Por qué funciona la desinformación sobre la Covid-19

Columna
PROJECT SYNDICATE
Publicado el 10/11/2021

LONDRES – La difusión desenfrenada de información falsa sobre el coronavirus se ha atribuido a los políticos que han promovido remedios que van desde los medicamentos contra la malaria hasta las bebidas a base de hierbas. Pero la forma en que los seres humanos procesan el conocimiento tiene un papel importante en la comprensión de por qué tantos han comprado estas "curas".

En la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre, el presidente brasileño Jair Bolsonaro utilizó el tiempo que le correspondía en el podio para relatar sus opiniones sobre la Covid-19. Exaltó las virtudes de los tratamientos que han sido rechazados por los científicos y proclamó que él se había beneficiado del fármaco antipalúdico hidroxicloroquina.

El apoyo de Bolsonaro a estas “curas milagrosas” es bien conocido. Ha aparecido con regularidad en la prensa brasileña y en las redes sociales promoviendo el uso de tratamientos alternativos que no tienen ninguna base científica. Y no es el único. Durante su administración, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, abogó por una serie de remedios no probados, y el presidente de Madagascar, Andry Rajoelina, ha patrocinado una bebida derivada de la hierba artemisia para tratar la Covid-19. Para desesperación de la comunidad científica, estos políticos y otros han logrado convencer a una gran parte del público de la eficacia y seguridad de estos tratamientos.

La desinformación ha proliferado durante la pandemia, pero no es un fenómeno nuevo. En su trabajo fundamental sobre la percepción de la asistencia social en Estados Unidos, el politólogo James Kuklinski y sus colegas demostraron que una parte importante de la población estadounidense tenía creencias inexactas sobre los beneficiarios de las ayudas estatales y las prestaciones que recibían. También descubrieron que la prevalencia de la desinformación impedía que la información inexacta ganara terreno. Las personas desinformadas no se limitan a tener información inexacta, sino que están muy comprometidas con sus ideas erróneas. Y esto es lo que hace que la desinformación sea tan poderosa: combina percepciones erróneas sobre el mundo con un alto grado de confianza en su exactitud.

La gente no cree la información falsa porque sea ignorante. Hay muchos factores en juego, pero la mayoría de los investigadores estarían de acuerdo en que la creencia en la desinformación tiene poco que ver con la cantidad de conocimientos que posee una persona. La desinformación es un ejemplo excelente de razonamiento motivado. Las personas tienden a llegar a las conclusiones a las que quieren llegar, siempre que puedan construir justificaciones aparentemente razonables para esos resultados. Un estudio publicado en 2017 ha demostrado que las personas que tienen un mayor conocimiento y educación científica son más propensas a defender sus creencias polarizadas sobre temas científicos controvertidos debido a “preocupaciones no científicas”.

Una de las más poderosas de estas preocupaciones es la preservación de la identidad. Los líderes políticos son más eficaces a la hora de impulsar la desinformación cuando explotan el miedo de los ciudadanos a perder lo que perciben como aspectos definitorios de su cultura, en particular su lengua, su religión y las jerarquías y roles raciales y de género recibidos. En entornos políticos polarizados, el impacto que obtiene la desinformación tiene poco que ver con los bajos niveles de conocimiento o compromiso, sino con la forma en que se interpreta la información de manera que encaje con la identidad partidista. La perspectiva de “nosotros contra ellos” significa que los diferentes fragmentos de información que recibe la gente se procesan de una manera que se adapta a su visión del mundo. Por eso los individuos pueden sacar conclusiones sorprendentemente divergentes de los mismos hechos.

Cuando los líderes políticos venden tratamientos no probados para la Covid-19, están aprovechando esta tendencia a la polarización. Pero un enfoque excesivo en estos líderes puede oscurecer la razón principal por la que la gente cree estos mensajes. La disposición a creer en la desinformación tiene su origen en aspectos subyacentes de la identidad cultural, que los políticos manipulan.

Una investigación reciente de Mariana Borges Martins da Silva, becaria postdoctoral en la Universidad de Oxford, ha demostrado que una de las razones por las que los brasileños confían en tratamientos como los promovidos por Bolsonaro es una profunda creencia cultural de que un “médico serio” es aquel que prescribe medicamentos. Bolsonaro no tuvo que convencer a los brasileños de los beneficios de la ivermectina y la cloroquina. Sólo necesitaba confirmar la norma de que las enfermedades potencialmente graves siempre deben ser tratadas con medicamentos. Proporcionó una narrativa que permitió a segmentos de la población llegar a su conclusión deseada. Y eso fue suficiente.

 

El autor es investigador asociado del Centro de Sistemas Públicos de la Universidad de Chile. © Project Syndicate y Los Tiempos 1995-2021.

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