
RAÍCES Y ANTENAS
Una de las preocupaciones centrales de la economía es el déficit público. Esto ocurre cuando los gastos e inversiones del gobierno son mucho más elevados que los ingresos que provienen, generalmente, de los impuestos. Este año, la economía boliviana cierra con un agujero fiscal equivalente al 12% del Producto Interno Bruto (PIB). Entre 2014 y 2019, el déficit público fue del 6,7% del PIB. La hambruna fiscal se agravó con la pandemia y la cuarentena, pero es un viejo problema.
El candidato a la presidencia Mesa, y el ahora primer mandatario Arce, han mencionado que la crisis económica en curso recuerda a la hecatombe de mediados de los años 80, cuando gobernaba la unidad democrática y popular (UDP) encabezada por Siles Suazo. En la época, una profunda crisis política destrozó tanto el gobierno de izquierda como el propio Estado y la hiperinflación puso al borde de la muerte a la economía. En la actualidad, Bolivia vive una recesión y también una crisis social y política.
Una de las principales razones, no la única, por las cuales el binomio Arce-Choquehuanca obtuvo una votación significativa es porque ofrecieron el retorno rápido de la estabilidad social y la recuperación del empleo y del crecimiento económico. Ayer se inició una nueva gestión gubernamental. El cumplimiento de esta agenda de políticas económicas será prioritario, pero depende de varios factores que los analizamos a seguir.
Una de las propuestas económicas centrales del nuevo gobierno del presidente Arce es la industrialización por sustitución de importaciones.
En América Latina, a finales de los años 50 surgió el proceso de sustitución de importaciones, probablemente la tentativa de industrialización y diversificación más seria llevada adelante en la región.
El pueblo habló. Dio su veredicto. Estableció un mandato político claro. Apostó por la estabilidad y mandó a reconstruir la economía. El MAS recibió una enorme dosis de legitimidad. Ahora, resta mirar al futuro y contribuir, desde el mundo de las ideas, para encontrar salidas a las crisis sanitaria, económica y medio ambiental.
Una de las formas de combatir la pandemia del coronavirus es el distanciamiento físico o social. La regla burocrática es que, fuera de la cueva del hogar, como mínimo, debemos estar a un metro y medio de otro ser humano. Es lo seguro. La profilaxis de la distancia. Por supuesto, nada de estrecharse la mano, besarse, abrazarse y ni pensar en echarse un cruzadito para brindar por la vida.
Bolivia vive una crisis sanitaria, económica, medioambiental, social, política-institucional de gran envergadura. Está en curso una guerra contra un enemigo casi invisible y artero. El coronavirus destrozó el precario sistema sanitario nacional y la cuarentena necesaria para mitigar su avance dio un duro golpe a la economía y el empleo.
Dos calificadoras de riesgo han bajado el dedo a la economía boliviana. Moody´s y Fitch apuntan al deterioro de varios indicadores macroeconómicos para la reducción de su puntaje. En el primer caso pasamos de B1 a B2 y en el segundo de B+ a B. En ambos casos se revisó la perspectiva socioeconómica de estable a negativa.
Las redes sociales son lo más parecido a un loquero. Con una facilidad enorme se destila veneno y se ametralla con adjetivos de grueso calibre a las personas. En el campo económico, un día uno es un neoliberal vende y compra patria. Al mañana siguiente es un zurdo y comunista que quiere convertir las iglesias en bares. La ponzoña y vulgaridad son infinitas.

