La historia de Santiago Blanco continúa con “Hola, mi amor”

Cultura
Publicado el 25/04/2021 a las 2h02
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Hola, mi amor es la nueva novela del escritor Gonzalo Lema, recientemente presentada, que forma parte de la serie de aventuras del icónico personaje Santiago Blanco. La obra, publicada por Plural editores, encuentra a Santiago en

Villamontes, un lugar donde se desata la pelea por el monopolio de los “locales de chicas alegres” y las rutas de la marihuana y la cocaína; casos que este protagonista debe investigar. Pero también el lector podrá inmiscuirse en la vida amorosa de Blanco.

Reproducimos parte de esta obra: las primeras páginas de Hola, mi amor.

No habían terminado de cagarme las gallinas cuando la muy buena y comprensiva de Gladis me despertó arrojándome agua de sapos de un viejo balde recubierto de óxido abandonado en el canchón. Se le había hecho una sana costumbre en los últimos tiempos.

Una deslumbrante mañana llena de optimismo veraniego despuntaba en el paraíso chaqueño llamado Villamontes. El sol candente anunciaba que ardería absolutamente todo en la faz de la tierra, primero a fuego lento pero luego a llama alta, principalmente al mediodía, justo cuando me tocara freír los sábalos en la parrilla de la acera para nuestro restaurante de clientela tan diversa: matacos, chiriguanos, weenhayeks, chapacos y tobas extraviados. Si despachábamos un buen olor, nos llegaba algún arrogante descendiente de los fundadores del pueblo. Si catequizaban por ahí a la hora indicada, los simpatiquísimos suecos de la Pentecostal, atontados como moscas verdes por el calor sofocante.

Las mariposas amarillas revoloteaban alrededor de la humedad. Las mariposas blancas llegarían con su habitual retraso.

—Han matado a tu cuñado, cholero, y dicen que tú eres el sospechoso principal. Vas a tener que ponerte a investigar si todavía te queda seso.

No atendí sus palabras porque nunca lo hacía mientras me duraba la resaca, pero pronto me senté en el piso firme de la corteza terrestre y sacudí la cabeza como los perros. A tiempo de levantarme alcé el machete y con cierto alivio me

persigné y le estampé un beso en el estupendo mango de quebracho. Antes de caminar a la vivienda me miré los brazos: cicatrices viejas, nada más. De peleas viejas. Ni una nueva. Tampoco observé sangre en la hoja acerada y menos materia alguna en la punta ligeramente mellada.

Estábamos a salvo de toda sospecha.

Me despedí de los canarios del Chaco con reverencia sincera.

Ingresé a la oscura vivienda y curiosamente no escuché el llanto de Tiago. Tampoco me di de bruces con la cabeza curiosa de Soraya, su difícil madre. Transité el pasillo desde la puerta posterior cruzando algunas mesas y sillas, me detuve firme ante la gruesa manguera colgante del tanque de un viejísimo inodoro de pie empotrado en la pared de piedra y jalé la cadena. Vacié una botella y media de cerveza amarga directo a mi barriga. Sacudí nuevamente la cabeza por apenas un momento y crucé bajo el rollo grueso de la puerta metálica y cerca de la parrilla todavía arrinconada, a observar la realidad refulgente y electrificada de la acera y la calzada.

El mundo comenzaba a hervir anunciando el fin de los tiempos.

Manchas gruesas de grasa de sábalo y algún ocasional dorado. Sarna nutrida de cemento debido a las patas de la parrilla. Colillas aplastadas de cigarro. Saldos secos de yuca. Regueros secos de gaseosas y de cerveza.

Un brote de hierba tozuda entre las baldosas por ahí. Una columna de hormigas débiles. Un macizo par de lustrados botines negros y cabezones de la punta. Unos pantalones con caída y planchados con raya. Un ancho cinturón negro circunvalando un mundo casi redondo con una hebilla plateada conteniendo apenas un brioso potro de crines doradas. Una camisa del mismo color cola de cebolla del pantalón oscurecida desde las axilas a las costillas flotantes. Un simpático rostro mestizo, redondo como un sol moreno, de bigote sucio de comida, y un par de ojos negrísimos y grandes muy propio de los cuchis del monte mismo. Una gorra de capitán de la policía boliviana coronando la testa sumamente burbujeante entre los cabellos parados.

Una sonrisa de paz y amor. Le faltaba un faso de marihuana.

Saturado por tanta belleza no tuve ánimo para mirar el color del cielo ni los rayos del sol.

—Carlitos Aguilar —lo saludé contento.

Gladis había comenzado a barrer la acera desde el meticuloso límite con los vecinos viejos, guiándose por el cambio alarmante de colores de las fachadas, muy cuidadosa de no asentar ni un pelo de su fatigada escoba en la baldosa ajena.

—Estamos en líos, Blanquito. Han degollado a uno de los Leches.

—Van dos —dije.

—Ya se lo he dicho en el canchón y no ha querido escucharme

—opinó Gladis.

—Pero éste estaba farreando contigo anoche en el putero, dicen.

—En otra mesa.

— ¡Una vergüenza! ¡Y a tu edad! ¡Si ni siquiera te alcanza tu hombría para el gasto de la casa! —denunció Gladis.

