Bolivia en una nueva encrucijada
Apenas tuvieron que transcurrir diez meses para que el mandato de Rodrigo Paz pierda totalmente legitimidad, credibilidad y confianza, cuando faltan aún 50 meses para la conclusión constitucional de su gestión. Habiendo perdido la confianza, elemento vital de la gobernabilidad, será muy difícil que pueda culminar su mandato. En los entresijos del poder se menciona incluso que duraría solo hasta octubre.
El caso Cerimedo-Beller irrumpió como un huracán, afectando profundamente la credibilidad de un gobierno que ya venía considerablemente desgastado y puede terminar corroyendo los débiles pilares que aún lo sostienen.
La desilusión y la decepción son enormes. En todos los niveles de la administración del Estado se pueden apreciar incontenibles apetitos para, de cualquier forma y en el menor tiempo posible, aprovecharse de los fondos fiscales. Da la impresión que saben de qué pronto se van a ir. Por ello la desesperación de “hacer” las cosas rápidas.
No solo han reciclado a antiguos “ladrones fiscales” de voraz apetito, se han rodeado también de funcionarios incapaces, ineptos e ineficientes, de modo tal que, en diez meses de gobierno, ya están completamente podridos.
Conviene recordar, aquí, cómo Rodrigo llegó al poder. En la primera vuelta electoral protagonizó una de las mayores sorpresas de la política boliviana reciente. Cuando todo parecía encaminado a una segunda vuelta entre Tuto Quiroga y Samuel Doria Medina, Paz desplazó inesperadamente a este último.
Las encuestas previas no explicaban semejante resultado. Una de las interpretaciones más plausibles atribuyó parte importante de ese fenómeno a la capacidad de conectar con sectores populares, a través del TikTok, de su candidato a vicepresidente, el capitán Lara.
En la segunda vuelta sucede algo más inesperado. Un gran porcentaje de los cerca de 1.300.000 votos nulos que propicio Evo Morales, se dirigieron a Rodrigo Paz. Si se hacen los cálculos aritméticos, es fácil colegir y afirmar que Paz gana con los votos de Evo.
De ahí una conclusión incómoda: Paz llega a la presidencia más por una extraordinaria conjunción de circunstancias políticas que por la fortaleza de una estructura partidaria, que nunca tuvo. Si bien es cierto que su gobierno nace con cierta legitimidad electoral, tiene una base política muy frágil y débil.
En esas condiciones, asume la presidencia con enormes desafíos de corto plazo: regularizar la provisión de combustibles dando fin a las interminables filas, estabilizar el mercado cambiario, reducir el déficit fiscal, controlar la inflación, transparentar la administración pública y combatir la corrupción.
Tenía, además, un desafío histórico: sepultar políticamente a Evo Morales y al MAS.
Los primeros cien días de gestión, luego del Decreto 5516 que elimina la subvención, eventualmente, desaparecen las filas, se estabiliza el precio del dólar en el mercado paralelo y se controla la inflación.
No obstante, que ya se sentían los conflictos por la “gasolina basura” y había estallado el escándalo de las 32 maletas, en esos primeros 100 días, era difícil reprobarlo.
Sin embargo, poco después, los efectos de la “gasolina basura” comienzan a pasar factura. Son miles y miles de afectados, sobre todo en el departamento de La Paz. El enorme descontento social provocado y el rechazo a la Ley 1720 de reconversión de tierras, serán hábilmente aprovechados por Evo Morales y sus aliados corporativos para organizar y dirigir un criminal bloqueo, pidiendo la renuncia del flamante presidente. Ni duda cabe, fue un intento de golpe de Estado.
Durante 52 días el gobierno resistió los bloqueos, cuyo objetivo final era la renuncia del presidente. El gobierno sobrevivió, pero no necesariamente por su fortaleza. La ciudadanía, particularmente los sectores que padecieron los bloqueos, soportaron el enorme costo económico y social de la confrontación sin sumarse masivamente a la estrategia de Morales. Paradójicamente, fue la sociedad la que terminó salvando al gobierno.
Superada aquella crisis, aparece luego otro escándalo de enorme magnitud: el extraño caso de los 189 kilos de oro que pretendían ser sacados ilegalmente en un vuelo chárter privado, develando un oscuro contrabando al más alto nivel. Como ocurrió con las 32 maletas, las investigaciones, las explicaciones y la situación procesal de los principales involucrados han alimentado más preguntas que respuestas.
De remate luego, como una estocada final, estalla otro escándalo de dimensiones superlativas: el caso Cerimedo-Beller.
Más allá de lo que “establezcan las investigaciones” sobre el atentado o auto atentado, el caso es políticamente devastador: en el entramado, como si existiera un Estado paralelo, aparecen personas vinculadas a los círculos más próximos de poder en una tenebrosa trama.
El problema central, ahora, ya no radica en la continuidad de Rodrigo, sino en lo que viene después. Donde no se descarta el retorno de aquello que los bolivianos creyeron haber enterado.
Así como están las cosas, Bolivia enfrenta hoy no solo una crisis de gran magnitud, sino una nueva encrucijada. ¿Qué viene después de la caída de Rodrigo?
El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.




















