes versiones de lo que era transicionar”, cuenta.

Carolina Herrera deseaba verse “bonita” y sentirse como una mujer, por lo que buscó trabajar en la parte estética, luego de concluir con sus trámites para obtener su carnet de identidad.

Se veía como un chico y no se sentía bien. A raíz del estereotipo que tenía, comenzó con una sobredosificación de hormonas, lo que estaba poniendo en riesgo su salud.

“No todas las mujeres trans tenemos las condiciones para acudir a un especialista. Después de la pandemia, logré ahorrar y me opero en La Paz, así logro tener una terapia de reemplazo hormonal con análisis, con dosis exactas y con diferentes suplementos para tener una transición tranquila, llevadera. Luego me hago la extracción de los testículos y luego de verme en el espejo, me veo totalmente diferente. Para mí, era tan importante que esa parte de mi cuerpo se vaya porque no me representaba”, afirma.

La experiencia de Carolina dista de otras historias, pero todo se basa en la confianza de comentar lo que estaba sucediendo con su cuerpo y acudir a un endocrinólogo que realice un seguimiento al estado de salud y al requerimiento específico.

Carolina anhelaba tener una imagen femenina y lo consiguió después de varios años, pero recalca que la visión que una mujer trans tenga de su imagen difiere de persona a persona.

“Algunas no se quieren operar y está bien; para mí, comprender eso ha sido un avance. Los estereotipos que me habían marcado los dejé de lado. Si tengo algún rasgo masculino, ya no me importa”, añade.

Dennis

Los riesgos en las terapias de reemplazo hormonal son distintos, pero también ocurre que, ante un uso continuo y que no es controlado, puede afectar al hígado y los riñones. Éste es el caso de Dennis Arce, que decidió comenzar con la terapia, pero luego de varios años la suspendió porque unos quistes en el hígado alertaban sobre el riesgo de una hepatitis medicamentosa.

“Siempre hablamos de transición, pero detrás de eso está oculta una destransición de muchas compañeras por la mala dosificación de las hormonas y por el mal conocimiento que los médicos nos venden. No tenemos médicos especializados en la hormonización de mujeres y hombres trans. En mi caso, me hormonicé durante 14 años, un uso continuo con seguimiento médico y exámenes, pero el médico no sabía que en esos años estaba intoxicando mi hígado”, relata.

Este motivo la obligó a “destransicionar” hace ocho años por salud. Los resultados del perfil hepático atentaban contra su salud y podía tener complicaciones severas. Pero dejar las hormonas representó un nuevo cambio para Dennis, que tuvo síntomas similares a los de una mujer en etapa de menopausia.

“Ver el cambio de lo que eras antes y retornar a lo masculino es muy difícil y aparte causa depresión dejar de consumir las hormonas. Según vi, tenía los efectos de una mujer en la menopausia: tienes esos calores, depresión, ansiedad, cambios de humor”, cuenta.

Dennis también alerta que muchas jóvenes, en su afán de tener resultados más rápidos, se sobredosifican.

Al intentar retomar la terapia de reemplazo hormonal, se encontró consumiendo un medicamento que aumentaba su hipertensión arterial y estaba poniendo en riesgo su salud.

“Queremos llegar a todas las chicas, las vamos guiando desde nuestra experiencia. Ahora yo tengo forma de retomar la transición, pero me saldría más caro y también debería tener más cuidado con la alimentación, porque el daño hepático que me dejó es complicado”, dice.

Por esta razón, Dennis no se anima a retomar la terapia, por el riesgo latente de volver a ingresar a una etapa de destransición.

Alejandra

La visión de un cuerpo femenino es diferente para cada persona. Alejandra Paredes, asesora legal de la Casa Trans, tenía un pensamiento particular, pues deseaba que la unión de los senos fuera notoria.

Ese deseo la llevó a inyectarse las mal llamadas siliconas y, al no estar conforme con lo que veía, pedía más. Alejandra tiene un busto voluptuoso que le causa dolores de espalda y constantes visitas a traumatólogos y fisioterapeutas en busca de un alivio. Existe una solución, pero el riesgo de sufrir alguna complicación hace que descarte la posibilidad.

La historia de Alejandra es diferente al resto de sus compañeras, ella tuvo que dejar su hogar cuando era niña, no contó con apoyo y, pese a esas circunstancias, enfrentó la situación y ahora señala con orgullo que terminó el colegio y se formó como abogada.

“He querido estar así desde mis 10 años. La familia te rechazaba por estas cosas, por eso no tuve otra opción que salir de mi casa, vivir en la calle, y, aunque quise tener un trabajo, no se pudo, porque lo que me pagaban no alcanzaba. Tener una terapia de reemplazo hormonal no era posible. No tenías el dinero suficiente para tomar hormonas, al final no te quedaba de otra que ejercer el trabajo sexual, no es algo que quieras hacer, pero la sociedad te obliga por el rechazo de querer ser mujer”, señala.

Alejandra lamenta que algunas personas aún creen que los homosexuales o las mujeres trans sólo se dedican a trabajar en estéticas o peluquerías, y es por esta razón que destaca sus estudios en Derecho.

“No me dolió aplicarme las siliconas, pero sí me dolían las ligas que me ponían en el pecho, agarraban lo que ponían, lo más traumante es que si te ponían en tus pechos tenías que dormir sentada porque si te echabas, el silicon se movía y no quedaba como querías. Yo sólo quería tener un litro, pero el problema es que no aparecía esta línea (al medio del pecho) y me pusieron más cantidad”, relata.

Alejandra también señala la automedicación como un riesgo porque en su caso también le faltaron recursos y “confió” en las experiencias de otras mujeres trans, pero no obtuvo los mismos resultados.

Sarah

“La terapia de reemplazo hormonal es un mecanismo clínico por el cual las personas trans van a buscar cambios biológicos reversibles en el 90 por ciento de los casos, en el sentido de que esos cambios asemejen un aspecto físico a lo que su identidad de género los identifique. Una mujer trans busca reducir los niveles de testosterona. Estos tratamientos, que tendrían que ser acompañados por un profesional endocrinólogo, hacen que una persona trans atraviese por una segunda pubertad, porque va a desarrollar cambios. En mi caso, ha sido complicado por la limitación económica que tenía en ese momento; lo inicié en el clóset porque consultar con un profesional y hacerlo dentro del protocolo me representaba un gasto grande. El proceso de reemplazo hormonal es único para cada persona”, relata Sarah Sanabria, creadora de contenido que también comparte que los riesgos son latentes por la falta de recursos económicos.

Sarah compara la automedicación hormonal con lo que se vive en los gimnasios al compartir experiencias sobre lo que funcionó para obtener resultados.

La creadora de contenido también asegura que al menos 90 por ciento de las mujeres trans vive en situación de calle y está prácticamente obligada al trabajo sexual.

“No encuentran trabajo, si bien hay que ser sinceras y decir que ese porcentaje ha decrecido a 80-85 por ciento. Mi generación ha tenido los resultados de la lucha de activistas que han luchado por el derecho de las mujeres trans. Eso se suma al cambio radical con la globalización. Ya no se ve a una persona gay sólo como objeto de burla”, destaca.

Sarah se muestra abiertamente en sus redes sociales y también añade que se debe cuidar la salud con un correcto procedimiento para una terapia de reemplazo hormonal.

Las historias de vida de estas mujeres trans reflejan una lucha constante, en un camino sin final, en el que están en constante aprendizaje sobre lo que les hace bien en cuanto a los tratamientos hormonales, pero también están como protectoras de las mujeres trans que recién inician su camino para alertar sobre los riesgos a los que pueden enfrentarse.

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