
COLUMNA ABIERTA
La ciudadanía boliviana va a concurrir en pocos días a una segunda vuelta electoral para elegir presidente y vicepresidente. La Constitución Política del Estado de 2009 incorporó este mecanismo en reemplazo del que estuvo vigente en la Constitución de 1967, reformada en 1994, que determinaba que, si ningún candidato alcanzaba la mitad más uno de los votos válidos, debía elegirse a los primeros mandatarios en el Parlamento entre los dos más votados (hasta 1994 se escogía entre los tres primeros).
La Política (así, con mayúscula) es una de las actividades más nobles del ser humano, como lo han sostenido muchos filósofos a lo largo de la historia. Platón, Aristóteles, san Agustín y santo Tomás de Aquino, para no hablar más que de autores de las edades Antigua y Media, han hecho referencias diversas sobre esta actividad, destacando en todas ellas el ejercicio del poder para el bien común.
No es novedoso, pero durante las últimas semanas, ha resurgido el uso que, en diferentes partes del mundo y por diversos líderes políticos, se ha hecho de Dios en beneficio propio. Se lo hace, entre otras cosas, para justificar acciones, defenestrar opositores y/o consolidar regímenes de todo tipo.
Han pasado ya algunos días de la decisión de ciertos jueces de disponer la liberación del ex dirigente cívico potosino Marco Antonio Pumari y del gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho.
El primero de ellos fue detenido en medio de un colosal operativo policial que, en los hechos, “allanó” la ciudad de Potosí, ocupándola y faltando al respeto al Comité Cívico Potosinista (Comcipo) y al pueblo de Potosí como sólo hizo el MAS, ni siquiera la dictadura banzerista.
Hace un par de años hablábamos sobre la difícil (pero no imposible) relación entre ética y política (Brújula Digital, 26-9-23), haciendo referencia anónima a infinidad de casos de inmoralidad de autoridades de gobierno y resaltando ejemplos de honestidad de varios políticos (Miguel Urioste, Luis Fernández, Eduardo Bracamonte y Alfonso Ferrufino, que no son los únicos, felizmente) que vincularon, a lo largo de sus vidas, ambos ámbitos.
Luego de la holgada victoria que el MAS obtuvo en 2020, los masistas, ufanos, acuñaron una frase: “55%, somos mayoría”, en referencia al porcentaje que obtuvieron superando por casi el doble a Comunidad Ciudadana del ex presidente Carlos Mesa, que les permitía -según ellos- lo que se les antoje en Bolivia.
La libertad de expresión es uno de los más preciados derechos de las personas y, en regímenes democráticos, debe gozar no solo de reconocimiento, sino de amplia protección para su ejercicio.
No en vano, los dictadores le temen a la palabra de sus opositores o simples disidentes y extreman recursos para impedir que se conozcan voces distintas a las suyas. Ejemplos sobran (lamentablemente, no bastan): Mussolini, Hitler, Stalin, Pol Pot, Castro, Ortega, Maduro, Trump, Netanyahu, etc., etc., etc.
Durante algún tiempo continuará la sorpresa por los resultados de las elecciones celebradas el pasado 17 de agosto, que dieron como ganador a un candidato que no aparecía como favorito, Rodrigo Paz Pereira.
Casi sin darnos cuenta, estamos llegando al 17 de agosto, día fijado para las elecciones generales de Bolivia, en las cuales se votará por un nuevo presidente y vicepresidente, senadores y diputados que ejercerán sus funciones por los próximos cinco años.
Es altamente probable que el 19 de octubre próximo, debamos acudir a una segunda vuelta, para elegir a los primeros mandatarios, pero ya antes, al final de la primera vuelta, la Asamblea Legislativa Plurinacional habrá quedado conformada.
Varios columnistas han escrito estos días en relación con el bicentenario de Bolivia y lo han hecho, en su mayoría, en tono pesimista, como dando a entender o diciéndolo sin ambages, que no hay qué celebrar este 6 de agosto.

