Violencia escolar
El pasado lunes, una nueva noticia de violencia con víctimas jóvenes hacía estremecer la sensibilidad de la población boliviana: se había encontrado en la zona de Marquina (Quillacollo) el cadáver de un estudiante de 17 años con el cráneo destrozado, lo que hace presumir que fue victimado a pedradas y lo que conmocionó aún más a los vecinos.
Al día siguiente, la Policía capturó a un joven de 18 años, compañero de la víctima y de quien se sospecha que es el autor material del crimen, movido por una deuda de dinero. El caso aún se encuentra en investigación.
También anteayer, la Asociación Nacional de Padres de Familia de Colegios Privados denunció un caso de violencia dentro de un colegio de la ciudad de Cochabamba, donde estudiantes de cuarto grado fueron filmadas agrediendo a sus compañeras. Casos similares se reportan desde Santa Cruz y otros lugares del país, algunos de los cuales llegan incluso a violación sexual.
Es en estas circunstancias cunado uno se pregunta qué ocurre en los jóvenes, ¿qué ocurre en los colegios, en los que la violencia parece tomar dominio de los estudiantes? Llama la atención la forma que el director departamental de Educación, Iván Villa, tiene para minimizar la situación, al indicar que en lo que va del año se reportaron 14 casos de violencia entre estudiantes, lo que no representa ni el 0,01 por ciento del alumnado.
En contraste, cifras de Unicef indican que cuatro de cada 10 menores de edad sufrieron cualquier tipo de acoso en su unidad educativa, y de esa cifra el 14 por ciento guarda silencio, de donde se deduce que éste no es un tema para minimizarlo. Según el organismo internacional, esta violencia se da principalmente en tres espacios: baños, entradas al colegio y pasillos, es decir en lugares donde no hay presencia de gente adulta.
Un poco más en serio lo toma el Ministerio de Educación, que puso en marcha una “Estrategia de Contingencia para Erradicar la Violencia en el Ámbito Educativo”. Lo cuestionable de estos planes es que se tratan de intenciones a muy largo plazo y los resultados son difíciles de medir, por lo que es recomendable que el Estado asuma medida a corto, mediano y largo plazo, que se busquen las soluciones urgentes en diálogo con estudiantes, maestros y padres de familia, pero que también el plan pase a formar una especie de “política de Estado”, que no se archive con un cambio de gestión.
Finalmente, urge una toma de conciencia de la sociedad, asumir que todos somos parte de la educación de nuestros hijos y predicar con el ejemplo para mostrar que la violencia nunca será la mejor solución en la resolución de nuestros problemas.
















