El síndrome de John Wick
Quienes vieron la película John Wick, protagonizada por Keanu Reeves, suelen hacer el comentario de que es la historia de un hombre que mató a decenas de pandilleros porque el jefe de la pandilla había matado a su perrito. En lo personal me parece una muy mala película, pero me sirve para introducir el tema del significado social que tiene el extendido amor y consideración por los animales domésticos que viven maltrato, en comparación con la indiferencia que suele suscitar el padecimiento humano en similares o peores condiciones de sufrimiento. John Wick expresa el caso extremo de dicha actitud y podría resumirse en la consigna “amo a mi perro, odio al género humano”.
Ciertamente, muy pocos caerían en dicho extremo. No obstante, sostengo que muchos tenemos al menos algo del síndrome de John Wick. “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”, decía el filósofo griego Diógenes de Sinope. De modo parecido, una militante ecologista muy consecuente, a quien conozco hace mucho tiempo, solía decir que apreciaba más la vida de los pájaros que la de las personas. No pretendo indicar que todos lo viven así o lo ven así, pero considero que el síndrome de John Wick es un fenómeno extendido y un rasgo de la alienación que caracteriza a las actuales sociedades divididas en clases. La compasión con los animales crece de un modo inusitado en un mundo donde el sufrimiento humano es cada vez mayor, pero también la indiferencia de quienes no lo padecen.
Algo de etnografía autobiográfica puede servir para argumentar mi punto. Unas sobrinas mías estudian en un colegio de “clase media” ubicado en la zona norte de Cochabamba, que tiene la costumbre de promover excursiones para revalorizar el cuidado de la naturaleza y de los animales. Después de varios años de estudiar allí, las niñas desarrollaron una importante consciencia ecológica sobre el cuidado de las plantas y un gran aprecio por los animales. Una tarde, próxima a las fechas de Navidad, en que recorríamos una avenida otrora llena de árboles, se sorprendieron al ver que éstos habían sido cortados. Más adelante comentaron su indignación por los perros callejeros que veían. Los contaron. En el mismo trayecto había varios niños procedentes del campo que la Navidad había atraído a la ciudad, muchos de ellos descalzos, con el rostro lleno de tierra y la ropa raída, que pedían limosna. Ninguno de ellos suscitó la atención de las niñas. Estaban invisibilizados.
Ahí constaté el papel que la educación escolar jugaba en la invisibilización de la lucha de clases y en la visibilización de aquellos problemas que no ponían en cuestión la situación de privilegio de sus estudiantes, cuyos padres pagaban aquella educación costosa. Si los sistemas de enseñanza insistiesen, con el mismo énfasis que dan a las plantas y a los animales, en el sufrimiento que genera la concentración de la riqueza en pocas manos y la generalización de la pobreza, las escuelas estarían formando más revolucionarios que ecologistas, poniendo en riesgo los fundamentos de las divisiones de clase. Ignorar dicho problema sirve para invisibilizarlo. Con total seguridad, mis queridas sobrinas llegarán a formar parte de ese coro de jóvenes que por las redes sociales se indignan porque los cohetes de San Juan asustan a los perros, junto a otras disquisiciones por el estilo.
El amor por los animales se amplifica aún más en esta época de mayor confinamiento impuesto por la pandemia, donde el mundo social es sustituido con mayor intensidad por el mundo virtual; en el que, como bien señala el filósofo Byung-Chul Han, el otro es sustituido por la acumulación de información; y, nosotros añadiríamos, por el mayor contacto con animales domésticos. Estas personas están cada vez más cerca de sus dispositivos electrónicos, de sus gatos, de sus perros, y más distantes respecto de otros individuos.
Una persona que exige que a un animal se le respete la vida, se le otorgue protección, techo, comida, un trato amable cuando se trata de una exigencia que dicha persona jamás siquiera se lo ha planteado para otro ser humano, considera a una buena parte de las personas por debajo de la consideración que exige para los animales. De hecho, no sería extraño que sus animales domésticos vivan mejor. Como en el caso de John Wick, la mascota constituye la reminiscencia de un otro, en el caso de la película, de su esposa fallecida. Cuando el síndrome se encuentra más avanzado, los amados perros son llevados a los salones de belleza, donde se les hace la pedicura, se los perfuma, se les arregla el pelo, es decir, el trato con el perro busca acercarse al trato con ese otro que comparte la misma condición social del dueño. Desde esta perspectiva, puede caracterizarse al síndrome de John Wick como un imaginario de clase, es decir, una extraña condición de privilegio.
En efecto, la creciente consideración con los animales no es un fenómeno que se encuentra igualmente representando en todas las clases sociales. Basta recorrer nuestras carreteras para constatar el abandono que viven los perros de los campesinos, por ejemplo. La expresión —muy difundida entre los trabajadores masacrados en octubre de 2003 y en noviembre de 2019—: “nos matan como a animales” expresa que entre las clases subalternas el trato otorgado a un animal es, por definición, un trato degradante. Y quien apenas tiene los medios para proveerse de alimentos, menos tiene para garantizárselos a los animales.
El abandono de los animales domésticos, sobre todo entre las clases subalternas, es un fenómeno ampliamente extendido en nuestra sociedad. Por lo que el síndrome de John Wick es principalmente, aunque no únicamente, un fenómeno que acontece en el seno de las clases medias y en el seno de la burguesía. Sus características tienen un inconfundible contenido de clase.
De ahí que cuando el Papa toca superficialmente el tema —pues el cura difícilmente buscaría desentrañar las raíces de clase del problema— señalando con el dedo a aquellas parejas que prefieren criar un perro en vez de tener un hijo, no pocos internautas defensores de la causa de los animales se alzan airosos o jocosos defendiendo el apego con sus mascotas. Algo del síndrome de John Wick hay aquí sin duda, y es una de las formas en las que opera la ideología dominante.
El autor es docente-investigador del IESE-UMSS
Columnas de LORGIO ORELLANA AILLÓN



















