
EN VOZ ALTA
Noviembre, mes alusivo al romance y nostalgia de una primavera a medio camino en el sur del planeta, memoria de tiempo de lluvias desordenado por las dramáticas fluctuaciones del cambio climático revolviéndolo todo.
Se respira un aire renovado en Bolivia, con motivo fundado: las señales dadas por Rodrigo Paz, el presidente electo cuya posesión será en pocos días. Inesperadas, sin costo alguno y poderosamente simbólicas, han provocado al menos expectativas –si no esperanzas– en amplios sectores de la población con respecto a los cambios que Bolivia necesita para comenzar a recorrer el largo y empinado camino de superación de las graves consecuencias de la prolongada permanencia masista en el poder.
Bolivia eligió a su nuevo presidente el 19 de octubre y las señales que se manifiestan desde entonces inspiran un optimismo moderado en quienes están en disposición de ver la realidad sin prejuicios, quitando de sus ojos las vendas del fanatismo y el derrotismo, rasgos inoculados sin cesar con la palabra y la obra por el régimen que pretendía perpetuarse en el poder desde 2006 hasta el final de los tiempos.
Cientos se rasgaron las vestiduras ante el debate vicepresidencial de hace una semana. Con razón, pues el desastre llegó a tanto que no habría sido un desacierto darle inicio poniendo a desentonar El cóndor pasa al actual segundo mandatario de este pobre país, quien luce con orgullo sus deficiencias para vergüenza ajena. Además, se pudo prescindir de los comunicadores cuyo rol se limitó a dar la palabra en las idas y venidas del que parecía libreto de comedia barata.
La comprensión de las cosas necesita considerar los contextos en que se dan. En su escenario temporal y espacial están las claves de su interpretación. Allí todo toma sentido y los juicios adquieren base: las opiniones, postulados, relatos, tramas, personajes y desenlaces compartidos en conferencias, textos y escenas; las piezas musicales y danzas; los cuadros, fotografías y esculturas; los edificios y otras infraestructuras… el comportamiento de las personas.
Él nació en 1987 en La Habana. “Cubano, negro, activista y artista autodidacta. Le apasiona pintar, bailar y vestir ropa brillante de color rosa. Su casa de San Isidro, uno de los barrios más pobres de La Habana, es un refugio para la comunidad, un espacio abierto donde la gente puede conocerse y relacionarse”, para Amnistía Internacional; “artista visual cubano y activista por los derechos humanos. Eterno luchador por la justicia”, para sí mismo, en su cuenta de X.
Se requiere nada más haber aprendido las bases formativas jurídicas más elementales para sentir profunda indignación ante las expresiones recientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Organización de Naciones Unidas (ONU) respecto de la anulación de los obrados judiciales en los casos por un supuesto golpe de Estado sustanciados contra la señora Jeanine Áñez Chávez, expresidente constitucional transitoria de Bolivia.
En julio de 2024, Gonzalo Flores Céspedes publicó en varios medios de prensa un artículo titulado “El peor legado del MAS”. En él describe los daños morales que el MAS infligió a Bolivia desde 2006; en síntesis, que enseñó el irrespeto a la ley, el desprecio por los principios democráticos, el racismo, la corrupción, la mentira y la doblez, habiéndolos instalado con la palabra y la obra, en la teoría y en la práctica, cual cizaña, en las cabezas de los bolivianos.
Conocí a Félix Muruchi Guzmán en 1995, al empezar a trabajar como directora de Acción Cultural “Loyola” (ACLO) en Potosí. Aquel joven delgado, de estatura más bien baja y facciones agradables claramente indígenas, me causó una grata impresión. Al estrechar con fuerza mi mano en el primer saludo, buscó mis ojos con los suyos, franca y abiertamente. Me demostró que esas son, en efecto, señales de franqueza y honestidad.

