
SURAZO
Las redes sociales han democratizado la difusión de las ideas. Hoy, cualquier persona puede publicar una investigación, un artículo o una simple reflexión y ponerla al alcance de miles de lectores. Nunca antes fue tan fácil debatir. Paradójicamente, nunca fue tan frecuente que el debate sea reemplazado por el insulto.
Hemos dejado establecido que España no tuvo colonias en América, sino virreinatos. Esa es una verdad tan grande como el hecho de que las autoridades virreinales cometieron abusos contra los indios.
Uno de los mayores errores que cometemos cuando nos referimos a nuestro pasado es creer que “colonización” viene de Colón. La coincidencia en el parecido de aquel nombre con este apellido fue la causa de un equívoco que llegó hasta nuestros días.
“Colonización” viene de “colonia” que, hasta el siglo XIX, era una “porción de gente que por orden de algún Gobierno se establece en otro país”. Hoy en día, su significado no es muy diferente: “conjunto de personas que, procedentes de un territorio, se establecen en otro”.
El sacerdote agustino fray Antonio de la Calancha fue el primero en publicar que “de las barras de plata que se han sacado del rico Cerro de Potosí, se pudiera hacer un puente de ellas desde esta villa a España”. La versión fue recogida por Bartolomé Arsánz y sirvió para graficar el saqueo que sufrió la Villa Imperial durante el periodo virreinal.
Luego se armó una variante: se dijo que, así como se podía construir un puente de plata desde Potosí a España, se podía hacer otro puente con los huesos de los indios que murieron en la mita.
Como a la gran mayoría de los bolivianos, en la escuela me enseñaron que los españoles nos invadieron, allá por 1532; esclavizaron a nuestros ancestros indios, los colonizaron y mantuvieron en esa condición hasta la guerra de la Independencia, cuando fueron derrotados y expulsados.
Por eso, fue un shock enterarme de la existencia de un documento, “el memorial de Charcas”, que revela una realidad completamente diferente en los primeros años de la conquista y hasta por lo menos 1582.
Durante dos semanas he intentado explicar cómo es que el racismo es una de las causas –pero no la única– de la crisis en la que está sumido el país y, como era de esperarse, eso me costó más críticas que apoyos.
En esta tercera y última entrega sobre el tema me esforzaré en explicar cómo el racismo ha sido y es usado por corrientes políticas que se valen de sus efectos para exacerbar los sentimientos de las masas.
Uno de los síntomas del racismo es la negación. El racista no se reconoce racista y, para colmo, ve racismo en el otro, lo que le da otro motivo para odiarlo.
En Bolivia, en la división simplista de oriente y occidente, hay racismo de ambos lados y en ambos lados se acusa de racista al del otro lado. Una de las expresiones de racismo en el oriente es la etiqueta “colla ‘e mierda” que se ha convertido en uno de los insultos más fuertes en esa parte del país.
La gran tragedia boliviana no comenzó hace 20 años, ni siquiera en 1825. La gran tragedia americana –porque no es exclusiva de nuestro país– comenzó en el periodo todavía llamado colonial, cuando las autoridades virreinales designadas por la corona española desarrollaron una teoría anacrónica de división de la humanidad en razas.
Desde el punto de vista sindical y jurídico, la Central Obrera Boliviana (COB) no ha declarado la huelga general indefinida, así que la paralización de labores que actualmente se ejecuta a la par que un cuestionado bloqueo de caminos es una acción ilegal.
El Pichincha, de Potosí, es uno de los cinco colegios que fundó Antonio José de Sucre en 1826, como parte de su labor organizativa de primer presidente de Bolivia.
Los otros cuatro están conscientes de que su fundador fue Sucre y celebran en consecuencia, pero no el Pichincha.

