
COLUMNA ABIERTA
Cuando el MAS llegó al poder en 2006 lo hizo dispuesto a mostrarse como el autor de todo lo bueno que podía suceder en el país; todo lo anterior había sido malo. Para el MAS, la historia de Bolivia comenzó ese año y todo lo sucedido entre 1825 y 2006 era indigno siquiera de mencionarse.
Durante las últimas semanas se ha comentado que la vicepresidencia de Bolivia es un cargo sin importancia, “la quinta rueda del carro”, como la bautizó el líder minero Juan Lechín Oquendo en 1963, luego de su ruptura con Víctor Paz, lo que significaría que es un cargo que no sirve para nada.
Se ha llevado adelante la segunda vuelta de las elecciones generales para presidente y vicepresidente de Bolivia, con los resultados que son de público conocimiento, mismos que han producido algarabía en unos, tristeza y bronca en otros e indiferencia en los restantes, como sucede siempre.
El próximo domingo se realizará el balotaje entre los dos candidatos más votados en las elecciones generales el pasado 17 de agosto, Rodrigo Paz Pereira y Jorge Quiroga Ramírez. El evento tendrá lugar en un mes caracterizado por la realización de elecciones generales desde hace algunos años.
La ciudadanía boliviana va a concurrir en pocos días a una segunda vuelta electoral para elegir presidente y vicepresidente. La Constitución Política del Estado de 2009 incorporó este mecanismo en reemplazo del que estuvo vigente en la Constitución de 1967, reformada en 1994, que determinaba que, si ningún candidato alcanzaba la mitad más uno de los votos válidos, debía elegirse a los primeros mandatarios en el Parlamento entre los dos más votados (hasta 1994 se escogía entre los tres primeros).
La Política (así, con mayúscula) es una de las actividades más nobles del ser humano, como lo han sostenido muchos filósofos a lo largo de la historia. Platón, Aristóteles, san Agustín y santo Tomás de Aquino, para no hablar más que de autores de las edades Antigua y Media, han hecho referencias diversas sobre esta actividad, destacando en todas ellas el ejercicio del poder para el bien común.
No es novedoso, pero durante las últimas semanas, ha resurgido el uso que, en diferentes partes del mundo y por diversos líderes políticos, se ha hecho de Dios en beneficio propio. Se lo hace, entre otras cosas, para justificar acciones, defenestrar opositores y/o consolidar regímenes de todo tipo.
Han pasado ya algunos días de la decisión de ciertos jueces de disponer la liberación del ex dirigente cívico potosino Marco Antonio Pumari y del gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho.
El primero de ellos fue detenido en medio de un colosal operativo policial que, en los hechos, “allanó” la ciudad de Potosí, ocupándola y faltando al respeto al Comité Cívico Potosinista (Comcipo) y al pueblo de Potosí como sólo hizo el MAS, ni siquiera la dictadura banzerista.
Hace un par de años hablábamos sobre la difícil (pero no imposible) relación entre ética y política (Brújula Digital, 26-9-23), haciendo referencia anónima a infinidad de casos de inmoralidad de autoridades de gobierno y resaltando ejemplos de honestidad de varios políticos (Miguel Urioste, Luis Fernández, Eduardo Bracamonte y Alfonso Ferrufino, que no son los únicos, felizmente) que vincularon, a lo largo de sus vidas, ambos ámbitos.
Luego de la holgada victoria que el MAS obtuvo en 2020, los masistas, ufanos, acuñaron una frase: “55%, somos mayoría”, en referencia al porcentaje que obtuvieron superando por casi el doble a Comunidad Ciudadana del ex presidente Carlos Mesa, que les permitía -según ellos- lo que se les antoje en Bolivia.