El capitán contuvo la risa, pero no el temblor de su barriga.

—El gran fiscal Delfín Moreno quiere comparar tu ridícula condición humana con el maravilloso reino vegetal en el lugar de los hechos.

Suspiré profundamente. Gladis había logrado diferenciar nítidamente nuestra parte de la acera de la parte de los vecinos. Claro que los vecinos ni siquiera tenían un metro porque estaban en pleno ochave de la esquina, y su puerta principal, e inclusive sus dos ventanas con reja, daban a la calle con nombre de un héroe importante de la guerra del 32: Capitán Víctor Ustariz. En esos pocos centímetros se quedó la tierra arrastrada por el viento de la tarde anterior. La de nuestra acera iba a depositarla en una bolsa de tocuyo, como cada día. No le importaba que se lo criticáramos en familia. Apenas se alzaba de hombros y fruncía la nariz.

—Guardas mi machete —ordené—. Cargas el tanque y le cuelgas la barra de hielo como te he enseñado. Ya vuelvo.

Comencé a caminar junto a la autoridad policial.

—Machito. Gordo hediondo.

Una bandada de loros chocleros y charlatanes se anunció bullicioso y amenazante en el horizonte de matorrales espinosos y trenzados, y algunos pocos tucanes optaron por las de Villadiego. De inmediato se posaron en el follaje tupido y vibrante de los gigantes churquis que nos proveían sombra y siguieron su conversa apasionada sobre el parlamento condicionándonos a alzar toda la voz posible para escucharnos.

Dorado por un sol bíblico de los primeros tiempos y aprisionado, se diría amorosamente, por la vigorosa enredadera crecida en horas gracias al poderosísimo rocío (de fino tallo verde lechuga y flores violetas con boca grande y hambrienta de nítido paladar rojo), el cadáver cuasi descabezado de Omar Ferrarino parecía retornando del urinario a la mesa de la víspera, un poco tambaleante por el mucho trago.

Hacía menos de cinco horas que parloteaba casi a mi lado.

Si bien tenía el cuerpo trenzado por la planta, y la planta se aferraba al tronco de un árbol añoso y recubierto de musgo, la pierna adelantada nos mostraba su intento de salir corriendo de aquella mortal situación.

También las manos desesperadas con los diez dedos abiertos y tensos.

Pero la cabeza ladeada sobre el hombro derecho, debido al profundo tajo de machete en la base del cuello, sugería resignación y cansancio.

Sueño profundo. La falta de zapato y calcetín en el pie izquierdo develaba resistencia tenaz y larga a los aprestos asesinos.

Bueno, se podía practicar otras lecturas del cuadro.

Los ojos menudos y del color de las hormigas del fiscal barrieron con meticulosidad toda el área y se distrajeron con las mariposas amarillas que aleteaban excitadas en el orificio sanguinolento del cuello de Ferrarino.

—Las mariposas blancas se arremolinan ante una gota de agua —dijo—. Las amarillas van por la sangre. Usted es colla. ¿Sabía eso? Puede leerlo en cualquier tratado sobre la guerra del Chaco. La sed era desesperante. Todos peleaban por el agua. Pero la orina también servía. Y la sangre. Me refiero a hombres y animales.

Me asombré moviendo la cabeza un milímetro.

El fiscal se sonrió un tanto arrogante. Caminó dos pasos lentos hacia el cadáver y se puso de cuclillas. Pareció estudiar el pie desnudo.

Recorrió el largo de la pierna y del cuerpo. Se detuvo en las manos con el propósito y esperanza de hallar algo. Cualquier insignificancia.

Sacudió la cabeza y se puso de pie con cierta dificultad. Atisbó el tajo del cuello, espantando a las sedientas mariposas, como quien se asoma a un precipicio profundo.

—Propio de un toba enojado —dijo—. O de un mataco borracho.

Claro que cualquiera lo haría a cambio de algo de oro. Dígame: ¿usted no estuvo compartiendo con él anoche?

—En otra mesa.

El capitán Carlos Aguilar dio un pequeño giro de perro en el lugar un tanto incómodo, y su cuerpo me pareció un planeta en rotación.

También mordió un yuyo.

El fiscal husmeó en el piso de tierra roja de alrededor. Caminó con la espalda doblada y flexionando las rodillas. Parecía un baile de lequeleques del altiplano. Se irguió un poco, después, cuando las espinas desmesuradas de una caraguata le salieron sorpresivamente al encuentro.

Chorreaba de sudor a mares.

—La gente me dice que Ferrarino no lo quería en su familia —dijo.

Más de un diente pareció pelarse de labios con su sonrisa a medias—.

Supongo que no estaba ninguna señorita en cuestión.

—Supone bien. Estábamos en el prostíbulo. Borrachos y putas.

—Pero también supongo que primero se miraron como media botella de ron con el occiso y luego ya riñeron. ¿Se amenazaron de muerte?

Me miró fijamente. Parado a lado de Ferrarino parecía un pescador exitoso mostrando su dorado. La tapa lustrosa de Caza y Pesca.

—Nos amenazamos —reconocí.

 

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