“El falso indígena”
Hace algunos años, en círculos de activistas, intelectuales, escritores, influencers y así, se suscitó un extendido debate sobre el dictamen, realizado por Silvia Rivera, acerca de que Evo Morales no era indígena. El dictamen formulado por la conocida socióloga en una universidad mexicana versaba más o menos así:
“No hay indígenas en el poder, tenemos que tener eso claro. Evo es un exsindicalista cocalero, parcelario, mercantil, vinculado a la producción comercial y de monocultivo. No hay nada de indígena en su forma de ser, ni de percibir. Ni siquiera habla un idioma indígena. Es un recurso retórico decir que es indígena”.
El veredicto suscitó una airada crítica entre escritores aymaras (Macusaya, Quya Reyna, entre otros) que, con justeza, reprocharon a Rivera pretender desde lo alto —investida del poder simbólico (intelectual) de “definir”— intentar dirimir quien era y quien no era indígena en Bolivia.
Los detractores de Rivera realizaron un veredicto opuesto: Evo Morales, en tanto sujeto racializado por sus características fenotípicas, si debía ser considerado como indígena.
Sin embargo, tanto Rivera como sus detractores, en el fondo, compartían un mismo supuesto: la identidad de Evo Morales estaba determinada por la definición que realizaba un agente externo, sea este una reputada socióloga o un otro que lo racializa, reiterando el antiguo punto de vista colonial de asumir como verdadera “la visión de los vencedores”.
Indio, indígena, hasta hoy, siguen siendo modos en que otros definen a ciertas personas, desde fuera, a partir de criterios racistas, o criterios bien intencionados de reivindicación indigenista, o criterios militantes indianistas.
Paradójicamente, estas definiciones exógenas sobre “quien es el otro”, han sido enunciadas por personas que han defendido fervientemente su derecho a ser definidos del modo en que ellos mismos se definen (Soy “chola”, dice Rivera, “soy indio”, decía Reynaga, como otro tanto dicen sus contemporáneos seguidores).
Ciertamente, hay gente que dice “soy esto” o “soy aquello” como simple “recurso retórico”. Pero también hay gente que de modo muy espontáneo y natural, es decir de modo irreflexivo, no calculado, dice: “soy...” convencido de ser eso que dice que es, lo que ya no es como ponerse o sacarse artificiosamente una careta, si no que es, en efecto, su manera de verse y de situarse en el mundo, y esto siempre es el resultado de una autoproducción, frente a un otro.
O sea el resultado de una lucha y una disputa por la definición legítima de uno en el mundo. Y en este sentido, fuera de ciertos colectivos muy politizados, o de bienintencionados gobernantes y activistas de ONG ni indio ni indígena, tampoco cholo son categorías en las que legítimamente se vean representadas colectividades de aymaras, quechuas, guaraníes..., modos de denominarse en los que, por otro lado, sí se reconocen.
Parafraseando a Zavaleta, lo que la colectividad efectiva piensa sobre sí misma es un resultado de la batalla entre las clases-etnias, esto implica que, por lo general, los subalternizados adquieren una consciencia de sí y una identidad social, en respuesta a los modos dominantes de desprecio étnico-racial y de clase.
Cholo e indio son expresiones despectivas, insultos desde la perspectiva de los sectores dominantes. Suele suceder que los despreciados no se reconocen en ese lenguaje, si no que más bien lo rechazan, se posicionan frente a él, crean su propia nomenclatura, su propio vocabulario. Se trata de comprender esta “visión de los vencidos”, como decía Walter Benjamin, escuchar su sintonía, no insistir en pegar sobre sus espaldas la etiqueta que mejor se adapta a nuestras preferencias y convenciones políticas.
Columnas de LORGIO ORELLANA AILLÓN


















