Bajá el volumen, cabrón
Esto va a sonar fuerte, como el escape libre de tu motocicleta cada vez que pasas por mi calle de noche, cuando todos estamos durmiendo. Agresivo, como el ruido de tus bocinazos cuando el semáforo cambió de rojo a amarillo, y el auto que tienes delante no arrancó aún. Estridente, como la alarma descontrolada de tu vehículo, extremadamente sensible ante cualquier brisa o vibración, y que suena y suena y me taladra la cabeza cuando estoy trabajando.
Intento, a través de este texto expresamente ofensivo, compensar de alguna manera el estrés que me provoca todo el ruido que produces, sin siquiera considerar la posibilidad de que no estás solo en este mundo, y que por un mínimo de compasión deberías al menos bajar el volumen, cabrón.
Hace un momento me despertó tu auto tuneado que transitaba con una canción de Bonny Lovy –te imagino con un corte mohicano, con rayos rubios, coreando a gritos junto a otro malviviente como vos, él con un corte samurái–, y luego de darme un par de vueltas en la cama buscando volver a dormir, no encuentro otro consuelo que encender la computadora y escribirte esta carta de amor, dejando de lado el glamour y la etiqueta –cosa comprensible a las tres de la mañana–, e intentar hacer justicia a mano propia, porque la Alcaldía no me protege, y no solamente realiza un control ineficiente de la contaminación acústica, sino que también contribuye amablemente con una buena dosis de ruido a las 6 de la mañana, cuando el camión basurero recorre las calles con música, campanillas y spots.
Y en esas ando, solo en mi cruzada, viviendo al lado de un surtidor de gas -¿legal?- que provoca sobresaltos cada vez que desfoga el aire de sus mangueras –mi empleada volcó una charola del susto, el otro día–. Frente a tres discotecas –¿autorizadas?– sin ningún aislamiento acústico, y cuya música rebalsa y se entrecruza en un bullicio insoportable entre el jueves y el domingo hasta bien entrada la madrugada –¿se puede hasta tan tarde, José María?, ¿es tan fácil transgredir las normas?–. Delante de una casa con una alarma mal regulada cuyo –estúpido– dueño tarda horas en apagar –hace más de un año que lo veo en pijamas, con una linterna y un manual, intentando descifrar el panel de control–. Y en la esquina de un colegio donde a medio día acontece un desafinado concierto de bocinazos, ocasionado por los padres que parquean sus vehículos en doble y triple fila –y hasta en plena curva los muy pelotas–. Soy, como algunos otros, un ciudadano desamparado, abandonado por las autoridades inútiles y corruptas, y constantemente atropellado por tu ignorancia y atrevimiento. Entonces comprenderás que fuera de intentar tolerar el desvelo con deportividad, no me queda más que insultarte, cabrón.
Pero cuando estoy un poco más tranquilo, y fuera de mentarte la madre intento comprender qué tipo de insecto te está comiendo el cerebro, pienso que quizás sufriste algún traumatismo craneal cuando eras niño, o que tal vez tienes mucha presión en el trabajo –la tenemos todos, por cierto–, o descubriste que tu esposa y su jefe tienen algo más que una relación laboral, o tus padres te sometieron de chiquito a un maltrato estilo familia Turpin. Y que todo aquello te convirtió en una persona insegura y frustrada, que se desahoga escuchando a Maluma a todo volumen, y se aísla en una burbuja ruidosa para olvidar su infeliz realidad durante el mayor tiempo posible. Y cuando te animas a salir, como tu apariencia es repulsiva y tu retórica es decepcionante, buscas llamar la atención en tu Corolla tuneado, haciendo sonar el motor y tocando violentamente la bocina, intentando ridículamente que tu vehículo transforme en rugidos tus tímidos maullidos. Pobrecito.
El único argumento que juega a tu favor es que ni en la casa ni en el colegio te enseñaron a comportarte en sociedad, y que la cortesía y la delicadeza no forman parte de tus reflejos. No eres fastidioso por descuido o por determinación, sino simplemente porque no tienes consciencia de la consecuencia de tus actos. Eres un ignorante honesto, un cretino consecuente, un grosero inocente. Y por eso posiblemente ahora mismo te rascas la cabeza y te preguntas, con sorpresa y molestia, por qué carajos te escribo y te describo con tanta torpeza, y piensas que en esta ciudad ejemplar el único incivil e inadaptado soy yo.
Luego me vuelve la cólera, porque frente a tu cabeza dura, impermeable a cualquier censura y sin ningún remordimiento, el futuro será tan oscuro como el presente, pues lejos de contentarte con amargarme la vida, decidiste arremeter también contra mis hijos, y tomaste la irresponsable decisión de reproducirte y pasarle toda tu sabiduría a tus pequeños vástagos, que ya corretean entre las mesas de los restaurantes, incomodando a los comensales y gritando como desquiciados, mientras tú te haces al desentendido y le dedicas todo tu compromiso y atención a un plato de sillpancho.
Les hablas poco –quizás es mejor–, pero aprenden con tu ejemplo, y piensan que para ganar una discusión basta con hablar fuerte y golpear la mesa, y que está permitido lanzar cohetes y petardos a cualquier hora y en cualquier ocasión, ya sea para celebrar un gol, un feriado o un cumpleaños, sin considerar en ningún momento que el respeto, la cortesía y las buenas maneras son la única forma de hacer más grata la vida difícil y sacrificada que todos llevamos. Entonces decido no ser iluso, acostumbrarme al insomnio, asimilar el estrés, y solamente aspirar a que tengas la concentración suficiente para terminar de leer este texto y otros encomios que de tiempo en tiempo te dedicaré con todo cariño, cabrón.
El autor es arquitecto
lemadennis@gmail.com
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