
SURAZO
No, una y otra vez. Esa palabra que contiene en sí misma todo un programa político. No hay tema en la historia de Bolivia que polarice más que el de la incursión de la guerrilla del Che Guevara.
Ni siquiera temas de fondo, como que la fundación de Bolivia fue el resultado de la maquinación de un grupo de abogados, agita tanto las pasiones como este.
Ernesto Guevara de la Serna fue asesinado. Esa es la más grande verdad de lo ocurrido en Bolivia el 9 de octubre de 1967.
Los diccionarios jurídicos señalan que, para ser considerado asesinato, un homicidio; es decir, la “muerte causada a una persona por otra”, debe reunir las características de premeditación, saña y alevosía.
La muerte del Che fue premeditada porque se trataba de un enemigo a eliminar. La CIA, cuya participación en todo este episodio está más que probada, fue la que dio la orden y lo que hizo el Gobierno boliviano fue simplemente ejecutarla.
Mi teléfono volvió a sonar con frecuencia esta semana. Luego de las explosivas declaraciones del director de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Agua Potable y Saneamiento Básico, Víctor Rico, colegas de radioemisoras del interior del país me llamaban para entrevistarme sobre la crisis del agua potable en la Villa Imperial.
En noviembre de 2016 pedí a Homero Carvalho que me ayude a hacer un mapa de la literatura boliviana actual; es decir, un panorama de los escritores bolivianos vivos, Departamento por Departamento, y el resultado fue desalentador para el mío porque, a la luz de los datos de ese momento, el único que no tenía un representante visible era Potosí.
El ají es una especie vegetal del género Capsicum que está muy vinculada con las culturas andinas debido al frío de sus territorios.
Esto se debe a que comer alimentos picantes, o con mucho ají, provoca calor y eso ayuda a combatir las bajas temperaturas.
Uno de los deleites de la investigación historiográfica es que permite descubrir hechos generalmente desconocidos como, por ejemplo, la evidencia de que, pese a estar vinculado con los picantes, el ají no es originario de la región andina.
El hallazgo de un tapado de monedas de oro en Colquechaca, capital de la provincia Chayanta de Potosí, no sólo sorprendió al país sino que hizo surgir dudas respecto al pasado de Bolivia y, de paso, de Argentina.
Las dudas se justifican debido a que nadie está obligado a conocer la historia en detalle. Incluso el presidente Evo Morales se confundió al ver símbolos que hoy son considerados argentinos y, por ello, llamó “monedas argentinas” a las piezas recuperadas por la Gobernación de Potosí.
No se puede poner al pueblo por encima de la ley por la sencilla razón de que una ley debe ser la expresión del pueblo.
Según el evangelista Juan, fue Jesús quien dijo que la verdad nos hará libres. Sin embargo, las dictaduras y tiranías se encargan de invertir las cosas y mandan a encarcelar a quienes dicen la verdad.
Si de verdad se trata, los periodistas están en primera línea. Informan e investigan y su trabajo pocas veces gusta a todos. Para la mayoría, especialmente para quienes quieren mantener escondidas ciertas cosas, las publicaciones periodísticas son incómodas.
Hace un par de años, cuando en esta columna nos referíamos al origen potosino de algunas manifestaciones culturales —como el charango, la diablada y la Virgen de Copacabana—, no faltaron quienes criticaron esas afirmaciones calificándolas de “chauvinistas” y algunos llegaron a decir que eran un exceso de regionalismo. “Exageran: ahora resulta que todo es de Potosí”, se quejó un colega del diario Correo del Sur de Sucre, la capital constitucional del país.
Partamos de una verdad irrefutable: las redes sociales, particularmente Facebook, están haciendo pedazos al idioma. Los crímenes, de lesa ortografía, son diarios y cometidos a vista y paciencia de todos, con una impunidad pocas veces vista en la historia de la humanidad.
Los seres humanos fuimos lo suficientemente inteligentes para crear Internet, donde pusimos una realidad virtual que está a la vista de todos —que no existe materialmente pero está—, pero no somos capaces de introducir filtros que sancionen los errores ortográficos en las redes sociales.

