Para Lisbeth Santana, de 23 años, Laquiña se ha convertido en sinónimo de pérdida y lucha. A dos semanas del desastre, su hogar sigue sepultado por una avalancha de barro y piedras, mientras ella y sus familiares se refugian en la casa de un pariente, se endeudan y se dan modos para alimentar a los 15 mil pollos que han sobrevivido a la tragedia que devastó su comunidad.